
Me gusta
pensar que soy de esas personas que leen de todo. A veces leo un libro por la
forma en que está escrito o porque se trata de un clásico. Pero otras veces leo
por el simple placer de sumergirme en una historia, sin importarme la
exquisitez del lenguaje, ni la cantidad de metáforas. Admiro los libros que se
consideran “literatura” y los disfruto aun con el conocimiento de que jamás
podré escribir nada parecido. Pero es cuando leo con fin recreativo que el
hecho de leer se convierte en una experiencia más estimulante y gratificante. Cuando
me encuentro con una historia que no quiere soltarme, que me sigue dando
vueltas en la cabeza mucho tiempo después de haber terminado el libro me
acuerdo de por qué amo leer (y me hace darme cuenta de qué clase de escritor
quiero y puedo llegar a ser).
No recuerdo
qué me impulsó a coger el primer libro de Los
Juegos del Hambre hace ya unos años —creo que lo compré al confundirlo con
otra novela para jóvenes adultos que me habían recomendado— pero en menos de
una semana había terminado los tres libros que componen la serie y seguí dándole
vueltas mucho tiempo después.
La trilogía
de Los Juegos del Hambre se encuentra
por lo general en la sección de jóvenes adultos de las librerías y por lo tanto
son libros que tienen a observarse con condescendencia. Sobre todo, teniendo en
cuenta que se tratan de best-sellers —lo
que echa para atrás a muchas personas— y que lamentablemente son descritos a
menudo como los “sucesores de Crepúsculo”
(aprovecho para dejar claro que Los
Juegos del Hambre no tienen más que ver con Crepúsculo que con Harry
Potter). Pero lo cierto es que forman una trilogía compacta que casi se lee
como un solo volumen, que cuenta con personajes realistas, un mundo fascinante
y que da que pensar. Son una mezcla muy acertada entre Battle Royale y 1984 y
resultan especialmente interesantes debido a que la sociedad que describe no resulta
tan ficticia como debería.
La historia
transcurre en un futuro en el que los EE.UU. ya no existen y su lugar lo ocupa
Panem, una nación consistente en doce distritos reunidos alrededor de un
omnipotente Capitolio. Antes del comienzo de la serie, los distritos se
rebelaron contra el Capitolio y fueron derrotados. El decimotercer distrito fue
completamente aniquilado y destruido y los demás fueron castigados. Como forma
de recordarles sus crímenes, cada distrito está obligado a enviar una vez al
año a un chico y a una chica de entre doce y dieciocho años para participar en
los Juegos del Hambre: un evento televisado en el que los participantes deben
luchar a muerte hasta que solo quede uno con vida.
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La protagonista es Katniss Everdeen una muchacha de diecisiete años que se presenta voluntaria a los juegos para ocupar el puesto de su hermana pequeña. De hecho, todo el libro está escrito en primera persona desde el punto de vista de Katniss —en tiempo presente por si fuera poco— y es su voz lo que distingue esta trilogía de otras novelas distópicas. Katniss se siente real. No es especial debido a la divina providencia sino que son las circunstancias a lo largo de toda la trama las que la llevan a desempeñar el papel que le corresponde. Su evolución a lo largo de la trilogía se justifica en el primer dato que conocemos de ella: Katniss Everdeen es una superviviente nata. Es fuerte por necesidad, porque ha tenido que mantener a su familia con vida desde la muerte de su padre. Ha practicado durante años la caza furtiva para poder alimentar a su hermana pequeña a pesar de estar completamente prohibida y por esto que ha aprendido la única habilidad que le da ventaja en los juegos: el tiro con arco.
El atractivo del personaje radica en que sus características no parecen simples herramientas para la trama si no que se presentan de manera orgánica y realista, al igual que sus debilidades. Es este realismo del personaje lo que hace de ella la protagonista ideal para contar esta historia. Y es loable el trabajo que Suzanne Collins ha realizado en el desarrollo del personaje.
También la estructura de la trilogía está planteada con mucha maestría, haciendo de cada volumen un ente separado a la vez que crean una sola historia como si se tratasen de una sola novela. El primer volumen es una perfecta introducción a Panem y a los juegos, explicando un mundo nuevo sin abrumar al lector. El segundo (al que mucha gente tilda de sufrir de secuelitis) sirve a mi parecer de puente perfecto a la instancia final de la saga, en la que Collins expande el mundo que ha creado con la consciencia de que sus lectores ya están familiarizados con él y crea una mitología muy rica en detalles de la que lamentablemente no hemos visto lo suficiente.
Como he dicho al principio: es cierto que hay ciertos elementos similares entre los libros de Collins y la novela (y película) japonesa Battle Royale pero insinuar lo mucho que se parecen es desvirtuar el trabajo de la primera porque a pesar de que BR es anterior y parte de un concepto similar es mucho más superficial en todos los temas que toca que Los Juegos del Hambre (y a mi parecer está pobremente ejecutada).
Y es que Los Juegos del Hambre es mucho más que la historia de unos niños luchando a muerte en televisión, es uno de los retratos más realistas que he leído de lo que podría ser del mundo dentro de unos años…
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Su retrato de un gobierno absolutista es completamente escalofriante y resulta mucho más cercano que la rebuscada distopía de Orwell (por mucho más poética que esta pueda resultar). El control que ejerce el Capitolio sobre los distritos se presenta en diferentes formas. La primera y más clara es la instauración de los Juegos del Hambre como forma de mantener subyugados a los distritos. Cada uno de los procedimientos envueltos desde la Cosecha —la elección de los concursantes (llamados Tributos)— hasta la gira de la victoria tras obtener al ganador son fórmulas para mantener el control y recordarles a los distritos qué les pasa a aquellos que desobedecen. La presencia de los guardianes de la paz —una especie de policía totalitaria— en cada uno de los distritos es un recordatorio constante de la intervención del gobierno en cada uno de los aspectos de la vida de sus ciudadanos. En un mundo post-apocalíptico, debe haber una autoridad que mantenga el control pues de otra forma reinará el caos y, como a menudo sucede en las novelas distópicas, el grupo que obtiene el poder se obsesiona con este y hará todo lo que esté en su mano para evitar perderlo.
Es a raíz de esto que surge otro de los temas principales de las novelas (y el que a mí me resulta más interesante): la revolución. Al principio con pequeños actos de desafío y más adelante con un levantamiento en toda regla. Hay un límite de lo que la gente está dispuesta a soportar y una de esas cosas es ver como 23 niños y niñas son obligados a matarse entre ellos en televisión durante 75 años. Otras son la represión, el hambre y la miseria. Es fascinante la forma en que prende la llama de la revolución a lo largo del segundo libro y ver cómo todo estalla en el tercero. La forma en que el Capitolio, con sus extrañas modas y desapego al sufrimiento humano, trata de ponerle freno con represión y violencia, la manipulación, la tortura…
Suzanne Collins no hace amago de endulzar su historia y no se corta a la hora de describir violencia y muerte. Consigue contar la historia que quiere de principio a fin sin traicionar su espíritu, tocando temas trascendentales sin tratar de adoctrinar. Y si al final ha dejado un montón de cadáveres por el camino ¿quién dijo que la vida siempre tiene finales felices?
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