sábado, 22 de febrero de 2014

{Craterellus} Cuando abandonamos la infancia


Era verano y los niños vivían una quimera en la que los días eran largos y la estación no parecía poder acabar nunca. Despertaban temprano, se lavaban con el agua helada del pozo y se perdían en el bosque desayunando por el camino una hogaza de pan y un pedazo de jamón tierno. Exploraban, recolectaban frutos silvestres y construían cabañas con troncos. Jugaban a ser piratas y bandidos y aventureros. Aquel verano encontraron un cuervo muerto y lo enterraron en un millón de flores, con las alas extendidas.
Solo eran dos: el muchacho, hijo del granjero, y la chica, primogénita del zapatero. Aún eran muy jóvenes cuando había empezado el verano pero para cuando llegó el otoño habían dejado de serlo. Habían madurado en sus inocentes besos, en sus dedos entrelazados y en la desnudez de sus cuerpos cuando se bañaban sin ropa en el riachuelo. Se podía ver en sus ojos, más profundos y oscuros, conocedores de secretos adultos. Aquellas tardes en las que se dormían bien juntos en su nido de ramas secas se grabaron por siempre en sus corazones en llamas.

Podéis encontrar más relatos bajo la etiqueta Craterellus o en la sección de Escribir.

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viernes, 21 de febrero de 2014

Barcos de papel y grajeas de chocolate


Hoy, 21 de febrero, cumple años una de mis personas favoritas. Nos conocimos hace seis años; en primero de carrera... Es una del puñado de personas que conocí en Granada con la que todavía me hablo y una chica impredecible. Nuestro primer encuentro podría haber sido sacado de una película independiente digna de ganar en Sundance. Tiene música en las venas y relatos cortazarescos escondidos en los dedos. Su corazón late a destiempo cuando ve un gato o material de papelería y nos hemos reído juntos hasta reventar. Habla más rápido que ninguna otra persona que conozca y le gustan las manualidades y dormir como una marmota. No he podido celebrar su cumpleaños con ella este año así que mi novio y yo decidimos hacerle un vídeo de cumpleaños lleno de bromas privadas y referencias, con barcos de papel y grajeas de chocolate.

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martes, 18 de febrero de 2014

Que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte


Me gusta pensar que soy de esas personas que leen de todo. A veces leo un libro por la forma en que está escrito o porque se trata de un clásico. Pero otras veces leo por el simple placer de sumergirme en una historia, sin importarme la exquisitez del lenguaje, ni la cantidad de metáforas. Admiro los libros que se consideran “literatura” y los disfruto aun con el conocimiento de que jamás podré escribir nada parecido. Pero es cuando leo con fin recreativo que el hecho de leer se convierte en una experiencia más estimulante y gratificante. Cuando me encuentro con una historia que no quiere soltarme, que me sigue dando vueltas en la cabeza mucho tiempo después de haber terminado el libro me acuerdo de por qué amo leer (y me hace darme cuenta de qué clase de escritor quiero y puedo llegar a ser).
No recuerdo qué me impulsó a coger el primer libro de Los Juegos del Hambre hace ya unos años —creo que lo compré al confundirlo con otra novela para jóvenes adultos que me habían recomendado— pero en menos de una semana había terminado los tres libros que componen la serie y seguí dándole vueltas mucho tiempo después.
La trilogía de Los Juegos del Hambre se encuentra por lo general en la sección de jóvenes adultos de las librerías y por lo tanto son libros que tienen a observarse con condescendencia. Sobre todo, teniendo en cuenta que se tratan de best-sellers —lo que echa para atrás a muchas personas— y que lamentablemente son descritos a menudo como los “sucesores de Crepúsculo” (aprovecho para dejar claro que Los Juegos del Hambre no tienen más que ver con Crepúsculo que con Harry Potter). Pero lo cierto es que forman una trilogía compacta que casi se lee como un solo volumen, que cuenta con personajes realistas, un mundo fascinante y que da que pensar. Son una mezcla muy acertada entre Battle Royale y 1984 y resultan especialmente interesantes debido a que la sociedad que describe no resulta tan ficticia como debería.
La historia transcurre en un futuro en el que los EE.UU. ya no existen y su lugar lo ocupa Panem, una nación consistente en doce distritos reunidos alrededor de un omnipotente Capitolio. Antes del comienzo de la serie, los distritos se rebelaron contra el Capitolio y fueron derrotados. El decimotercer distrito fue completamente aniquilado y destruido y los demás fueron castigados. Como forma de recordarles sus crímenes, cada distrito está obligado a enviar una vez al año a un chico y a una chica de entre doce y dieciocho años para participar en los Juegos del Hambre: un evento televisado en el que los participantes deben luchar a muerte hasta que solo quede uno con vida.


La protagonista es Katniss Everdeen una muchacha de diecisiete años que se presenta voluntaria a los juegos para ocupar el puesto de su hermana pequeña. De hecho, todo el libro está escrito en primera persona desde el punto de vista de Katniss —en tiempo presente por si fuera poco— y es su voz lo que distingue esta trilogía de otras novelas distópicas. Katniss se siente real. No es especial debido a la divina providencia sino que son las circunstancias a lo largo de toda la trama las que la llevan a desempeñar el papel que le corresponde. Su evolución a lo largo de la trilogía se justifica en el primer dato que conocemos de ella: Katniss Everdeen es una superviviente nata. Es fuerte por necesidad, porque ha tenido que mantener a su familia con vida desde la muerte de su padre. Ha practicado durante años la caza furtiva para poder alimentar a su hermana pequeña a pesar de estar completamente prohibida y por esto que ha aprendido la única habilidad que le da ventaja en los juegos: el tiro con arco.
El atractivo del personaje radica en que sus características no parecen simples herramientas para la trama si no que se presentan de manera orgánica y realista, al igual que sus debilidades. Es este realismo del personaje lo que hace de ella la protagonista ideal para contar esta historia. Y es loable el trabajo que Suzanne Collins ha realizado en el desarrollo del personaje.
También la estructura de la trilogía está planteada con mucha maestría, haciendo de cada volumen un ente separado a la vez que crean una sola historia como si se tratasen de una sola novela. El primer volumen es una perfecta introducción a Panem y a los juegos, explicando un mundo nuevo sin abrumar al lector. El segundo (al que mucha gente tilda de sufrir de secuelitis) sirve a mi parecer de puente perfecto a la instancia final de la saga, en la que Collins expande el mundo que ha creado con la consciencia de que sus lectores ya están familiarizados con él y crea una mitología muy rica en detalles de la que lamentablemente no hemos visto lo suficiente.
Como he dicho al principio: es cierto que hay ciertos elementos similares entre los libros de Collins y la novela (y película) japonesa Battle Royale pero insinuar lo mucho que se parecen es desvirtuar el trabajo de la primera porque a pesar de que BR es anterior y parte de un concepto similar es mucho más superficial en todos los temas que toca que Los Juegos del Hambre (y a mi parecer está pobremente ejecutada).
Y es que Los Juegos del Hambre es mucho más que la historia de unos niños luchando a muerte en televisión, es uno de los retratos más realistas que he leído de lo que podría ser del mundo dentro de unos años…


Su retrato de un gobierno absolutista es completamente escalofriante y resulta mucho más cercano que la rebuscada distopía de Orwell (por mucho más poética que esta pueda resultar). El control que ejerce el Capitolio sobre los distritos se presenta en diferentes formas. La primera y más clara es la instauración de los Juegos del Hambre como forma de mantener subyugados a los distritos. Cada uno de los procedimientos envueltos desde la Cosecha —la elección de los concursantes (llamados Tributos)— hasta la gira de la victoria tras obtener al ganador son fórmulas para mantener el control y recordarles a los distritos qué les pasa a aquellos que desobedecen. La presencia de los guardianes de la paz —una especie de policía totalitaria— en cada uno de los distritos es un recordatorio constante de la intervención del gobierno en cada uno de los aspectos de la vida de sus ciudadanos. En un mundo post-apocalíptico, debe haber una autoridad que mantenga el control pues de otra forma reinará el caos y,  como a menudo sucede en las novelas distópicas, el grupo que obtiene el poder se obsesiona con este y hará todo lo que esté en su mano para evitar perderlo.
Es a raíz de esto que surge otro de los temas principales de las novelas (y el que a mí me resulta más interesante): la revolución. Al principio con pequeños actos de desafío y más adelante con un levantamiento en toda regla. Hay un límite de lo que la gente está dispuesta a soportar y una de esas cosas es ver como 23 niños y niñas son obligados a matarse entre ellos en televisión durante 75 años. Otras son la represión, el hambre y la miseria. Es fascinante la forma en que prende la llama de la revolución a lo largo del segundo libro y ver cómo todo estalla en el tercero. La forma en que el Capitolio, con sus extrañas modas y desapego al sufrimiento humano, trata de ponerle freno con represión y violencia, la manipulación, la tortura…
Suzanne Collins no hace amago de endulzar su historia y no se corta a la hora de describir violencia y muerte. Consigue contar la historia que quiere de principio a fin sin traicionar su espíritu, tocando temas trascendentales sin tratar de adoctrinar. Y si al final ha dejado un montón de cadáveres por el camino ¿quién dijo que la vida siempre tiene finales felices?

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sábado, 15 de febrero de 2014

{Craterellus} Última tarde de verano


El muchacho salió desnudo del riachuelo y se tumbó sobre el centeno a secarse con los últimos rayos de sol, que aquel día de finales de verano brillaban del color anaranjado de sus cabellos. Su ropa estaba esparcida a su alrededor, allí donde había caído cuando se la había quitado para meterse en el agua helada. Cerró los ojos y dejó que la brisa le acariciase la piel húmeda y fría. Inspiró profundamente distinguiendo el lejano olor del humo de una chimenea, el olor de su infancia y el que guardaba un lugar más especial en su corazón. En la distancia, por encima del fantasmal sonido que hacía el centeno agitado por el viento, podía oír las risas de los niños jugando en la linde del bosque.
El muchacho paladeó con todos sus sentidos aquella tarde de finales de aquel verano del diecisiete. Cuando estuvo seco se vistió con calma, atesorando cada segundo como si fuese el último. Terminó atándose las botas y colocándose la boina, sin molestarse en abrocharse la camisa. Contempló por última vez los campos de cebada que se extinguían en el horizonte: los tejados de las casas en la distancia y el bosque al otro lado del riachuelo; dónde había aprendido a nadar, dónde había dado su primer beso. Después se encaminó al pueblo, los pensamientos perdidos en el día siguiente, cuando partiría a una guerra de la que no habría de volver.


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martes, 11 de febrero de 2014

Sólo hemos venido a por los malos

El acoso escolar es algo común en cualquier instituto. En todos los centros hay matones y víctimas. Parece tratarse de un rito más del paso de la adolescencia a la edad adulta. Nadie le da verdadera importancia: son sólo bromas, cosas de niños… Los educadores prefieren no meterse en los asuntos de los alumnos, que ellos resuelvan sus propios problemas. Los compañeros de clase tienen dos opciones: reírse con los matones y caerles en gracia o ignorarlos completamente para no convertirse en objetivos. Y es que al fin y al cabo ¿por qué iba nadie a tener que hacer nada? ¿Qué importan un par de burlas aquí y allá? ¿Qué más da alguna broma pesada de vez en cuando? Las vejaciones y los insultos no le hacen daño a nadie, al contrario: reafirman el carácter. ¿Agresiones físicas? Pues que se defienda… ¡Abrase visto!
The Dirties es una película que habla del acoso y de las consecuencias que puede tener en alguien que no sabe cómo defenderse. Cuenta la historia de Matt Johnson y Owen Williams, dos adolescentes que están rodando una película para clase en la que sus alter egos se dedican a acabar al más puro estilo Tarantino con los matones que les hacen la vida imposible en el instituto. Cuanto más trabajan en ella, más en serio empieza a tomárselo uno de ellos. Comienza a bromear sobre cómo deberían pegarles un tiro a todos los gilipollas que los acosan por los pasillos. Explica cómo sólo acabarían con los matones y cómo para dejar claras sus intenciones llevarían camisetas en las que pudiese leerse: “Sólo hemos venido a por los malos”. Bromea sobre cómo planearlo y sobre dónde conseguir las armas…
 Hollywood ha hecho muchas películas sobre tiroteos en institutos, especialmente desde Columbine, pero insiste una y otra vez en retratar a los perpetradores como desequilibrados o como monstruos desalmados. Todo el mundo evade la responsabilidad. Culpan al cine y a los videojuegos sin darse cuenta de que son los propios actos violentos que se llevan a cabo en los pasillos de sus institutos todos los días los verdaderos causantes de estas reacciones violentas.
Matt Johnson —director, escritor, editor, actor y productor— evita hacer cualquier juicio de valor sobre las decisiones del protagonista y nos lo muestra en todo momento como una persona real: un muchacho extravagante que quiere ser director, que tiene un amplio conocimiento de cine y al que le gusta bromear. No es malo pero sí está hecho un lío y no sabe cómo reaccionar ante las reiteradas humillaciones a las que lo someten sus acosadores. Pide ayuda constantemente pero nadie lo toma en serio. Dado que bromea constantemente nadie le cree cuando deja de hacerlo, da igual lo que diga o cómo lo intente.
La película está rodada de manera deliberadamente amateur, alternando entre escenas de Matt y Owen trabajando en su película y metraje del proyecto. El temblor de la cámara y las imágenes en ocasiones borrosas ayudan a pintar un retrato sorprendentemente realista de un instituto normal y cualquiera de las escenas de los dos amigos trabajando en su película podría haberse sacado de un vídeo de YouTube, por lo que resultan doblemente cercanas a identificables. Es por este realismo que las constantes humillaciones a las que ambos son sometidos nos parecen más chocantes y duras.
En un punto del metraje, Matt recuerda la primera vez que se rieron de él “solo por ser él mismo”, haciendo hincapié en uno de los aspectos más devastadores del acoso escolar: la manera en que deshumaniza a sus víctimas. El fin del acoso es tanto la muestra de poder como la subordinación de la víctima, pero su efecto más dañino es tal vez la pérdida de la autoestima. Cuando se sufren vejaciones sin motivo se alimenta la sensación de vergüenza y aparece la creencia infundada de que se es culpable por lo que le está pasando a uno. Durante toda la película podemos ver cómo esto afecta a Matt, que se aleja cada vez más de la realidad y usa el proyecto y su alter ego como medio para lidiar con el acoso. Cuando finalmente nos encontramos ante la terrible conclusión, esta es mucho más chocante por lo cercanos que nos hemos sentido a estos chicos y por cómo hemos sido testigos de los progresivos efectos negativos que las acciones de sus compañeros de clase han tenido sobre ellos.
Tanto Matt como Owen están magníficos, especialmente el primero. Prueba de su impecable interpretación es que a pesar de que el final puede entreverse más o menos desde el primer momento, sigue poniendo la piel de gallina cuando finalmente ocurre.
Cuando se suceden asesinatos en institutos, lo que más le cuesta aceptar a la gente es que el perpetrador vivía entre ellos y que parecía “normal”. A mucha gente le gusta pensar en los criminales como gente puramente malvada, a la que es fácil identificar en una multitud. Sin embargo, la realidad—remarcada por las perturbadoras últimas palabras de la película— es que en su mayoría son gente normal. Son gente a la que las circunstancias le ha hecho tomar decisiones equivocadas. La cruda realidad de esta declaración es precisamente la razón por la que The Dirties es una película poderosa.

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sábado, 8 de febrero de 2014

Craterellus Cornucopioides


Una vez, no hace mucho, escribí una novela corta sobre el amor titulada “La terriblemente hermosa historia del Príncipe del Silencio y el actor del corazón oscuro (y otros cuentos que crecen en su ventrículo izquierdo como Craterellus Cornucopioides)”. Los Craterellus Cornucopioides son una especie de hongos casi negros que crecen en mitad del invierno en las zonas más oscuras y húmedas. Los micólogos también los conocen por el nombre de “Trompeta de los muertos”. Al parecer las historias que me nacen del corazón lo hacen como estos hongos: negras y retorcidas.
Jane Yolen dijo una vez, muy acertadamente, que el escribir es como un músculo que hay que entrenar todos los días, aunque sólo sea escribiendo una carta, notas, una lista o el esbozo de un personaje. Decía que los escritores eran como bailarines, como atletas cuyos músculos se atrofian si prescinden del ejercicio. Para entrenar el músculo me he decidido a abrir una nueva sección en la que todas las semanas escribiré un relato de diez frases tejiendo una historia alrededor de la fotografía del encabezado. Todos los relatos llevarán la etiqueta Craterellus y se podrán encontrar en la sección de EscribirA continuación el primero de ellos:

El zorro olfateó el dulce olor de los hongos que crecían color carbón entre las nudosas raíces de un enorme tejo. Trataba de identificar aquel otro olor, escurridizo bajo la fragancia de los Craterellus; un olor corrupto, a cadáver.
No vio los pies desnudos de las chicas muertas hasta un poco más tarde, cuando finalmente levantó la vista del suelo. Eran cuatro o cinco jóvenes —el zorro no sabía contar— con vestidos blancos como la espuma, observándolo con sus ojos sin vida. La alimaña no se asustó, había visto criaturas parecidas en el bosque: espíritus y fantasmas y fuegos fatuos.
Una de las muchachas se puso en cuclillas y extendió la mano en su dirección; el pelo del mismo color del vestido cayéndole sobre el rostro. El animal se acercó a olfatear y vio el hueso y las venas a través de la piel traslucida, todo ello del color del agua clara de un manantial.
La chica muerta hundió los dedos de los pies un poco más en el barro negro, sintiendo cómo los restos de lo que una vez había sido su cuerpo se pudrían a metro y medio bajo tierra. Se inclinó hacia delante y con un rápido movimiento atrapó al zorro y le retorció el cuello. Sus hermanas se acercaron y juntas comenzaron a descuartizar al animal y a devorarlo con pellejo y todo, regando los hongos de sangre tibia.

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miércoles, 5 de febrero de 2014

Las brujas de Ryan Murphy


Hay pocas series que siga con el entusiasmo con el que sigo American Horror Story. Todos los años disfruto con pasión la campaña promocional que precede a cada temporada. Me emociono cuando se anuncia el próximo tema de la serie y leo toda la información que puedo antes de que se estrene. Es una de las pocas series que sigo semana a semana y es que, al fin y al cabo, soy fanático del terror. La primera temporada me dejó a cuadros con cada episodio y Asylum, aunque tardó en arrancar y tiene sus obvios defectos, se encuentra entre mis series favoritas. Es por eso que no podía esperar a que se estrenase esta tercera entrega de la serie. Pero a pesar de tenerlo todo a favor, Coven no me ha cautivado como esperaba que lo hiciera.
Ryan Murphy, show-runner y creador de American Horror Story, parecía tener todo lo que necesitaba para hacer de Coven un magnifico producto televisivo, un tema con mucho jugo, un escenario sugerente, un director de cinematografía osado y un reparto de cinco estrellas. Sin embargo, parece ser que olvidó un factor esencial: nada de esto es capaz de sacar a flote un guion chapucero y lamentablemente Coven tiene los guiones más chapuceros de la serie. A Murphy y a sus guionistas siempre les ha gustado meter tantas tramas como pudiesen en los primeros episodios de cada temporada y esperar a ver cuáles germinaban y cuáles no. De modo que a medida que avanza la serie van abandonando ciertas tramas en favor de otras, lo que hace que el producto final sea más irregular de lo que debiera teniendo en cuenta que son temporadas autoconclusivas de 12 o 13 episodios.
No obstante, el problema de las tramas sin propósito o abandonadas llega a su máximo exponente en Coven, donde superan tanto en número como en disparate las de ambas temporadas anteriores juntas. Y es que Murphy parece haber olvidado uno de los puntos básicos de cualquier narración: toda trama tiene que aportar algo a la narrativa general de la historia y ayudar a los personajes principales a avanzar, ya sea dentro de su propia psique o en la historia. Pero gran parte de las tramas de Coven no llevan a ninguna parte, no tienen conclusión ni propósito y lamentablemente a menudo tampoco tienen sentido. Un ejemplo de esto podemos encontrarlo en la trama del minotauro: el minotauro de Lalaurie es su carta de presentación y el motivo por el que la bruja vudú Marie Laveau la condena a vivir eternamente enterrada en un ataúd. Sin embargo, hacia la mitad de la temporada Fiona se deshace de él —fuera de pantalla para más inri— y no parece tener ningún tipo de efecto ni consecuencia; es más, no se lo vuelve a mencionar. No se molestan en explicar cómo es posible que viviese durante cientos de años si no es de la misma manera en que Laveau consiguió que Lalaurie viviera por siempre por lo que no debería haberle afectado en absoluto que le cercenaran la cabeza…


Y es que Murphy ha decidido jugar sin reglas y ese es el problema principal de Coven. Cualquier autor defenderá que para hacer creíble una fantasía hay que hacer que esta funcione bajo ciertas reglas. Si todo es posible en todo momento no puedes sufrir con los personajes, ni identificarte con ellos, no puedes vivir la historia de la misma manera. Murphy ha hecho de la temporada de las brujas un pastiche de clichés en el que las escenas se suceden sin orden ni concierto, pero en el que no importa porque al fin y al cabo nada tiene consecuencias. ¿La entierran viva? No pasa nada, la semana que viene la desenterramos. ¿La queman? No importa, ya volverá dentro de un par de episodios, vivita y coleando y sin una sola cicatriz. ¿Le tiran ácido a la cara o la empalan o la cortan en pedazos? Da igual, la magia de la televisión lo arregla todo. ¿Para qué perder precioso tiempo explicando cómo se ha realizado tal o cual proeza si podemos aprovecharlo en giros que no sorprenden a nadie? "Magia, zorras".
Sin embargo, en esta vorágine de ideas poco imaginativas que aparecen en la trama de manera gratuita la que para mí ha sido un bofetón en la cara del espectador ha sido la aparición estelar de Stevie Nicks. Puede gustarme más o menos como cante o actúe esta mujer pero lo cierto es que ha sido lo más arbitrario que ha aparecido en la serie hasta el momento. Cada escena de la cantante me ha parecido más el sueño húmedo de Ryan Murphy que una verdadera herramienta para la trama. El colmo ha sido la escena introductoria del episodio final. Esa especie de videoclip de Stevie Nicks paseándose por los pasillos de la casa cantando mientras las alumnas del Robichaux se preparan para llevar a cabo ‘Las Siete Maravillas’… Soy una de las personas que aplaudió como el que más el momento musical de Asylum, porque me pareció que ayudaba a dar un respiro al espectador y porque lo introdujeron de manera inteligente. Pero esa extravagancia de Stevie Nicks dando vueltas por la escuela me pareció innecesaria, arbitraria y lo más alejado al espíritu de la serie que han hecho hasta la fecha.
Soy un gran fan de las dos primeras temporadas y es por eso que me molesta todo ese potencial desperdiciado. Como he dicho antes, American Horror Story: Coven lo tenía todo para ser la mejor de las tres temporadas existentes de la serie. Empezando por su reparto casi exclusivamente femenino repleto de actrices en mayúscula. Las habituales: Jessica Lange, Frances Conroy, Sarah Paulson y Lily Rabe, y las nuevas: Kathy Bates, Angela Bassett y Patti LuPone. Todas y cada una de ellas se comen la pantalla y hacen suya cada escena en la que aparecen a su propia manera. Si han conseguido subir el nivel de los torpes guiones de esta temporada no quiero saber qué habrían hecho con un guion medianamente decente.
La presencia de Alfonso Gómez-Rejón, a la cabeza de la dirección creativa de la serie también hizo que se dispararan mis expectativas pues los dos episodios que dirigió para Asylum fueron pura gozada. Gómez-Rejón convierte cada plano en una obra de arte. Y vuelve a demostrarlo en Coven de la que asumió el rol de director creativo para toda la temporada. Los planos que lo caracterizan pueden verse en todos y cada uno los episodios, convirtiéndolos en un producto visualmente impecable. También la intro es en mi opinión la mejor hasta la fecha; sugerente y oscura.


Coven contaba además con un escenario inmejorable: Nueva Orleans. Con su fantasmal decadencia, sus edificios coloniales y su ambiente exótico. La ciudad del vudú y del jazz. Una ciudad histórica y evocadora de la que no hemos visto tanto como desearíamos.
Finalmente, el tema. Ryan Murphy eligió la brujería para la tercera temporada y podría haber hecho tantas cosas interesantes si tan solo hubiese podido prescindir un poco de su gusto por los excesos… Sin embargo, ha preferido mostrarnos una especie de Hogwarts a la americana, con una pizca de sexo y sangre, pero escuela de magia al fin y al cabo. Podría habernos mostrado un acercamiento más cercano a la realidad con sus sacrificios, sus rituales paganos, sus invocaciones, pero ha preferido recurrir a elementos trillados y reciclados en cantidad de ocasiones. Por si fuera poco sus brujas pueden hacerlo todo, no hay reglas ni límites a su magia.
Murphy tomó la sabia decisión de introducir a un personaje con tanto juego como es Delphine Lalaurie, una psicópata real con decenas de terribles crímenes en su conciencia pero por alguna razón decidió omitir algunos de los peores. Ha sido glorioso ver a Kathy Bates “Annie Wilkes” interpretando a Lalaurie pero queda un sabor agridulce en la boca al pensar en cuanto más podrían haber sacado de ella. Lo mismo sucede con el personaje de su antagonista, Marie Laveau, una poderosa bruja que es inmortal porque ¡Oh, sorpresa! ha hecho un pacto con el diablo. Angela Bassett está perfecta en su papel de reina del vudú pero tal vez habría sido más memorable si los guionistas se hubiesen esforzado en darle más profundidad a su personaje.
American Horror Story: Coven es un producto técnicamente impecable, con un reparto de envidia pero que falla por traicionar a su misma esencia. Es una serie que ha olvidado la palabra ‘horror’ del título y ha pasado a ser una comedia de excesos, plagada de frases entre lo kitsch y lo paródico que se pierden en la cantidad de agujeros que hay en la trama. Un collage de clichés, no ya del género de terror si no del de fantasía para adolescentes.
Para mí, siempre será la temporada que podría haberlo tenido todo y desperdició su potencial. 

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sábado, 1 de febrero de 2014

La ciudad que me crece por dentro


Ya le había entregado mi corazón mucho antes de conocerla. Antes incluso de saber que uno podía perder su corazón irremediable e irrevocablemente a una ciudad. 
Cuando de muy joven me quedaba meditabundo embargado por una extraña melancolía, ignoraba que era acuciada por el anhelo secreto hacia aquella ciudad que había visto en las películas y leído en los libros. El deseo era como un sueño que se repite día tras día, una llamada ineludible, el canto de las sirenas.
Yo ya había estado en Kenshington Gardens, el Museo Británico, Kings Cross y la Catedral de San Pablo antes incluso de pisar suelo inglés por primera vez. Había estado en Covent Garden y en el Globe y en la Torre de Londres. Conocía la historia de Enrique VIII y sus seis esposas y sabía las calles en las que Jack el Destripador cometió sus terribles crímenes. Había sentido el frío de los adoquines de aquellos caminos que cruzan el Támesis y había oído al Big Ben dar la hora a las doce en punto.
Para mí Londres era un lugar tan fantasioso como Disneylandia. El anhelo hacia sus calles adoquinadas y su niebla misteriosa se habían implantado en mi más tierna infancia, cuando Mary Poppins, prácticamente perfecta en todo, acudía a ayudar a aquellos niños faltos de cariño. Volar junto a la niñera sobre aquel Londres pintado, subir por escaleras de humo y observar el sol poniéndose en el oeste o dar de comer a las palomas junto a la catedral eran la mejor aventura que había vivido en mi corta vida. Cuando al final aquellos niños idiotas se olvidaban de tan siquiera despedirse de ella a mí se me saltaban las lágrimas y rebobinaba la cinta una y otra vez, para desesperación de mi madre y mi abuela. Aquel VHS grabado de televisión plantó la semilla de la ciudad que me crece por dentro.
No había cumplido los dieciséis cuando respiré por primera vez el frío aire inglés. Olía a hierba y a humedad, a novela de época y a edificios del siglo XVII. Aquel primer viaje lo viví como un sueño; todo era nuevo y conocido a la vez, como cuando reconoces un rostro pero no sabes localizarlo en la maraña de recuerdos. Fue como hacer el esbozo de un cuadro sin llegar a dar una sola pincelada.


Cuando regresé ya había cumplido los diecinueve. Aquel verano pasé tres semanas en Londres, aislado del mundo. No me esforcé en hacer amistades. Pasaba tres horas diarias en clase y el resto del día vagando por la ciudad sin rumbo fijo, descubriendo callejuelas y atajos. Todos los días comía junto al Támesis, viendo pasar a los turistas.
A pesar de ser agosto el aire era fresco y olía a primavera —todo estaba verde. En ocasiones me sentaba en la hierba de algún parque y escribía cartas. Aquel verano pude comprobar cómo la ciudad crecía en mi interior como ninguna otra ciudad lo había hecho nunca. Amaba perderme en sus librerías y descubrir nuevos caminos. Pasaba horas y horas en los mercadillos de segunda mano y todos los días cogía el metro en King’s Cross.
Vivía cerca de Camden por lo que muchas tardes me paseaba por el barrio con el único propósito de contemplar a sus extravagantes gentes. Me sentaba junto al Fleet con un té para llevar y pasaba las horas escuchando a  músicos ambulantes y retazos de conversaciones.
Fui sólo hasta Highgate y me paseé por su cementerio durante horas, imaginando historias de fantasmas y de vampiros.
Acudí en dos ocasiones al teatro al aire libre de Regent’s Park para ver la misma obra. Durante el primer acto el cielo era color rojo atardecer pero al comenzar el siguiente ya era de noche. En la segunda ocasión llovió y conocí a Judy Dench.
También fui solo a un concierto en la otra punta de la ciudad. Y al museo del cine. Todos los días después de clase bajaba hasta Covent Garden y me paseaba por la tienda de teatros de papel de Benjamin Pollock. Durante esas tres semanas escuché de principio a fin los audiolibros de la heptalogía de Harry Potter narrada por Stephen Fry y volví a enamorarme de la historia del niño mago.
Irme fue más difícil esta vez, pues había sido tan feliz en aquellas tres semanas como no lo había sido durante los últimos seis meses de mi Erasmus. Me prometí que volvería mientras me alejaba en tren de aquella metrópolis de los sueños.
Regresé poco antes de que se cumpliese el año junto a la persona más magnífica que he conocido, aunque por aquel entonces todavía éramos poco más que desconocidos.
Nos quedamos en la habitación de un hostal con cama de matrimonio. La recepcionista nos miró extrañada al darnos las llaves, como si dudase de que eso estuviese permitido. La habitación tenía la ducha a los pies de la cama, un ventanal enorme que daba a un parque y un par de arañas bajo las almohadas. Pero allí nos amamos como nunca y la ciudad fue testigo de cómo aquel amor que todavía no tenía nombre echaba raíces bien profundas.
Todas las mañanas comprábamos botellines de leche y volvíamos a la habitación a desayunar sándwiches y galletas rellenas de mermelada. Nos despertábamos temprano y yo le enseñaba la ciudad. Nos cogíamos de la mano en los autobuses de dos pisos y nos dedicábamos sonrisas cuando el otro no miraba. Pasamos horas caminando por la ciudad y cuando descubrimos la TARDIS aparcada en Earl’s Court un hombre mayor se acercó a nosotros y nos dijo con una extraña sonrisa que sabía que nosotros sabíamos lo que era, luego se perdió entre la multitud. ¿Quién sabe? Tal vez fuera el Doctor y no lo ignorábamos.
Nos pasamos todo un día en Camden comprando camisetas y postales, libros de segunda mano y una preciosa réplica de ‘La noche estrellada’ de Van Gogh. Luego cansados de caminar y descubrir nos sentamos junto al río y comenzamos a comer frambuesas como lo hacen en las películas.
Yo aprovechaba todo momento que podía para sacar fotografías con una cámara prestada y el resto para mirarlo a él ensimismado. En aquel viaje nos reímos como locos y aprendimos a conocernos mejor. Y fue aquella ciudad la que le dio nombre a los sentimientos que nos ardían por dentro como brasas.


He vuelto a Londres en otras ocasiones, ahora ya nunca vuelvo solo. Hemos paseado sobre la nieve de Hyde Park y visto las maravillosas preparaciones de navidad de la ciudad. Me ha caído una araña enorme sobre el hombro mientras desayunábamos en el parque y luego nos hemos reído como tontos. Hemos estado recorriendo durante horas los pasillos del museo de curiosidades de Ripley’s y nos hemos atiborrado en los bufets de China Town. Hemos jugado a inventarnos historias para los desconocidos que paseaban por el Soho y hemos robado tazas de un Starbucks. Hemos comprado comics y libros y bebido té y comido tarta. Hemos acudido a exposiciones y a firmas de libros. Hemos ido a conciertos de no parar de sentir la música y nos hemos mojado bajo la lluvia. Hemos dormido en hostales con gente que no paraba de roncar y nos hemos hecho fotos frente a las casas del Parlamento. Hemos ido a la estación de Victoria y los estudios de Harry Potter y al puente de Londres. Nos hemos dormido hablando, abrazados, muy juntos.
No puedo dejar de volver a Londres. No puedo dejar de volver a su río y a sus historias y a sus autobuses de dos pisos. No puedo dejar de volver a su arquitectura y a sus parques y a sus librerías. Me muero de añoranza por el adoquinado de sus calles y el bullicio de una multitud cuyos componentes, como en las películas, son solo figurantes. Me deshago en melancolía por todo lo que allí he vivido y lo que me queda por vivir. Quiero descubrir cada recodo de su laberinto de calles. Quiero que siga creciéndome por dentro como musgo. Quiero volver, volver, volver por siempre.

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