Ya le había entregado mi corazón mucho antes de conocerla.
Antes incluso de saber que uno podía perder su corazón irremediable e
irrevocablemente a una ciudad.
Cuando de muy joven me quedaba meditabundo embargado por una
extraña melancolía, ignoraba que era acuciada por el anhelo secreto hacia
aquella ciudad que había visto en las películas y leído en los libros. El deseo
era como un sueño que se repite día tras día, una llamada ineludible, el canto
de las sirenas.
Yo ya había estado en Kenshington Gardens, el Museo Británico,
Kings Cross y la Catedral de San
Pablo antes incluso de pisar suelo inglés por primera vez. Había estado en Covent Garden y en el Globe y en la Torre de Londres. Conocía
la historia de Enrique VIII y sus seis esposas y sabía las calles en las que
Jack el Destripador cometió sus terribles crímenes. Había sentido
el frío de los adoquines de aquellos caminos que cruzan el Támesis y había oído
al Big Ben dar la hora a las doce en punto.
Para mí Londres era un lugar tan fantasioso como
Disneylandia. El anhelo hacia sus calles adoquinadas y su niebla misteriosa se
habían implantado en mi más tierna infancia, cuando Mary Poppins, prácticamente
perfecta en todo, acudía a ayudar a aquellos niños faltos de cariño. Volar
junto a la niñera sobre aquel Londres pintado, subir por escaleras de humo y
observar el sol poniéndose en el oeste o dar de comer a las palomas junto a la
catedral eran la mejor aventura que había vivido en mi corta vida. Cuando al
final aquellos niños idiotas se olvidaban de tan siquiera despedirse de ella a
mí se me saltaban las lágrimas y rebobinaba la cinta una y otra vez, para
desesperación de mi madre y mi abuela. Aquel VHS grabado de televisión plantó
la semilla de la ciudad que me crece por dentro.
No había cumplido los dieciséis cuando respiré por primera
vez el frío aire inglés. Olía a hierba y a humedad, a novela de época y a
edificios del siglo XVII. Aquel primer viaje lo viví como un sueño; todo era
nuevo y conocido a la vez, como cuando reconoces un rostro pero no sabes
localizarlo en la maraña de recuerdos. Fue como hacer el esbozo de un cuadro
sin llegar a dar una sola pincelada.
Cuando regresé ya había cumplido los diecinueve. Aquel
verano pasé tres semanas en Londres, aislado del mundo. No me esforcé en hacer
amistades. Pasaba tres horas diarias en clase y el resto del día vagando por la
ciudad sin rumbo fijo, descubriendo callejuelas y atajos. Todos los días comía
junto al Támesis, viendo pasar a los turistas.
A pesar de ser agosto el aire era fresco y olía a primavera —todo
estaba verde. En ocasiones me sentaba en la hierba de algún parque y escribía
cartas. Aquel verano pude comprobar cómo la ciudad crecía en mi interior como
ninguna otra ciudad lo había hecho nunca. Amaba perderme en sus librerías y
descubrir nuevos caminos. Pasaba horas y horas en los mercadillos de segunda
mano y todos los días cogía el metro en King’s
Cross.
Vivía cerca de Camden
por lo que muchas tardes me paseaba por el barrio con el único propósito de
contemplar a sus extravagantes gentes. Me sentaba junto al Fleet con un té para llevar y pasaba las horas escuchando a músicos ambulantes y retazos de
conversaciones.
Fui sólo hasta Highgate
y me paseé por su cementerio durante horas, imaginando historias de fantasmas y
de vampiros.
Acudí en dos ocasiones al teatro al aire libre de Regent’s Park para ver la misma obra.
Durante el primer acto el cielo era color rojo atardecer pero al comenzar el siguiente
ya era de noche. En la segunda ocasión llovió y conocí a Judy Dench.
También fui solo a un concierto en la otra punta de la
ciudad. Y al museo del cine. Todos los días después de clase bajaba hasta Covent Garden y me paseaba por la tienda
de teatros de papel de Benjamin Pollock.
Durante esas tres semanas escuché de principio a fin los audiolibros de la
heptalogía de Harry Potter narrada por Stephen Fry y volví a enamorarme de la
historia del niño mago.
Irme fue más difícil esta vez, pues había sido tan feliz en
aquellas tres semanas como no lo había sido durante los últimos seis meses de
mi Erasmus. Me prometí que volvería mientras me alejaba en tren de aquella
metrópolis de los sueños.
Regresé poco antes de que se cumpliese el año junto a la
persona más magnífica que he conocido, aunque por aquel entonces todavía éramos
poco más que desconocidos.
Nos quedamos en la habitación de un hostal con cama de
matrimonio. La recepcionista nos miró extrañada al darnos las llaves, como si
dudase de que eso estuviese permitido. La habitación tenía la ducha a los pies
de la cama, un ventanal enorme que daba a un parque y un par de arañas bajo las
almohadas. Pero allí nos amamos como nunca y la ciudad fue testigo de cómo
aquel amor que todavía no tenía nombre echaba raíces bien profundas.
Todas las mañanas comprábamos botellines de leche y
volvíamos a la habitación a desayunar sándwiches y galletas rellenas de
mermelada. Nos despertábamos temprano y yo le enseñaba la ciudad. Nos cogíamos
de la mano en los autobuses de dos pisos y nos dedicábamos sonrisas cuando el
otro no miraba. Pasamos horas caminando por la ciudad y cuando descubrimos la
TARDIS aparcada en Earl’s Court un
hombre mayor se acercó a nosotros y nos dijo con una extraña sonrisa que sabía
que nosotros sabíamos lo que era, luego se perdió entre la multitud. ¿Quién
sabe? Tal vez fuera el Doctor y no lo ignorábamos.
Nos pasamos todo un día en Camden comprando camisetas y
postales, libros de segunda mano y una preciosa réplica de ‘La noche
estrellada’ de Van Gogh. Luego cansados de caminar y descubrir nos sentamos
junto al río y comenzamos a comer frambuesas como lo hacen en las películas.
Yo aprovechaba todo momento que podía para sacar fotografías
con una cámara prestada y el resto para mirarlo a él ensimismado. En aquel
viaje nos reímos como locos y aprendimos a conocernos mejor. Y fue aquella
ciudad la que le dio nombre a los sentimientos que nos ardían por dentro como
brasas.

He vuelto a Londres en otras ocasiones, ahora ya nunca vuelvo
solo. Hemos paseado sobre la nieve de Hyde
Park y visto las maravillosas preparaciones de navidad de la ciudad. Me ha caído
una araña enorme sobre el hombro mientras desayunábamos en el parque y luego
nos hemos reído como tontos. Hemos estado recorriendo durante horas los
pasillos del museo de curiosidades de Ripley’s
y nos hemos atiborrado en los bufets de China
Town. Hemos jugado a inventarnos historias para los desconocidos que
paseaban por el Soho y hemos robado
tazas de un Starbucks. Hemos comprado comics y libros y bebido té y comido
tarta. Hemos acudido a exposiciones y a firmas de libros. Hemos ido a
conciertos de no parar de sentir la música y nos hemos mojado bajo la lluvia.
Hemos dormido en hostales con gente que no paraba de roncar y nos hemos hecho
fotos frente a las casas del Parlamento. Hemos ido a la estación de Victoria y
los estudios de Harry Potter y al puente de Londres. Nos hemos dormido
hablando, abrazados, muy juntos.
No puedo dejar de volver a Londres. No puedo dejar de volver
a su río y a sus historias y a sus autobuses de dos pisos. No puedo dejar de
volver a su arquitectura y a sus parques y a sus librerías. Me muero de
añoranza por el adoquinado de sus calles y el bullicio de una multitud cuyos
componentes, como en las películas, son solo figurantes. Me deshago en
melancolía por todo lo que allí he vivido y lo que me queda por vivir. Quiero
descubrir cada recodo de su laberinto de calles. Quiero que siga creciéndome
por dentro como musgo. Quiero volver, volver, volver por siempre.
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