Sondheim y se me encoge el corazón
Cuando tenía diez años mi abuela
me llevó por primera vez en mi vida a ver un musical. Recuerdo perfectamente el
camino desde nuestro hotel en Berlín hasta Potsdamer Platz. Y los nervios.
Nuestros asientos estaban en la séptima fila del patio de butacas principal, lo
suficientemente cerca del escenario para poder distinguirle el blanco de los
ojos a los actores. Yo tenía unas expectativas muy específicas antes de que se
apagaran las luces y subiese el telón; cuando acabó el primer acto ya me había
rendido incondicionalmente al encanto de los musicales para siempre. Desde
entonces he visto muchos otros musicales, tanto en persona como en video. Tengo
muchísimas versiones distintas de la misma obra, en diferentes idiomas, con
diferentes repartos… Me atraían especialmente las obras más oscuras, que huían
de la comedia musical. Pero no fue hasta mucho tiempo después que descubrí a Stephen Sondheim.
Stephen Sondheim nunca ha escrito
musicales convencionales, del tipo en los que todo son sonrisas y felicidad. Escribe
sobre la condición humana, sobre sueños y esperanzas, decisiones, encrucijadas
y decepciones. Alguien dijo una vez que los personajes de Sondheim echan a
cantar cuando ya no pueden seguir hablando, y lo cierto es que no hay una sola
canción en sus obras que no sirva para avanzar la historia o para establecer el
estado mental y emocional de un personaje. Jamás hace uso de la música para
pausar la trama, sino que la convierte en un elemento esencial de las mismas.
Desde que conocí la obra de
Sondheim me cuesta mucho más disfrutar de comedias musicales genéricas, pues
suelen emplear la historia como un instrumento para hilvanar diferentes
canciones en lugar de hacer uso de la música para enriquecerla. Me descubro
encontrando razones por las que algunas canciones sobran y hacen que el
conjunto general no avance, frunciendo el ceño ante la repetición de estrofas
enteras y decepcionado ante la simplicidad de las historias que cuentan. Un
musical de Stephen Sondheim, sin embargo, puede disfrutarse una y otra vez
hasta el infinito y siempre se encuentran nuevos matices nunca antes
apreciados, nuevas joyas en las letras de sus canciones, nuevos sentidos
escondidos en sus juegos de palabras.
Me gustaría introducir a aquellos que no lo conozcan en la
genialidad de sus letras y para ello quiero presentaros algunas de las mejores
interpretaciones de sus canciones, sacadas de un concierto-homenaje
por su 80 cumpleaños, precedidas por un breve contexto:
Ladies
who lunch
Pertenece al musical Company (1970).
La canción la interpreta Joanne, una mujer cínica de mediana edad que borracha
propone un brindis en honor de las “damas que almuerzan”. La canción es una
cortante crítica a las mujeres ricas que gastan su tiempo en frivolidades como
almuerzos y fiestas, a menudo con la excusa de que son para recaudar dinero
para distintas organizaciones. Hacia el final de la canción Joanne se da cuenta
de que ella también es una de esas “damas”: dedica todo su tiempo a criticar la
vida de otras mujeres, sin nunca mover un dedo para mejorar la suya propia.
Losing
my mind
Fue compuesta para Follies (1971). La
canción, interpretada por una ex-corista, trata sobre cómo esta mujer madura ha
pasado su vida obsesionada con su antiguo amante. Cada segundo de su existencia
está definido por el anhelo que siente por él. Es una canción que explora hasta
qué punto se ha perdido a sí misma en sus propios delirios.
The
Glamorous Life
Sondheim escribió esta canción para
la versión cinematográfica de A Little Night Music (1973), obra basada en una película
de Ingmar Bergman. En esta ocasión la intérprete es la hija de una actriz
venida a menos que siempre está de tour y que vive con su abuela. La niña añora
a su madre, que una y otra vez pospone el momento de ir a verla debido a su ocupada
vida de actriz, pero aun así la defiende pues entiende que ella prefiera llevar
una vida “glamurosa” a ser una madre normal.
Could
I leave you?
Perteneciente también a Follies
(1971), en esta ocasión nos encontramos a una mujer de mediana edad cansada de
estar atrapada en un matrimonio sin amor. Sin embargo, cuando su marido le dice
que ella debería dejarlo ella se piensa que lo dice porque quiere irse con su
amante. Herida y enfadada considera la propuesta.
I’m
still here
Para terminar, una canción que no
necesita contexto porque habla por sí sola. I’m Still Here es igualmente parte
de Follies (1971) y en esta ocasión la interpreta la recientemente difunta
leyenda de Broadway Elaine Stritch.
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