domingo, 7 de diciembre de 2014

{Craterellus} El hombre que vive en mi jardín


Hay un hombre que vive en mi jardín. La primera vez lo vi por la ventana, tratando de ocultarse tras un arbusto sin hojas. No estoy seguro de que sea realmente un hombre; todo en él es color carbón. A veces sonríe desde detrás de un árbol y puedo ver sus dientes negros.
En algunas ocasiones no consigo descubrirlo entre los matorrales muertos, pero al final siempre vuelve a aparecer. Sé que me observa desde la repisa de la ventana cuando duermo. Ahora me acuesto con las persianas levantadas para que pueda verme. 
Me da pena que tenga que vivir en el jardín, más ahora que comienza el invierno. Alguna vez lo he visto de madrugada acurrucado en una esquina, junto a la tapia, temblando de frío. Quiero invitarlo a pasar, pero cada vez que se me cruza el pensamiento por la cabeza, se le pinta una sonrisa de lobo en el rostro.

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jueves, 20 de noviembre de 2014

Cumplir veinticuatro


Cumplir veinticuatro y seguir estancado. Los mismos propósitos incumplidos, los mismos sueños imposibles. Cumplir veinticuatro y darte cuenta de que no has avanzado tanto como te habías propuesto, que no has escrito la novela que habrías querido, ni todas las cartas que debieras, ni has hecho el corto con el que tantas tardes has perdido planeando. Cumplir veinticuatro y darte cuenta de que no has puesto un solo pie en el camino de baldosas amarillas de tu propia elección que no lleva al mago de Oz sino a la realización de tus deseos más profundos. A veces es más importante el viaje que el destino, pero ¿puede decirse lo mismo si ni tan siquiera has hecho las maletas?
Parece que estoy condenado a vivir un año malo por cada dos buenos (mientras que los números no se inviertan me parece un trato justo). Pero joder, el año de mis veintitrés años ha sido uno de los peores de toda mi vida. Ha sido un año gris y lleno de desesperanza, un año de ansiedad y sombras oscuras, de gusanos reptando por el suelo y vista borrosa. Uno de esos años que es mejor ir olvidando porque ni siquiera servirá para reírse en el futuro. Espero (siguiendo un hilo de pensamiento mágico) por lo tanto que el año de mis veinticuatro años sea el mejor hasta ahora. Espero que esa zorra llamada Karma empiece a hacer cuentas y me regale un año memorable, que me ponga una alfombra roja y me invite a pasar al maldito camino de baldosas amarillas de una puta vez. Tal vez ya sea pronto el momento en que pueda comenzar a avanzar hacia donde quiero, aunque sea muy despacito, aunque sea pasito a pasito. Tal vez no sea tan malo cumplir veinticuatro años. Tal vez, tal vez…


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martes, 4 de noviembre de 2014

Más allá de la tapia del jardín


No es algo común, pero de vez en cuando uno se topa con una canción, un libro, una película o una serie y lo único que puede decir es “¡Joder!”. Ese “joder” básicamente quiere decir “Guau, esta canción/libro/película/serie le está hablando directamente a mi jodida alma” y sientes como todas las partículas de tu cuerpo se separan un poco y puedes notar el espacio que han dejado; te sientes un poco vacío por dentro y lleno a la vez. Es una sensación muy extraña que no se siente a menudo pero cuando lo haces sabes que has encontrado algo importante y que hay gente ahí fuera como tú, con tus mismas sensibilidades y búsqueda creativa.
El otro día descubrí Over the Garden Wall y tras únicamente haber visto la intro esa clase de “¡Joder!” escapó de mis labios. Cuando acabé el segundo episodio solté otro “¡Joder!” y así.
Over the Garden Wall es una miniserie animada compuesta por 10 episodios de 11 minutos cuya trama gira entorno a dos hermanos que se pierden en el bosque y buscan un camino de vuelta a casa. Wirt, el mayor, viste un sombrero cónico y una capa, más reminiscente de la Selva Negra que de los paisajes americanos que atraviesan; Greg tiene una tetera por sombrero y siempre lleva en brazos a su rana.
Pronto se topan con un pájaro parlanchín, que es a la par útil e impaciente. (“Los azulejos tenemos una esperanza de vida muy corta  — literalmente me estáis matando a cada momento que me veo obligada a pasar con vosotros.”) Juntos van de un lado a otro, de lío en lío, en busca del camino que los lleve a casa. Durante su viaje se encontrarán con una serie de extrañas criaturas que parecen sacadas de postales de Halloween de principios del siglo pasado.
Y es que el mayor acierto de la serie es su ambientación. La mezcla de paisajes tradicionales americanos (los campos de trigo, esos pueblos coloniales con sus granjas y graneros), el bosque (encantador durante el día y tenebroso durante la noche) y los inquietantes personajes que se van encontrando (el leñador, el pueblo de calabazas) le dan una identidad propia a la serie, que se ve afianzada por el magnífico uso que se le da a la música.
Las canciones (compuestas por el grupo Petrojvic Blasting Company) no solo avanzan la trama si no que también ayudan a establecer la ambientación al hacer uso de estilos como el folk y la música de salón. De hecho la serie tiene un cierto je ne sais quoi que me han hecho sentir de nuevo como el niño que era cuando películas como Regreso a Oz o la versión animada de Sleepy Hollow me maravillaban y aterrorizaban a la vez. Sin dudarlo he de decir que su creador, Patrick McHale, ha sabido navegar a la perfección la misma oscuridad que los hermanos Grimm. McHale ha creado un mundo que desde el minuto cero ya resulta conocido, como si fuese algo que vimos en nuestra infancia y luego olvidamos.

          

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lunes, 27 de octubre de 2014

La generación del no-sé-qué-hacer-con-mi-vida


Siempre me ha parecido absurda la noción de lo que los expertos suelen llamar generación de tal o cual. Nunca he tenido la sensación de que mi visión del mundo fuera especialmente similar a la de otra gente de mi edad. Pero conforme van pasando los años y me voy haciendo mayor (¡Oh, Dios mío, ya casi cumplo 24!) cada vez soy más consciente de que realmente pertenezco a esa llamada generación Y. Que mis preocupaciones e inquietudes son compartidas por una gran mayoría de las personas nacidas entre 1980 y el año 2000, y que las cosas que me producen ansiedad y me quitan el sueño por las noches también lo hacen a otros muchos veinteañeros.
Se supone que la principal característica de la generación Y es que somos unos narcisistas. Y tiene que haber algo de cierto en eso, al fin y al cabo somos la generación de las selfies (me retuerce el estómago llamarlas autofotos), internet y todas sus redes sociales nos instan a llenarlas con los detalles más intrascendentes de nuestra vida diaria. Twitter sirve para decir que te vas a tomar un café, Instagram para subir una foto del café con filtros bonitos y Facebook para subir todavía más fotos y comentar el café. Creo que debido también a las redes sociales nuestra generación es también una de insatisfacción. Tenemos fácil acceso al día a día de muchos otros “amigos” cuyas vidas siempre parecen mejores, cuyos éxitos son siempre mayores y cuya felicidad siempre parece más sincera. Cuanto más tiempo pasamos observando las vidas de otras personas, más insatisfechos nos encontramos con la nuestra propia, sin darnos cuenta de que la gente solo comparte aquello que quiere que los demás vean.
Internet también es en parte responsable de que a menudo ya no sepamos como relacionarnos en persona. Muchos veinteañeros no sabemos interactuar, creamos momentos incómodos y luego nos angustiamos por lo que hemos dicho. Nos resulta más fácil comunicarnos a través de la red porque nos permite tiempo suficiente para pensar las respuestas y cambiar lo que vamos a decir veinte veces antes de pulsar Enter. Somos la generación de Peter Pan, alargando nuestra adolescencia, negándonos a crecer porque no sabemos cómo.



Me parece muy interesante por lo tanto cuando descubro productos creados por gente de mi edad y me encuentro identificado con las situaciones que presentan, con las formas de actuar de los personajes, con sus inquietudes. Lena Dunham ha sido descrita a menudo como la voz de nuestra generación y no estoy en desacuerdo completamente pero sí creo que hay que matizar. Lena Dunham sabe muy bien cómo representar los problemas de los veinteañeros de hoy en día, las malas decisiones, la falta de rumbo, el miedo al futuro, PERO lo hace desde una posición privilegiada. Escribe desde el punto de vista de una chica a la que nunca le ha faltado de nada, cuya única lucha es por crear algo que sea apreciado. Dunham no ha tenido nunca que preocuparse por limitaciones económicas de ningún tipo y aunque intenta incluir este tipo de conflicto en su serie no es capaz de llegar a plasmarlo de manera realista, tal vez por su falta de experiencia en ese campo. No sé si será un problema endémico de los jóvenes españoles (no creo que lo sea) pero siento que las ataduras económicas en los primeros años de nuestra vida como adultos son uno de nuestros principales focos de frustración. Y es algo que no tiene suficiente representación en los medios.
Josh Thomas, tampoco ha sabido plasmar este problema en su serie, pero sin embargo esta sigue estando mucho más enraizada en la realidad que me es conocida.
Josh Thomas es un comediante australiano de veintisiete años, creador y protagonista (a lo Dunham. ¿Habíamos hablado de narcisismo?) de la serie que mejor representa a la generación Y según mi humilde criterio: ‘Please Like Me’.
El protagonista de la serie es Josh, un lampiño e irónico melburniano, que pertenece a esa clase de homosexuales que es tan raro ver en televisión pero tan común en la vida diaria. Josh no sabe cómo ser gay, no sabe cómo estar en una relación y no sabe cómo llevar una vida de adulto responsable. Pero sin embargo es consciente de que no sabe todas esas cosas, por lo que las constantes humillaciones a las que se ve sometido hacen que quieras darle un abrazo en lugar de querer estrangularlo como pasa con la protagonista de la ficción de la HBO. Josh también es bastante narcisista en más de una ocasión, priorizando sus propios problemas a los de los demás, pero lo hace sin malicia y con tanto encanto es imposible pensar en él como una mala persona.
De primeras la serie puede causar una suerte de déjà vu en el espectador debido a que (como muchas otras) gira entorno a un grupo de amigos de veintitantos años y trata temas como el sexo y las relaciones. Pero no tarda en dejar claro que tiene una personalidad propia. Uno de sus grandes aciertos es el realismo de sus guiones exentos del drama exagerado de las series americanas. ‘Please Like Me’ tiene alguna que otra escena dramática pero los personajes las enfrentan con reacciones humanas en lugar de con sobreactuaciones de telenovela sudamericana. Los toques de humor son constantes y sin embargo los personajes a menudo no reaccionan a los chistes, como pasaría en la realidad. La comedia no es forzada, sino que fluye constantemente.
Se trata una serie que se resiste a ser definida: es dulce, irónica, triste, divertida e inteligente. No teme a entrar en temas más oscuros y hablar de asuntos como el suicidio y las enfermedades mentales a la vez que celebra los placeres de la comida y se plantea dudas existenciales como si los perros policía son adictos a las drogas.




‘Please Like Me’ es una serie ligera a pesar de que la noción de la muerte esté presente a menudo. Es una serie fácil de amar porque se salta toda esa angustia endémica de las series sobre la generación Y. Tal vez se deba a la falta de americanización, o tal vez a la enfatización de que nos encontramos ante una comedia que no está plagada de improbabilidades. En cualquier caso, la serie refleja a los veinteañeros bajo una nueva luz. Lo que a Josh le falta en seguridad en sí mismo lo suple con ingenio y a cambio el espectador le perdona toda su torpeza social y meteduras de pata.
Para mi Josh Thomas, sí es la voz de una generación (o de parte de ella). Una a la que no me importa pertenecer.


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domingo, 19 de octubre de 2014

Vuelve a ser otoño y espero


Vuelve a ser otoño y espero el momento en que pueda comenzar a cumplir mis sueños. Los árboles se han convertido en una paleta que va del verde oscuro al rojo sangre, pasando por una infinita variedad de amarillos y naranjas. Es domingo y brilla el sol a pesar de hacer frío. Hay una ardilla que vive en el árbol que crece frente a la ventana de mi dormitorio. A veces la veo bajar al jardín y escarbar con sus manitas de roedor, tal vez escondiendo algún tesoro que no tardará mucho en olvidar.
Ha terminado el verano un año más, y pronto el aire frío comenzará a perfumarse con el aroma de las castañas tostadas. Pronto los tocados de hojas de los árboles se convertirán en el manto que cubra sus raíces. Y mientras tanto espero, tranquilo, a que acabe este año terrible. Aguardo a tiempos mejores tratando de calmar mis ansias de crear con proyectos que sí puedo llevar a cabo porque me lo puedo permitir.
Estoy aprendiendo a tejer y ya he terminado el primer tercio de una bufanda color ocre que mi novio ha accedido a ponerse a pesar de las puntadas desiguales. Me gusta tejer sentado en el sofá con una manta sobre las piernas y viendo series de muertos vivientes con un alto número de víctimas.
Escribo, más regularmente y más de lo que lo había hecho en mucho tiempo. No puedo decir que esté realmente satisfecho con lo que voy vomitando sobre la página en blanco pero por algo hay que empezar.  
También estoy dibujando un cómic. Siempre me ha gustado dibujar y además son solo seis páginas. Me encanta embarcarme en pequeños proyectos que puedo ir terminando sin tener que dedicarles media vida. Estoy aprendiendo a usar Photoshop para los colores y estoy bastante satisfecho con el resultado final de las primeras páginas. La historia trata sobre la extraña relación entre una Banshee y la niña que encuentra su peine.
Esos son mis proyectos, los que me evitan el volverme loco y el hundirme en una terrible depresión. Y es que vuelve a ser otoño. Ha pasado otro año más. Gracias a Dios este año de mierda está llegando a su fin…
Nunca me ha gustado mucho esta estación, me recuerda a los atardeceres y los atardeceres me hacen un nudo en la garganta y me llenan de melancolía. Sin embargo, estoy aprendiendo a amarla y a apreciar todos los pequeños regalos que trae. Estoy aprendiendo a amar la forma en que la luz se refleja en las hojas secas, el olor de la leña ardiendo en chimeneas y esa extraña promesa de que pronto, muy pronto comenzará un año mejor.

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lunes, 13 de octubre de 2014

{Craterellus} Tarde de otoño en el jardín


Era la hora del té: un terrón de azúcar envenenado, una urraca muerta sobre el mantel bordado. El azucarillo no era para el pájaro; pobre urraca, las crías se le habían muerto de hambre en el nido. Alguien había envenenado el azucarillo con unas cuantas gotas de cianuro. Una, dos, tres. Todavía descansaba sobre la cuchara. La taza de té llena de bichos ahogados y hojas tras semanas a la intemperie. Hongos oscuros comenzaban a devorar la lana húmeda del mantel, deslizándose imperceptiblemente, saboreando las hebras.
La lluvia había convertido las hojas caídas en una pasta oscura que se apelmazaba bajo las botas de aquellos sentados a la mesa. Vestían fina ropa de verano sin importarles que el tiempo hubiese refrescado, pero claro, estaban muertos. La mirada nublada de la anciana estaba clavada en el azucarero, acusadora, pudiera ser que aquel terrón envenenado no hubiese sido el único.

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miércoles, 17 de septiembre de 2014

Sondheim y se me encoge el corazón


Cuando tenía diez años mi abuela me llevó por primera vez en mi vida a ver un musical. Recuerdo perfectamente el camino desde nuestro hotel en Berlín hasta Potsdamer Platz. Y los nervios. Nuestros asientos estaban en la séptima fila del patio de butacas principal, lo suficientemente cerca del escenario para poder distinguirle el blanco de los ojos a los actores. Yo tenía unas expectativas muy específicas antes de que se apagaran las luces y subiese el telón; cuando acabó el primer acto ya me había rendido incondicionalmente al encanto de los musicales para siempre. Desde entonces he visto muchos otros musicales, tanto en persona como en video. Tengo muchísimas versiones distintas de la misma obra, en diferentes idiomas, con diferentes repartos… Me atraían especialmente las obras más oscuras, que huían de la comedia musical. Pero no fue hasta mucho tiempo después que descubrí a Stephen Sondheim.
Stephen Sondheim nunca ha escrito musicales convencionales, del tipo en los que todo son sonrisas y felicidad. Escribe sobre la condición humana, sobre sueños y esperanzas, decisiones, encrucijadas y decepciones. Alguien dijo una vez que los personajes de Sondheim echan a cantar cuando ya no pueden seguir hablando, y lo cierto es que no hay una sola canción en sus obras que no sirva para avanzar la historia o para establecer el estado mental y emocional de un personaje. Jamás hace uso de la música para pausar la trama, sino que la convierte en un elemento esencial de las mismas.
Desde que conocí la obra de Sondheim me cuesta mucho más disfrutar de comedias musicales genéricas, pues suelen emplear la historia como un instrumento para hilvanar diferentes canciones en lugar de hacer uso de la música para enriquecerla. Me descubro encontrando razones por las que algunas canciones sobran y hacen que el conjunto general no avance, frunciendo el ceño ante la repetición de estrofas enteras y decepcionado ante la simplicidad de las historias que cuentan. Un musical de Stephen Sondheim, sin embargo, puede disfrutarse una y otra vez hasta el infinito y siempre se encuentran nuevos matices nunca antes apreciados, nuevas joyas en las letras de sus canciones, nuevos sentidos escondidos en sus juegos de palabras.
Me gustaría introducir a aquellos que no lo conozcan en la genialidad de sus letras y para ello quiero presentaros algunas de las mejores interpretaciones de sus canciones, sacadas de un concierto-homenaje por su 80 cumpleaños, precedidas por un breve contexto:

Ladies who lunch
Pertenece al musical Company (1970). La canción la interpreta Joanne, una mujer cínica de mediana edad que borracha propone un brindis en honor de las “damas que almuerzan”. La canción es una cortante crítica a las mujeres ricas que gastan su tiempo en frivolidades como almuerzos y fiestas, a menudo con la excusa de que son para recaudar dinero para distintas organizaciones. Hacia el final de la canción Joanne se da cuenta de que ella también es una de esas “damas”: dedica todo su tiempo a criticar la vida de otras mujeres, sin nunca mover un dedo para mejorar la suya propia.


Losing my mind
Fue compuesta para Follies (1971). La canción, interpretada por una ex-corista, trata sobre cómo esta mujer madura ha pasado su vida obsesionada con su antiguo amante. Cada segundo de su existencia está definido por el anhelo que siente por él. Es una canción que explora hasta qué punto se ha perdido a sí misma en sus propios delirios.


The Glamorous Life
Sondheim escribió esta canción para la versión cinematográfica de A Little Night Music (1973), obra basada en una película de Ingmar Bergman. En esta ocasión la intérprete es la hija de una actriz venida a menos que siempre está de tour y que vive con su abuela. La niña añora a su madre, que una y otra vez pospone el momento de ir a verla debido a su ocupada vida de actriz, pero aun así la defiende pues entiende que ella prefiera llevar una vida “glamurosa” a ser una madre normal.


Could I leave you?
Perteneciente también a Follies (1971), en esta ocasión nos encontramos a una mujer de mediana edad cansada de estar atrapada en un matrimonio sin amor. Sin embargo, cuando su marido le dice que ella debería dejarlo ella se piensa que lo dice porque quiere irse con su amante. Herida y enfadada considera la propuesta.


I’m still here
Para terminar, una canción que no necesita contexto porque habla por sí sola. I’m Still Here es igualmente parte de Follies (1971) y en esta ocasión la interpreta la recientemente difunta leyenda de Broadway Elaine Stritch.

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jueves, 11 de septiembre de 2014

¡Somos como Kevin Bacon!


Aunque nací recién comenzados los noventa en el alma soy un verdadero hijo de los ochenta, por lo menos en cuanto a lo que recuerdos cinematográficos de la infancia se refiere. He crecido adorando películas clásicas de los ochenta: Dentro del laberinto, Los Goonies, La historia interminable, Los cazafantasmas, La princesa prometida y un larguísimo etcétera. La música, esos guiones que nunca terminaban de tomarse en serio a sí mismos, me sumergen en un estado de completa embriaguez y devoción. Estoy infectado de la nostalgia absoluta y por lo tanto, mi opinión sobre cualquier película que consiga recordarme la experiencia de revivir el primer visionado de todas aquellas joyas de mi infancia se verá irremediablemente afectada de absoluta falta de objetividad. Ha pasado antes y volverá a pasar en el futuro. Me pasó cuando fui dos veces al cine a ver Super8, cuando vi Las ventajas de ser un marginado hundido en una butaca gastada en un cine en Inglaterra, y hace dos días volvió a pasar cuando fui a ver Guardianes de la galaxia.
Hay varios elementos que hacen de Guardianes de la galaxia una gran película pero creo que el más importante de todos, el pilar sin el que todo lo demás se vendría abajo, es su fantástico guión. James Gunn no reinventa el género. De hecho, así en frío, me resulta imposible pensar en un solo elemento 100% original en toda la película y, sin embargo, esto no merma su valor cinematográfico, ya que Gunn ha sido capaz de reutilizar los elementos del género y emplearlos en su propio beneficio de una manera inusitada. De igual manera que The Conjuring fue, en mi opinión, la mejor película de terror del año pasado por la forma en que aprovechaba las convenciones del género, Guardianes de la galaxia es a mi parecer la mejor película de ciencia ficción de este. Y es que opino que en ocasiones la concepción de que siempre hay que ser original entorpece el propósito de contar una buena historia. Más vale un buen remix, cuidadosamente pensado que una idea “original” sin sentido, mal ejecutada o directamente mala. Incluso voy a atreverme a dar un paso más allá y a decir que Guardianes me parece muy superior al 99% de las películas de ciencia ficción de los últimos cinco años, a pesar de emplear muchos de los mismos elementos.
Porque lo que la diferencia de todas ellas y convierte un guión bien pensado en uno brillante es el humor. Es una película que no solo emplea los tópicos si no que los ridiculiza y de este modo los emplea en su propio beneficio. Los personajes se dan cuenta de lo completamente ridículas que son algunas de las cosas que hacen y son capaces de reaccionar ante ellas como lo haría el espectador. Valoro mucho que una película sea capaz de no tomarse totalmente en serio sin recurrir a la parodia barata y en esto Gunn se lleva un diez. La película está llena de humor, lo que realmente ayuda a que el espectador conozca a los personajes y establezca sus simpatías desde el primer momento. Yo soy de esas personas que apenas sonríen cuando algo gracioso ocurre en pantalla, pero viendo Guardianes me descubrí en más de una ocasión riendo como un niño pequeño por ese humor adolescente, más cercano a Hora de Aventuras que a Woody Allen, que en ocasiones sienta tan bien. Y hay que admitir, sin reservas, que el principal motivo de que este tipo de humor y el tono general de la película funcionen tan bien es Chris Pratt.


Chris Pratt, también conocido como Peter Quill/Star Lord, era casi un desconocido hasta que revolucionó las redes con la foto de su cambio físico para interpretar el papel protagonista de Guardianes y conforme ha ido avanzando la campaña de promoción de la película se ha convertido en la estrella masculina del momento. Y es que no se sabe dónde acaba Chris Pratt y dónde empieza el personaje pero no hay duda de que chupa cámara en cada una de las escenas en que aparece de una manera espectacular. Con un carisma sin igual no solo se ha ganado a los periodistas y al público, sino que ha personificado a un Han Solo para una nueva generación. Leí por ahí que Guardianes podría convertirse en la Guerra de las Galaxias de los nuevos tiempos, en el sentido de todo lo que aquella saga significó para los niños y jóvenes que crecieron con ella, y he de decir que no parece descabellado en lo más mínimo.
Por supuesto que la película también cuenta con aspectos negativos, en especial en cuanto a la manera en que caracteriza a sus villanos. Tanto Ronan el Acusador como Nebula  son personajes bastante planos cuyas motivaciones no llegan a explicarse y que en ningún momento llegan a ser más que malos muy malos, con muy malas intenciones. La relación entre Nebula y su “hermana” Gamora tampoco se explora en ningún momento. En general hay pocos papeles femeninos en la película y los pocos que hay son bastante unidimensionales. Sin embargo, todos estos aspectos negativos se diluyen en un espectáculo de luces que cuenta con una cosa muy importante de la que carecen la gran mayoría de las grandes superproducciones actuales: corazón. El alma de la película comienza a entreverse desde una de las escenas iniciales en la que Peter Quill/Star Lord desembarca en un planeta abandonado, con la intención de recuperar un orbe, al ritmo de la canción de Redbone “Come and get your love”. Una escena que no solo sirve para familiarizar al público con el personaje sino también de magnifico homenaje a Indiana Jones. Y es que otro elemento que hace de esta una gran película es su banda sonora, compuesta en un 40% de joyas de la música de los setenta y ochenta y en un 60% de gloriosa nostalgia que hace que te sangren los oídos del gusto.
Como colofón he de añadir que cualquier película en la que aparezca Glenn Close, por pequeño que sea su papel, gana un punto extra por mi parte. ¿Realmente existe gente en este universo que no sea capaz de apreciar la perfección de esta mujer? (Como dato curioso quisiera añadir que cuando era más joven e inocente solía confundirla con Meryl Streep).
En definitiva, me he sentido como cuando tenía ocho años, he saltado en la butaca y me he enamorado un poco de Chris Pratt. No hay nada mejor que pueda decir de un blockbuster veraniego. Supongo que ahora tendré que hacerme alguna maratón de películas de Truffaut para salvar al hipster que llevo dentro, o tal vez no. ¿Quién dijo que uno no puede disfrutar igualmente de una película de Wes Anderson y de una extravagancia espacial con pistolas y explosiones?


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lunes, 8 de septiembre de 2014

{Craterellus} Ya no quedan niños en Rusia


La semana pasada cayó una granizada en la bahía de Novosibirsk, Rusia. Hubo algunos heridos y solo algunos muertos. El cielo estaba gris pero el calor era de esos que se te pegan al cuerpo y te obligan a moverte en un estado de perpetua humedad y constante falta de aire. Los bloques de hielo, grandes como puños, comenzaron a caer sobre las 14:25 de la tarde y cesaron diez minutos después. Sorprendentemente, en el momento de la tragedia, la bahía se encontraba casi vacía y solo algunos grupos de jóvenes y unos cuantos ancianos intentaban ahuyentar el calor en las sucias aguas del Ob.
El primer corpúsculo de hielo le destrozó la nuca a un joven estudiante de arquitectura de 23 años llamado Yaroslav Petrovich. Su novia, que estaba con él en el momento del suceso, pudo ver como el objeto derribaba al muchacho y lo dejaba flotando boca abajo en las turbias aguas del río, mientras la sangre brotaba perezosamente de la herida. El cuerpo todavía no ha sido recuperado por las autoridades.
Una joven, Miranda Golovanova, habló más tarde con los primeros equipos de televisión que acudieron al lugar del suceso y su rostro redondo, plagado de pequeños cortes producidos por las esquirlas de hielo, se ha convertido en la imagen de la tragedia. La muchacha, todavía en estado de shock, miraba directamente al objetivo de la cámara, sin contestar ninguna de las preguntas que le hacían los periodistas. Luego, muy bajito, casi en un susurro, dijo lo que no tenía manera de saber, antes de que el país cediese al pánico colectivo: “Se nos han llevado a los niños”.

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sábado, 30 de agosto de 2014

No nos han enseñado nada los cuentos


Hemos encontrado casa. No hace falta que sigamos buscando puentes bajo los que montar castillos de cartones y estufas que son bidones en llamas. Ahora vivimos cerca de la estación. Desde el escritorio del dormitorio puedo ver un pequeño jardín y los balcones de otros edificios. Por las noches me gusta ver en cuales hay luz y en cuales no, me gusta imaginarme las vidas de quienes viven en las casas con luces encendidas. A veces también me invento historias para aquellos en los que no prende ninguna, me imagino a sus habitantes como una suerte de vampiros depresivos sentados en la oscuridad de sus cocinas, con un vaso de whiskey en una mano y el rostro iluminado por la llama de un cigarrillo que está a punto de quemar el filtro.
Hoy ha sido un día gris y lluvioso en Münster, un día demasiado frío para pertenecer a agosto. Hemos pasado delante de un cartel que anunciaba sesiones de cine de verano al aire libre y Jairo me ha dicho que los alemanes son unos mentirosos porque esto no es verano ni es nada y que alguien debería denunciarlos por publicidad engañosa.
Nos movemos por la ciudad como almas en pena, vagando sin rumbo. Huimos del frío y la humedad, a cafés bohemios donde se puede beber té y quitarse los zapatos para tumbarse en un sofá hasta las doce de la noche, hablando de tiranos y de lobos y de ser almas en pena.  Leemos libros prestados, comemos fideos chinos de cajas (“cómo en las películas” digo), pintamos bicicletas sin gritarnos demasiado y nos reímos un poco porque nada puede acabar con nuestro sentido del humor.
También me he comprado zapatos nuevos. A los viejos se les han caído las suelas de tanto caminar en círculos. 

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miércoles, 27 de agosto de 2014

Hoy hace 24 años que amaneció por primera vez


Nació con siete meses, pequeñito. Creció pequeñito también, no es de extrañar que las opiniones y las ideas de justicia no le quepan en el cuerpo. 
Tiene la sonrisa más mágica que haya conocido. Hasta la luna quedó hechizada por ella. Es el protagonista de un libro de cuentos y tiene un corazón en llamas. Todos los días planea su viaje a Oriente, como aquel rey mono pero a la inversa. Y yo solo puedo mirarlo y suspirar y perderme en sus silencios.

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viernes, 8 de agosto de 2014

{Craterellus} El hijo del pescador


Olía a sal y a aventuras y a besos. Tenía la piel pálida como la espuma de mar que acariciaba sus pies llamándolo a sus profundidades, invitándolo a ahogarse. El hijo del pescador, desnudo y hermoso, se tumbaba sobre la arena blanca, cerraba los ojos y soñaba con sirenas y princesas muertas, sobre tesoros hundidos y maravillosos peligros. Todos sus fantasmas se sentaban en la vieja barca encalada, esperando su regreso, horrorizados ante la idea de mojarse las intangibles enaguas o las botas. Al principio también les había escandalizado la desnudez del muchacho, fingiendo desmayos, espiando por entre los dedos. Los caballeros habían refunfuñado alguna palabra bajo sus bigotes fantasmales, indignados ante el flagrante descaro de las damas.
Mientras tanto, el hijo del pescador, envuelto en su desnudez, absorto en los besos abismales de la noche anterior, soñaba despierto, ignorando a todos sus fantasmas, todos los problemas sentados en su barca. Se sentía tan ligero que se creía desaparecer bajo la luz del sol de agosto, como había desaparecido bajo la luna llena. Se había desecho en sus abrazos, había muerto y vuelto a renacer en sus caricias, que como fósforos prendían fuego a su corazón. Y mientras tanto los fantasmas se convertían en pequeños charcos plateados sobre la madera mojada de la barca.

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domingo, 29 de junio de 2014

La edad del desencanto


En marzo escribí por última vez en el blog y ahí se ha quedado: aparcado, como todos los proyectos que he empezado y que se han quedado a la mitad. Pero me niego a que ocurra lo mismo con este espacio. Aunque me cueste sudor y lágrimas pienso resucitarlo. Y es que me cuesta obligarme a escribir cuando estoy seco de ideas y de ánimo. Los últimos tres meses han estado plagados de esos días grises en los que uno solo quiere acurrucarse en la cama y no pensar más, de esa sensación de pánico y agobio por las mañanas al descubrir que los problemas siguen ahí y que no se han evaporado durante la noche. Y la conclusión a la que he llegado es que no quiero ser un adulto. No quiero que el resto de mi vida tenga que quitarme el sueño pensar en impuestos, en seguros, en alquileres y cómo diablos voy a pagarlo todo con el trabajo de mierda que encuentre. Porque soy uno de esos jóvenes que han estudiado una carrera y han huido al extranjero buscando un futuro mejor, para encontrarse que no todo es tan rosa como lo pintan.
En Alemania es virtualmente imposible encontrar un trabajo a jornada completa, hay cientos de trabajos a tiempo parcial (que pagan cuatrocientos cincuenta máximo) pero no puedes buscarte dos salvo que quieras que la agencia tributaria te apuñale a impuestos. Estás obligado además a contratar un seguro médico por el que pagas un mínimo de ciento cincuenta euros mensuales. Y no es como si mis padres pudiesen pasarme dinero cada mes o en absoluto.
Después de diez meses viviendo en la nada he decidido mudarme a Münster, donde tengo amigos y donde me ha surgido una oportunidad de trabajo (a tiempo parcial, eso sí). Hace dos semanas hice la prueba y también eché una solicitud para alquilar un piso que había visitado y que entra dentro de mis posibilidades. Pero gracias a la lenta gestión de ambas empresas han pasado ya más de quince días y sigo sin saber si sí o si no. Cuando llamo me piden paciencia y mientras tanto vivo cada hora de cada día haciendo cálculos sobre cómo podría pagarlo todo, qué muebles me podría permitir comprar de primeras (porque en Alemania los pisos jamás de los jamases están amueblados cuando se alquilan), que trámites tendría que realizar para la mudanza y con qué rapidez podría estar allí. Todas las mañanas cuando me doy la vuelta en la cama y me da ese momento de lucidez entre el sueño y el despertar me veo asediado de todos los frentes que tengo abiertos y no puedo volver a conciliar el sueño.
Todavía no tengo claro cómo voy a pagar todo lo que tengo que pagar, no sé cuál es el siguiente paso en mi vida, cómo avanzar, cómo no quedarme estancado en un trabajar para sobrevivir y evitar que se me marchiten los sueños. No sé qué viene a continuación, pero cualquier cosa es preferible a esta inconsciencia gris y triste a la que me tiene sometido este país desde hace meses. Mientras tanto, sigo teniendo una cosa muy clara: no quiero ser adulto. No quiero ser adulto ya más.

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sábado, 29 de marzo de 2014

Te di todo mi amor @love.com


Llevo viviendo en Alemania desde hace ya casi siete meses. Y han sido siete meses en los que no ha pasado nada, como una de esas series de televisión en las que el 80% de los episodios son de relleno, como un VHS que alguien ha decidido pasar fotograma a fotograma. 
Vivo en un pequeño estudio a las afueras de un pueblo aburrido a las afueras de una ciudad aburrida y aquí nunca pasa nada. El estudio es agradable y tiene una cama de dos por dos, pero como los alemanes no creen en las almohadas me despierto todos los días con el dolor de espalda de un artrítico de 70 años. Por la ventana se ven los campos de arado y un bosque en la distancia. Vivo cerca de una granja y todas las noches puedo escuchar los graznidos de las ocas cuando las encierran en el corral y todas las mañanas me despierta el quiquiriquí de un gallo. También hay caballos, uno blanco, uno negro y uno marrón… El piso tiene un pequeño balcón que uso exclusivamente para sacudir la alfombra del baño y hay dos macetas con plantas momificadas porque me olvidé de que estaban ahí. Por la noche, cuando está despejado, el cielo se cubre con más estrellas de las que he visto en años y desde que me mudé aquí he pedido tres deseos al mismo número de estrellas fugaces. También hay una televisión que está apagada casi siempre, menos cuando conecto el disco duro por la noche para ver alguna película. No hay microondas en el estudio así que aquí he hecho mis primeras palomitas de sartén (que siempre me recuerdan a la escena inicial de Scream y cuando la vi con 14 años y no podía parar de reír). Tampoco hay agua en la cocina por lo que hay que fregar en el baño, dado que el método de llenar el fregadero y “limpiar” todos los platos en la misma roña nunca me ha parecido higiénico por muy bueno para el medioambiente que sea. Pero lo peor de todo es que NO HAY INTERNET.
Llevo viviendo en Alemania desde hace casi siete meses sin internet.
Bueno, no es del todo cierto: la primera semana tras mi llegada compré un stick USB y ha sido la única manera de acceder a la red desde casa, pero como vivo en mitad de la nada la línea es casi inexistente y además los 5Gb de navegación se me agotan en apenas cinco o seis días.
Al principio mi estancia en este estudio iba a ser temporal (mi plan era encontrar trabajo en otra ciudad y mudarme a otro piso) por lo que contratar una línea habría sido absurdo. Pero con el tiempo me he empezado a dar cuenta de que por el momento voy a tener que limitar mi actividad laboral a convertirme en traductor autónomo y que no voy a tener manera de irme a otro sitio a corto plazo. Sin embargo, he tratado de ir aplazando esta realidad, enviando currículos a mansalva e intentando encontrar trabajo en cualquier parte. Y mientras esperaba respuestas que no llegarían jamás seguía sin internet.
A algunas personas liberarse del torrente de información por minuto que ofrece la red puede resultarles una experiencia atractiva y deseable, especialmente si son veganos, naturalistas y desprecian la sociedad de consumo y la deshumanización de los individuos. Pero yo no soy ninguna de esas cosas y siento la necesidad constante de información.
Siendo la persona inquisitiva y autodidacta que soy, la red supone para mí una fuente de conocimiento y aprendizaje ilimitado (por supuesto también de entretenimiento).
En casa de mis padres nos llegó internet cuando yo tenía 10 años. Una de esas conexiones que se desconectaba si alguien llamaba por teléfono. Recuerdo claramente mi edad porque lo primero que hice con el recién instalado ordenador y línea fue buscar una URL que había encontrado en la revista Dibus! para ver el tráiler de Harry Potter y la piedra filosofal que se estrenaba aquel noviembre, coincidiendo con mi decimoprimer cumpleaños. La conexión hacía que la calidad fuese dudosa cuanto menos, por entonces mi inglés no servía más que para cantar un par de canciones que nos habían enseñado sobre las partes del cuerpo, por lo que apenas entendí nada de lo que decían  y aun así recuerdo la experiencia con total nitidez: la piel de gallina, la música, las lechuzas… Ese fue nuestro primer contacto y desde entonces hemos sido inseparables.
Mi relación con internet es estrecha y personal. Es gracias a él que sé cómo hacer un nudo Windsor de corbata y cómo preparar una tarta Red Velvet. Me ha ayudado a limpiar botellas con cuellos muy estrechos por dentro y a desatascar retretes sin desatascador (¡sin mancharse!). Gracias a diferentes tutoriales online aprendí a usar programas que me han sido más útiles en mi trayectoria profesional que los largos semestres de asignaturas de informática en la facultad. Soy usuario avanzado de Photoshop, Subtitle Workshop y Movie Maker gracias a ellos. He aprendido más online que en años de educación obligatoria. Porque sí, la red sirve para jugar a ridículos juegos más adictivos que la droga, porno y desperdiciar el tiempo en páginas de Facebook PERO también es la mejor herramienta que existe para ampliar nuestra experiencia del mundo y para aprender.
Un ejemplo: con diecisiete años me enganché a Los Tudor y para cuando terminó la primera temporada ya me sabía la vida entera de Enrique VIII, sus esposas y todo lo que pasó en los trescientos años antes y después de su muerte. Soy una persona curiosa…
Con 15 años comencé a aprender rumano con cursos online (porque me encantaba la manera en que sonaba en el Drácula de Coppola) y aunque me rendí poco después, esto no empaña el hecho de que la red me entregara las herramientas necesarias.
Soy un cinéfilo empedernido y lo cierto es que sin las facilidades que ofrece internet no conocería ni habría visto ni un 80% de las películas que he visto o conozco. Hay mucho material online que es imposible encontrar de ninguna manera. La piratería es un tema con muchos grises. Entiendo por un lado a los artistas que tratan de defenderse del robo de su propiedad intelectual pero también creo en la importancia de compartir material online para todos aquellos que quieran acceder a él. Hay cientos de películas que no podría haber visto de otra manera, ya sea por lo vacíos que tengo los bolsillos o porque es material difícil de encontrar. Siempre que tengo oportunidad (que no es muy a menudo) voy al cine y pago por la película que voy a ver (y eso que en Alemania la entrada más barata cuesta 8 euros y no encuentras unas palomitas y refresco por menos de 9) pero lo cierto es que no quiero tener que prescindir a la cultura por culpa de mi situación financiera ni querría que nadie tuviera que hacerlo. Internet nos ha abierto también esa puerta.
He leído mejor contenido literario en línea que en muchos libros, he visto películas sin distribución y encontrado libros descatalogados hace tiempo. He visto fotos más chocantes que nada que publican en la National Geographic y conocido historias a las que los medios de comunicación no dan distribución. La red me ha dado las llaves a un amplio conocimiento sobre hechos misteriosos y paranormales que no habría sabido obtener de otras fuentes y me ha ayudado a mejorar mi calidad de vida entregándome conocimientos que de otra manera me estarían vetados.
Echo de menos internet.
Hace un par de días limpié la casa, hice una quiche de calabacín, me senté a la mesa y contraté, finalmente, una línea.

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sábado, 15 de marzo de 2014

{Craterellus} El árbol de los deseos


Hay un árbol en lo más profundo del bosque, un tronco retorcido y muerto inclinado sobre una alfombra de musgo y hongos. Cientos de monedas cicatrizan su corteza negra, clavadas de canto en la madera podrida. Es un árbol de los deseos.
Es casi mediodía cuando la mujer se detiene frente a él, con una moneda de cobre apretada en el puño. Se inclina con dificultad sobre su abultado vientre, recoge una roca, coloca la moneda sobre la corteza y la sujeta entre el índice y el pulgar mientras la golpea con la piedra. Cuando la moneda se hunde en la madera la mujer ya ha pedido su deseo.  Contempla una vez más el árbol antes de emprender el largo regreso a casa; piensa en el pasado, en el futuro y en la vida que crece en su interior. Con los pies doloridos echa a caminar. El árbol le concede su deseo unas semanas más tarde, cuando da a luz a su hijo. El bebé nace muerto. 


Podéis encontrar más relatos bajo la etiqueta Craterellus o en la sección de Escribir.

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sábado, 8 de marzo de 2014

Aura quiere que sepas que lo está pasando muy, pero que muy mal


No sé si también os pasará, pero cada vez que leo que alguien de mi edad es un escritor publicado y reconocido, ha dirigido películas ganadoras de premios de renombre internacionales o son exitosos showrunners/guionistas/directores y además han cerrado un contrato de publicación por su primer libro de tres millones y medio de dólares me deprimo un poco. Me entran ganas de seguir el ejemplo que he aprendido del cine y de la televisión y atiborrarme a helado y a azúcar en todas sus vertientes y llorar en una esquina. Tengo veintitrés años y un montón de aspiraciones pero me faltan las herramientas para llevarlas a cabo. Acabo de licenciarme en una carrera que al parecer no sirve para mucho y no sé, no sé, no sé qué voy a hacer con mi vida. No tengo ni puta idea de qué viene a continuación, estoy perdido y es por eso que Tiny Furniture (2010) me ha resultado tan cercana.
Lena Dunham escribió, dirigió y protagonizó Tiny Furniture cuando tenía veintitrés años (¡Zorra!) y fue este, su primer largometraje, lo que la llevó a colaborar con el productor Judd Apatow, que fue quien le abrió las puertas de la HBO y la convirtió en la exitosa creadora de Girls. Lena tiene ahora veintisiete y el año pasado, una editorial pagó tres millones y medio de dólares por su primer libro (¡Sí, joder! ¡Tres putos millones y medio de dólares americanos!). Pero su éxito empezó con Tiny Furniture, antes de eso había dirigido un mediotraje en la universidad llamado Creative Nonfiction (2009), sobre una chica que estudia escritura creativa e intenta seducir a un compañero que se ha quedado a dormir en su habitación porque en la de él hay moho creciendo en la moqueta. Lo interesante de este primer trabajo es lo amateur de la propuesta. Es una película que se siente como algo que cualquiera podría hacer (¡Hay que tener esperanza! Si Lena Dunham dirigió esto sólo tres años antes de petarlo con Girls todos tenemos una oportunidad). Para empezar está grabado con una cámara de video casera, los ángulos nunca están centrados, hay muchos zooms y la cámara no deja de moverse. Los actores son mediocres cómo mínimo, el sonido también es bastante malo dado que no había más micrófono que el de la cámara y la iluminación es cuanto menos deficiente. Incluso el guión, punto fuerte de Dunham, deja que desear. Es más que nada un rito de transición, un proceso de aprendizaje. Puede que Creative Nonfiction no sea más que un ejercicio amateur de dirección pero queda claro que después de eso Dunham pudo decir, “vale, ahora sí que sí” y se embarcó a dirigir Tiny Furniture (con la que se ha ganado mi corazón).
La película gira en torno a Aura, que vuelve a casa después de graduarse. Allí debe aprender a convivir con su madre, una artista famosa que se dedica a fotografiar muebles en miniatura, y con su hermana, una arrogante adolescente de diecisiete años, ambas protagonizadas por la madre y la hermana de Dunham en la vida real. La historia empieza justo en el momento en que el mundo que Aura deja atrás comienza a desintegrarse: adiós a su novio de la universidad y a su mejor amiga, adiós a ser una estudiante y a dejarse mantener por su madre. Todavía no tiene nada por delante, o todo, que es lo mismo porque es igual de incierto. Aura no sabe qué hacer, está perdida, no sabe lo que quiere ni como obtenerlo, se pasa el día envuelta en sus sábanas regodeándose en su propia mierda. Recorre una casa demasiado blanca y vacía siempre en pijama y en lugar de tomar sus propias decisiones parece dejarse llevar. Pronto se reencuentra con una extravagante amiga de la infancia y consigue el trabajo que esta le facilita, acepta una cita con el chico que otra le sugiere y con la misma indiferencia con la que va tomando sus decisiones deja de contestar las llamadas de su mejor amiga de la universidad con la que supuestamente va a irse a vivir a un piso en la ciudad para comenzar su nueva vida.
Hay una especie de hastío que hace sentir que todo ha terminado en lugar de estar empezando. Las cosas son difíciles y no hay nada gracioso en estar perdido. En un momento de la película Aura le dice a su madre: “Acabo de salir de la universidad. Todo esto es muy duro para mí. Y soy una persona muy, muy joven que se está esforzando mucho”. Y no deja de ser irónico, por momentos es fácil reírse de Aura, pero lo que algunos pueden tachar de una pataleta de niña rica me parece una descripción muy precisa de una generación de jóvenes que tras haber pasado años estudiando ahora no saben qué hacer con su vida. Hay mucha gente como ella, no solo mujeres, que quieren significar algo para los demás y no saben cómo.
La película trata sobre no ser valorado por el mundo (en las relaciones de pareja, por la familia, el ámbito profesional). Muchos veinteañeros cargan con el peso de desear éxito y reconocimiento y se ahogan cuando este no llega y se dan cuenta de que tal vez nunca lo haga. Es una verdad terrible a la que hacer frente, pero especialmente cierta en la economía actual en la que da igual lo preparado que estés porque nunca estarás lo suficientemente cualificado para los trabajos a los que aspiras.

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lunes, 3 de marzo de 2014

Habían conseguido salir del mundo


A fin de cuentas, daba igual la edad que tuviesen, el que fueran tan jóvenes, lo único que importaba era que las habíamos amado y que no nos habían oído cuando las llamábamos, que seguían sin oírnos ahora, llamándolas para que salgan de aquellas habitaciones donde se habían quedado solas para siempre, solas en su suicidio, más profundo que la muerte, y en las que ya nunca encontraremos las piezas que podrían servir para volver a unirlas.

Conocía la historia de Las Vírgenes Suicidas mucho antes de leer la novela de Jeffrey Eugenides. La película de Sofía Coppola siempre me ha parecido fascinante y ahora, habiendo leído el material original, estoy sorprendido ante lo fiel de la adaptación.
Esta es la historia de cinco hermanas, las chicas Lisbon: Cecilia, Lux, Mary, Bonnie y Therese. Eugenides comienza su novela con los sucesos que condujeron al suicidio de Cecilia y continúa narrando las vidas de las cuatro hermanas supervivientes desde el punto de vista de los chicos del barrio. Conforme avanza la historia el lector es testigo de cómo las cosas empiezan a deteriorarse, inquiriendo en lo más profundo de las relaciones de esta familia disfuncional. Uno casi desea poder realizar una intervención y salvar a los Lisbon de su auto-destrucción, liberar a las chicas de su madre sobreprotectora, abrazarlas y decirles que todo se va a solucionar, transmitirles que pertenecen a este mundo y poder enseñarles todo lo que jamás pudieron ver. Pero hay que conformarse con el frustrante entendimiento de que no se puede hacer nada sino continuar observando y presenciar su inevitable final.
El evocador estilo de Eugenides a caballo entre poesía y narrativa nos brinda numerosas escenas llenas de melancólica evocación: el baile del instituto, sexo en el tejado, llamadas telefónicas en las que no se habla una sola palabra, mensajes de una sola frase en el buzón, miradas perdidas, gestos vacíos… Es casi como respirar un perfume hecho de todos los olores de nuestra juventud: el aire caliente del verano, un perfume lejano, el césped recién cortado. Eugenides ha conseguido con su narración lo que muchos otros antes han fallado en conseguir: llegar al corazón de la nostalgia y convertir la vida (y muerte) de las hermanas Lisbon en una historia universal.
Esta novela es la carta de suicidio que las hermanas Lisbon jamás escribieron, es lo más cercano a un diario que el vecindario tuvo jamás. Es la única explicación y aun así, no es ninguna, de la misma manera que en la realidad un suicidio nunca tiene una verdadera explicación para los que quedan atrás.
El título no hace referencia al estado virginal de las hermanas, aunque esto no quede claro al principio. Pues a todos los efectos las hermanas Lisbon (incluida la promiscua Lux) eran vírgenes. Vivieron y murieron en un hogar abusivo, pasando sus días en habitaciones minúsculas en un mundo minúsculo mirando al exterior a través de ventanas sucias. Sabían que el mundo era mucho más grande y que nunca habrían de verlo. La palabra virgen hace referencia a su inocencia y a sus vidas malgastadas, no a sus hímenes. A lo largo del libro, el narrador hace referencias a vírgenes sacrificadas en altares, especialmente cuando muere la Cecilia, la primera, es descrita como una virgen condenada a ser sacrificada para el placer de un Dios desconocido.
Eugenides ha escrito un libro que es como un perfume: embriagador, evocador e irresistible. Una prosa poética que sugiere más que mostrar, es una historia de vidas cruzadas, personas que conviven en un mismo espacio sin llegar a intercambiar más que miradas. Manos que se extienden en la oscuridad sin llegar a alcanzarse. Todo el mundo observa la decadencia del hogar de los Lisbon, de su moralidad y de su día a día pero nadie ayuda, nadie rescata a las hermanas prisioneras en su propia casa. Los Lisbon a su vez en lugar de buscar ayuda se encierran en su hogar como una tortuga que se retrae en su caparazón y espera la muerte. El lector no es sino un mero observador, más que nunca; un miembro de aquel grupo de chicos obsesionados con las hermanas desde su juventud. Y lo único que podemos hacer es verlas a través de las palabras, dejarnos fascinar por su extrañeza mágica y resignarnos ante su inevitable sino.

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sábado, 22 de febrero de 2014

{Craterellus} Cuando abandonamos la infancia


Era verano y los niños vivían una quimera en la que los días eran largos y la estación no parecía poder acabar nunca. Despertaban temprano, se lavaban con el agua helada del pozo y se perdían en el bosque desayunando por el camino una hogaza de pan y un pedazo de jamón tierno. Exploraban, recolectaban frutos silvestres y construían cabañas con troncos. Jugaban a ser piratas y bandidos y aventureros. Aquel verano encontraron un cuervo muerto y lo enterraron en un millón de flores, con las alas extendidas.
Solo eran dos: el muchacho, hijo del granjero, y la chica, primogénita del zapatero. Aún eran muy jóvenes cuando había empezado el verano pero para cuando llegó el otoño habían dejado de serlo. Habían madurado en sus inocentes besos, en sus dedos entrelazados y en la desnudez de sus cuerpos cuando se bañaban sin ropa en el riachuelo. Se podía ver en sus ojos, más profundos y oscuros, conocedores de secretos adultos. Aquellas tardes en las que se dormían bien juntos en su nido de ramas secas se grabaron por siempre en sus corazones en llamas.

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viernes, 21 de febrero de 2014

Barcos de papel y grajeas de chocolate


Hoy, 21 de febrero, cumple años una de mis personas favoritas. Nos conocimos hace seis años; en primero de carrera... Es una del puñado de personas que conocí en Granada con la que todavía me hablo y una chica impredecible. Nuestro primer encuentro podría haber sido sacado de una película independiente digna de ganar en Sundance. Tiene música en las venas y relatos cortazarescos escondidos en los dedos. Su corazón late a destiempo cuando ve un gato o material de papelería y nos hemos reído juntos hasta reventar. Habla más rápido que ninguna otra persona que conozca y le gustan las manualidades y dormir como una marmota. No he podido celebrar su cumpleaños con ella este año así que mi novio y yo decidimos hacerle un vídeo de cumpleaños lleno de bromas privadas y referencias, con barcos de papel y grajeas de chocolate.

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martes, 18 de febrero de 2014

Que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte


Me gusta pensar que soy de esas personas que leen de todo. A veces leo un libro por la forma en que está escrito o porque se trata de un clásico. Pero otras veces leo por el simple placer de sumergirme en una historia, sin importarme la exquisitez del lenguaje, ni la cantidad de metáforas. Admiro los libros que se consideran “literatura” y los disfruto aun con el conocimiento de que jamás podré escribir nada parecido. Pero es cuando leo con fin recreativo que el hecho de leer se convierte en una experiencia más estimulante y gratificante. Cuando me encuentro con una historia que no quiere soltarme, que me sigue dando vueltas en la cabeza mucho tiempo después de haber terminado el libro me acuerdo de por qué amo leer (y me hace darme cuenta de qué clase de escritor quiero y puedo llegar a ser).
No recuerdo qué me impulsó a coger el primer libro de Los Juegos del Hambre hace ya unos años —creo que lo compré al confundirlo con otra novela para jóvenes adultos que me habían recomendado— pero en menos de una semana había terminado los tres libros que componen la serie y seguí dándole vueltas mucho tiempo después.
La trilogía de Los Juegos del Hambre se encuentra por lo general en la sección de jóvenes adultos de las librerías y por lo tanto son libros que tienen a observarse con condescendencia. Sobre todo, teniendo en cuenta que se tratan de best-sellers —lo que echa para atrás a muchas personas— y que lamentablemente son descritos a menudo como los “sucesores de Crepúsculo” (aprovecho para dejar claro que Los Juegos del Hambre no tienen más que ver con Crepúsculo que con Harry Potter). Pero lo cierto es que forman una trilogía compacta que casi se lee como un solo volumen, que cuenta con personajes realistas, un mundo fascinante y que da que pensar. Son una mezcla muy acertada entre Battle Royale y 1984 y resultan especialmente interesantes debido a que la sociedad que describe no resulta tan ficticia como debería.
La historia transcurre en un futuro en el que los EE.UU. ya no existen y su lugar lo ocupa Panem, una nación consistente en doce distritos reunidos alrededor de un omnipotente Capitolio. Antes del comienzo de la serie, los distritos se rebelaron contra el Capitolio y fueron derrotados. El decimotercer distrito fue completamente aniquilado y destruido y los demás fueron castigados. Como forma de recordarles sus crímenes, cada distrito está obligado a enviar una vez al año a un chico y a una chica de entre doce y dieciocho años para participar en los Juegos del Hambre: un evento televisado en el que los participantes deben luchar a muerte hasta que solo quede uno con vida.


La protagonista es Katniss Everdeen una muchacha de diecisiete años que se presenta voluntaria a los juegos para ocupar el puesto de su hermana pequeña. De hecho, todo el libro está escrito en primera persona desde el punto de vista de Katniss —en tiempo presente por si fuera poco— y es su voz lo que distingue esta trilogía de otras novelas distópicas. Katniss se siente real. No es especial debido a la divina providencia sino que son las circunstancias a lo largo de toda la trama las que la llevan a desempeñar el papel que le corresponde. Su evolución a lo largo de la trilogía se justifica en el primer dato que conocemos de ella: Katniss Everdeen es una superviviente nata. Es fuerte por necesidad, porque ha tenido que mantener a su familia con vida desde la muerte de su padre. Ha practicado durante años la caza furtiva para poder alimentar a su hermana pequeña a pesar de estar completamente prohibida y por esto que ha aprendido la única habilidad que le da ventaja en los juegos: el tiro con arco.
El atractivo del personaje radica en que sus características no parecen simples herramientas para la trama si no que se presentan de manera orgánica y realista, al igual que sus debilidades. Es este realismo del personaje lo que hace de ella la protagonista ideal para contar esta historia. Y es loable el trabajo que Suzanne Collins ha realizado en el desarrollo del personaje.
También la estructura de la trilogía está planteada con mucha maestría, haciendo de cada volumen un ente separado a la vez que crean una sola historia como si se tratasen de una sola novela. El primer volumen es una perfecta introducción a Panem y a los juegos, explicando un mundo nuevo sin abrumar al lector. El segundo (al que mucha gente tilda de sufrir de secuelitis) sirve a mi parecer de puente perfecto a la instancia final de la saga, en la que Collins expande el mundo que ha creado con la consciencia de que sus lectores ya están familiarizados con él y crea una mitología muy rica en detalles de la que lamentablemente no hemos visto lo suficiente.
Como he dicho al principio: es cierto que hay ciertos elementos similares entre los libros de Collins y la novela (y película) japonesa Battle Royale pero insinuar lo mucho que se parecen es desvirtuar el trabajo de la primera porque a pesar de que BR es anterior y parte de un concepto similar es mucho más superficial en todos los temas que toca que Los Juegos del Hambre (y a mi parecer está pobremente ejecutada).
Y es que Los Juegos del Hambre es mucho más que la historia de unos niños luchando a muerte en televisión, es uno de los retratos más realistas que he leído de lo que podría ser del mundo dentro de unos años…


Su retrato de un gobierno absolutista es completamente escalofriante y resulta mucho más cercano que la rebuscada distopía de Orwell (por mucho más poética que esta pueda resultar). El control que ejerce el Capitolio sobre los distritos se presenta en diferentes formas. La primera y más clara es la instauración de los Juegos del Hambre como forma de mantener subyugados a los distritos. Cada uno de los procedimientos envueltos desde la Cosecha —la elección de los concursantes (llamados Tributos)— hasta la gira de la victoria tras obtener al ganador son fórmulas para mantener el control y recordarles a los distritos qué les pasa a aquellos que desobedecen. La presencia de los guardianes de la paz —una especie de policía totalitaria— en cada uno de los distritos es un recordatorio constante de la intervención del gobierno en cada uno de los aspectos de la vida de sus ciudadanos. En un mundo post-apocalíptico, debe haber una autoridad que mantenga el control pues de otra forma reinará el caos y,  como a menudo sucede en las novelas distópicas, el grupo que obtiene el poder se obsesiona con este y hará todo lo que esté en su mano para evitar perderlo.
Es a raíz de esto que surge otro de los temas principales de las novelas (y el que a mí me resulta más interesante): la revolución. Al principio con pequeños actos de desafío y más adelante con un levantamiento en toda regla. Hay un límite de lo que la gente está dispuesta a soportar y una de esas cosas es ver como 23 niños y niñas son obligados a matarse entre ellos en televisión durante 75 años. Otras son la represión, el hambre y la miseria. Es fascinante la forma en que prende la llama de la revolución a lo largo del segundo libro y ver cómo todo estalla en el tercero. La forma en que el Capitolio, con sus extrañas modas y desapego al sufrimiento humano, trata de ponerle freno con represión y violencia, la manipulación, la tortura…
Suzanne Collins no hace amago de endulzar su historia y no se corta a la hora de describir violencia y muerte. Consigue contar la historia que quiere de principio a fin sin traicionar su espíritu, tocando temas trascendentales sin tratar de adoctrinar. Y si al final ha dejado un montón de cadáveres por el camino ¿quién dijo que la vida siempre tiene finales felices?

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