miércoles, 17 de septiembre de 2014

Sondheim y se me encoge el corazón


Cuando tenía diez años mi abuela me llevó por primera vez en mi vida a ver un musical. Recuerdo perfectamente el camino desde nuestro hotel en Berlín hasta Potsdamer Platz. Y los nervios. Nuestros asientos estaban en la séptima fila del patio de butacas principal, lo suficientemente cerca del escenario para poder distinguirle el blanco de los ojos a los actores. Yo tenía unas expectativas muy específicas antes de que se apagaran las luces y subiese el telón; cuando acabó el primer acto ya me había rendido incondicionalmente al encanto de los musicales para siempre. Desde entonces he visto muchos otros musicales, tanto en persona como en video. Tengo muchísimas versiones distintas de la misma obra, en diferentes idiomas, con diferentes repartos… Me atraían especialmente las obras más oscuras, que huían de la comedia musical. Pero no fue hasta mucho tiempo después que descubrí a Stephen Sondheim.
Stephen Sondheim nunca ha escrito musicales convencionales, del tipo en los que todo son sonrisas y felicidad. Escribe sobre la condición humana, sobre sueños y esperanzas, decisiones, encrucijadas y decepciones. Alguien dijo una vez que los personajes de Sondheim echan a cantar cuando ya no pueden seguir hablando, y lo cierto es que no hay una sola canción en sus obras que no sirva para avanzar la historia o para establecer el estado mental y emocional de un personaje. Jamás hace uso de la música para pausar la trama, sino que la convierte en un elemento esencial de las mismas.
Desde que conocí la obra de Sondheim me cuesta mucho más disfrutar de comedias musicales genéricas, pues suelen emplear la historia como un instrumento para hilvanar diferentes canciones en lugar de hacer uso de la música para enriquecerla. Me descubro encontrando razones por las que algunas canciones sobran y hacen que el conjunto general no avance, frunciendo el ceño ante la repetición de estrofas enteras y decepcionado ante la simplicidad de las historias que cuentan. Un musical de Stephen Sondheim, sin embargo, puede disfrutarse una y otra vez hasta el infinito y siempre se encuentran nuevos matices nunca antes apreciados, nuevas joyas en las letras de sus canciones, nuevos sentidos escondidos en sus juegos de palabras.
Me gustaría introducir a aquellos que no lo conozcan en la genialidad de sus letras y para ello quiero presentaros algunas de las mejores interpretaciones de sus canciones, sacadas de un concierto-homenaje por su 80 cumpleaños, precedidas por un breve contexto:

Ladies who lunch
Pertenece al musical Company (1970). La canción la interpreta Joanne, una mujer cínica de mediana edad que borracha propone un brindis en honor de las “damas que almuerzan”. La canción es una cortante crítica a las mujeres ricas que gastan su tiempo en frivolidades como almuerzos y fiestas, a menudo con la excusa de que son para recaudar dinero para distintas organizaciones. Hacia el final de la canción Joanne se da cuenta de que ella también es una de esas “damas”: dedica todo su tiempo a criticar la vida de otras mujeres, sin nunca mover un dedo para mejorar la suya propia.


Losing my mind
Fue compuesta para Follies (1971). La canción, interpretada por una ex-corista, trata sobre cómo esta mujer madura ha pasado su vida obsesionada con su antiguo amante. Cada segundo de su existencia está definido por el anhelo que siente por él. Es una canción que explora hasta qué punto se ha perdido a sí misma en sus propios delirios.


The Glamorous Life
Sondheim escribió esta canción para la versión cinematográfica de A Little Night Music (1973), obra basada en una película de Ingmar Bergman. En esta ocasión la intérprete es la hija de una actriz venida a menos que siempre está de tour y que vive con su abuela. La niña añora a su madre, que una y otra vez pospone el momento de ir a verla debido a su ocupada vida de actriz, pero aun así la defiende pues entiende que ella prefiera llevar una vida “glamurosa” a ser una madre normal.


Could I leave you?
Perteneciente también a Follies (1971), en esta ocasión nos encontramos a una mujer de mediana edad cansada de estar atrapada en un matrimonio sin amor. Sin embargo, cuando su marido le dice que ella debería dejarlo ella se piensa que lo dice porque quiere irse con su amante. Herida y enfadada considera la propuesta.


I’m still here
Para terminar, una canción que no necesita contexto porque habla por sí sola. I’m Still Here es igualmente parte de Follies (1971) y en esta ocasión la interpreta la recientemente difunta leyenda de Broadway Elaine Stritch.

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jueves, 11 de septiembre de 2014

¡Somos como Kevin Bacon!


Aunque nací recién comenzados los noventa en el alma soy un verdadero hijo de los ochenta, por lo menos en cuanto a lo que recuerdos cinematográficos de la infancia se refiere. He crecido adorando películas clásicas de los ochenta: Dentro del laberinto, Los Goonies, La historia interminable, Los cazafantasmas, La princesa prometida y un larguísimo etcétera. La música, esos guiones que nunca terminaban de tomarse en serio a sí mismos, me sumergen en un estado de completa embriaguez y devoción. Estoy infectado de la nostalgia absoluta y por lo tanto, mi opinión sobre cualquier película que consiga recordarme la experiencia de revivir el primer visionado de todas aquellas joyas de mi infancia se verá irremediablemente afectada de absoluta falta de objetividad. Ha pasado antes y volverá a pasar en el futuro. Me pasó cuando fui dos veces al cine a ver Super8, cuando vi Las ventajas de ser un marginado hundido en una butaca gastada en un cine en Inglaterra, y hace dos días volvió a pasar cuando fui a ver Guardianes de la galaxia.
Hay varios elementos que hacen de Guardianes de la galaxia una gran película pero creo que el más importante de todos, el pilar sin el que todo lo demás se vendría abajo, es su fantástico guión. James Gunn no reinventa el género. De hecho, así en frío, me resulta imposible pensar en un solo elemento 100% original en toda la película y, sin embargo, esto no merma su valor cinematográfico, ya que Gunn ha sido capaz de reutilizar los elementos del género y emplearlos en su propio beneficio de una manera inusitada. De igual manera que The Conjuring fue, en mi opinión, la mejor película de terror del año pasado por la forma en que aprovechaba las convenciones del género, Guardianes de la galaxia es a mi parecer la mejor película de ciencia ficción de este. Y es que opino que en ocasiones la concepción de que siempre hay que ser original entorpece el propósito de contar una buena historia. Más vale un buen remix, cuidadosamente pensado que una idea “original” sin sentido, mal ejecutada o directamente mala. Incluso voy a atreverme a dar un paso más allá y a decir que Guardianes me parece muy superior al 99% de las películas de ciencia ficción de los últimos cinco años, a pesar de emplear muchos de los mismos elementos.
Porque lo que la diferencia de todas ellas y convierte un guión bien pensado en uno brillante es el humor. Es una película que no solo emplea los tópicos si no que los ridiculiza y de este modo los emplea en su propio beneficio. Los personajes se dan cuenta de lo completamente ridículas que son algunas de las cosas que hacen y son capaces de reaccionar ante ellas como lo haría el espectador. Valoro mucho que una película sea capaz de no tomarse totalmente en serio sin recurrir a la parodia barata y en esto Gunn se lleva un diez. La película está llena de humor, lo que realmente ayuda a que el espectador conozca a los personajes y establezca sus simpatías desde el primer momento. Yo soy de esas personas que apenas sonríen cuando algo gracioso ocurre en pantalla, pero viendo Guardianes me descubrí en más de una ocasión riendo como un niño pequeño por ese humor adolescente, más cercano a Hora de Aventuras que a Woody Allen, que en ocasiones sienta tan bien. Y hay que admitir, sin reservas, que el principal motivo de que este tipo de humor y el tono general de la película funcionen tan bien es Chris Pratt.


Chris Pratt, también conocido como Peter Quill/Star Lord, era casi un desconocido hasta que revolucionó las redes con la foto de su cambio físico para interpretar el papel protagonista de Guardianes y conforme ha ido avanzando la campaña de promoción de la película se ha convertido en la estrella masculina del momento. Y es que no se sabe dónde acaba Chris Pratt y dónde empieza el personaje pero no hay duda de que chupa cámara en cada una de las escenas en que aparece de una manera espectacular. Con un carisma sin igual no solo se ha ganado a los periodistas y al público, sino que ha personificado a un Han Solo para una nueva generación. Leí por ahí que Guardianes podría convertirse en la Guerra de las Galaxias de los nuevos tiempos, en el sentido de todo lo que aquella saga significó para los niños y jóvenes que crecieron con ella, y he de decir que no parece descabellado en lo más mínimo.
Por supuesto que la película también cuenta con aspectos negativos, en especial en cuanto a la manera en que caracteriza a sus villanos. Tanto Ronan el Acusador como Nebula  son personajes bastante planos cuyas motivaciones no llegan a explicarse y que en ningún momento llegan a ser más que malos muy malos, con muy malas intenciones. La relación entre Nebula y su “hermana” Gamora tampoco se explora en ningún momento. En general hay pocos papeles femeninos en la película y los pocos que hay son bastante unidimensionales. Sin embargo, todos estos aspectos negativos se diluyen en un espectáculo de luces que cuenta con una cosa muy importante de la que carecen la gran mayoría de las grandes superproducciones actuales: corazón. El alma de la película comienza a entreverse desde una de las escenas iniciales en la que Peter Quill/Star Lord desembarca en un planeta abandonado, con la intención de recuperar un orbe, al ritmo de la canción de Redbone “Come and get your love”. Una escena que no solo sirve para familiarizar al público con el personaje sino también de magnifico homenaje a Indiana Jones. Y es que otro elemento que hace de esta una gran película es su banda sonora, compuesta en un 40% de joyas de la música de los setenta y ochenta y en un 60% de gloriosa nostalgia que hace que te sangren los oídos del gusto.
Como colofón he de añadir que cualquier película en la que aparezca Glenn Close, por pequeño que sea su papel, gana un punto extra por mi parte. ¿Realmente existe gente en este universo que no sea capaz de apreciar la perfección de esta mujer? (Como dato curioso quisiera añadir que cuando era más joven e inocente solía confundirla con Meryl Streep).
En definitiva, me he sentido como cuando tenía ocho años, he saltado en la butaca y me he enamorado un poco de Chris Pratt. No hay nada mejor que pueda decir de un blockbuster veraniego. Supongo que ahora tendré que hacerme alguna maratón de películas de Truffaut para salvar al hipster que llevo dentro, o tal vez no. ¿Quién dijo que uno no puede disfrutar igualmente de una película de Wes Anderson y de una extravagancia espacial con pistolas y explosiones?


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lunes, 8 de septiembre de 2014

{Craterellus} Ya no quedan niños en Rusia


La semana pasada cayó una granizada en la bahía de Novosibirsk, Rusia. Hubo algunos heridos y solo algunos muertos. El cielo estaba gris pero el calor era de esos que se te pegan al cuerpo y te obligan a moverte en un estado de perpetua humedad y constante falta de aire. Los bloques de hielo, grandes como puños, comenzaron a caer sobre las 14:25 de la tarde y cesaron diez minutos después. Sorprendentemente, en el momento de la tragedia, la bahía se encontraba casi vacía y solo algunos grupos de jóvenes y unos cuantos ancianos intentaban ahuyentar el calor en las sucias aguas del Ob.
El primer corpúsculo de hielo le destrozó la nuca a un joven estudiante de arquitectura de 23 años llamado Yaroslav Petrovich. Su novia, que estaba con él en el momento del suceso, pudo ver como el objeto derribaba al muchacho y lo dejaba flotando boca abajo en las turbias aguas del río, mientras la sangre brotaba perezosamente de la herida. El cuerpo todavía no ha sido recuperado por las autoridades.
Una joven, Miranda Golovanova, habló más tarde con los primeros equipos de televisión que acudieron al lugar del suceso y su rostro redondo, plagado de pequeños cortes producidos por las esquirlas de hielo, se ha convertido en la imagen de la tragedia. La muchacha, todavía en estado de shock, miraba directamente al objetivo de la cámara, sin contestar ninguna de las preguntas que le hacían los periodistas. Luego, muy bajito, casi en un susurro, dijo lo que no tenía manera de saber, antes de que el país cediese al pánico colectivo: “Se nos han llevado a los niños”.

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