jueves, 20 de noviembre de 2014

Cumplir veinticuatro


Cumplir veinticuatro y seguir estancado. Los mismos propósitos incumplidos, los mismos sueños imposibles. Cumplir veinticuatro y darte cuenta de que no has avanzado tanto como te habías propuesto, que no has escrito la novela que habrías querido, ni todas las cartas que debieras, ni has hecho el corto con el que tantas tardes has perdido planeando. Cumplir veinticuatro y darte cuenta de que no has puesto un solo pie en el camino de baldosas amarillas de tu propia elección que no lleva al mago de Oz sino a la realización de tus deseos más profundos. A veces es más importante el viaje que el destino, pero ¿puede decirse lo mismo si ni tan siquiera has hecho las maletas?
Parece que estoy condenado a vivir un año malo por cada dos buenos (mientras que los números no se inviertan me parece un trato justo). Pero joder, el año de mis veintitrés años ha sido uno de los peores de toda mi vida. Ha sido un año gris y lleno de desesperanza, un año de ansiedad y sombras oscuras, de gusanos reptando por el suelo y vista borrosa. Uno de esos años que es mejor ir olvidando porque ni siquiera servirá para reírse en el futuro. Espero (siguiendo un hilo de pensamiento mágico) por lo tanto que el año de mis veinticuatro años sea el mejor hasta ahora. Espero que esa zorra llamada Karma empiece a hacer cuentas y me regale un año memorable, que me ponga una alfombra roja y me invite a pasar al maldito camino de baldosas amarillas de una puta vez. Tal vez ya sea pronto el momento en que pueda comenzar a avanzar hacia donde quiero, aunque sea muy despacito, aunque sea pasito a pasito. Tal vez no sea tan malo cumplir veinticuatro años. Tal vez, tal vez…


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martes, 4 de noviembre de 2014

Más allá de la tapia del jardín


No es algo común, pero de vez en cuando uno se topa con una canción, un libro, una película o una serie y lo único que puede decir es “¡Joder!”. Ese “joder” básicamente quiere decir “Guau, esta canción/libro/película/serie le está hablando directamente a mi jodida alma” y sientes como todas las partículas de tu cuerpo se separan un poco y puedes notar el espacio que han dejado; te sientes un poco vacío por dentro y lleno a la vez. Es una sensación muy extraña que no se siente a menudo pero cuando lo haces sabes que has encontrado algo importante y que hay gente ahí fuera como tú, con tus mismas sensibilidades y búsqueda creativa.
El otro día descubrí Over the Garden Wall y tras únicamente haber visto la intro esa clase de “¡Joder!” escapó de mis labios. Cuando acabé el segundo episodio solté otro “¡Joder!” y así.
Over the Garden Wall es una miniserie animada compuesta por 10 episodios de 11 minutos cuya trama gira entorno a dos hermanos que se pierden en el bosque y buscan un camino de vuelta a casa. Wirt, el mayor, viste un sombrero cónico y una capa, más reminiscente de la Selva Negra que de los paisajes americanos que atraviesan; Greg tiene una tetera por sombrero y siempre lleva en brazos a su rana.
Pronto se topan con un pájaro parlanchín, que es a la par útil e impaciente. (“Los azulejos tenemos una esperanza de vida muy corta  — literalmente me estáis matando a cada momento que me veo obligada a pasar con vosotros.”) Juntos van de un lado a otro, de lío en lío, en busca del camino que los lleve a casa. Durante su viaje se encontrarán con una serie de extrañas criaturas que parecen sacadas de postales de Halloween de principios del siglo pasado.
Y es que el mayor acierto de la serie es su ambientación. La mezcla de paisajes tradicionales americanos (los campos de trigo, esos pueblos coloniales con sus granjas y graneros), el bosque (encantador durante el día y tenebroso durante la noche) y los inquietantes personajes que se van encontrando (el leñador, el pueblo de calabazas) le dan una identidad propia a la serie, que se ve afianzada por el magnífico uso que se le da a la música.
Las canciones (compuestas por el grupo Petrojvic Blasting Company) no solo avanzan la trama si no que también ayudan a establecer la ambientación al hacer uso de estilos como el folk y la música de salón. De hecho la serie tiene un cierto je ne sais quoi que me han hecho sentir de nuevo como el niño que era cuando películas como Regreso a Oz o la versión animada de Sleepy Hollow me maravillaban y aterrorizaban a la vez. Sin dudarlo he de decir que su creador, Patrick McHale, ha sabido navegar a la perfección la misma oscuridad que los hermanos Grimm. McHale ha creado un mundo que desde el minuto cero ya resulta conocido, como si fuese algo que vimos en nuestra infancia y luego olvidamos.

          

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