Sólo hemos venido a por los malos
El acoso escolar es algo común en cualquier instituto. En
todos los centros hay matones y víctimas. Parece tratarse de un rito más del
paso de la adolescencia a la edad adulta. Nadie le da verdadera importancia:
son sólo bromas, cosas de niños… Los educadores prefieren no meterse en los
asuntos de los alumnos, que ellos resuelvan sus propios problemas. Los
compañeros de clase tienen dos opciones: reírse con los matones y caerles en
gracia o ignorarlos completamente para no convertirse en objetivos. Y es que al
fin y al cabo ¿por qué iba nadie a tener que hacer nada? ¿Qué importan un par de
burlas aquí y allá? ¿Qué más da alguna broma pesada de vez en cuando? Las
vejaciones y los insultos no le hacen daño a nadie, al contrario: reafirman el
carácter. ¿Agresiones físicas? Pues que se defienda… ¡Abrase visto!
The Dirties es una
película que habla del acoso y de las consecuencias que puede tener en alguien
que no sabe cómo defenderse. Cuenta la historia de Matt Johnson y Owen Williams,
dos adolescentes que están rodando una película para clase en la que sus alter
egos se dedican a acabar al más puro estilo Tarantino con los matones que les
hacen la vida imposible en el instituto. Cuanto más trabajan en ella, más en serio
empieza a tomárselo uno de ellos. Comienza a bromear sobre cómo deberían
pegarles un tiro a todos los gilipollas que los acosan por los pasillos. Explica
cómo sólo acabarían con los matones y cómo para dejar claras sus intenciones
llevarían camisetas en las que pudiese leerse: “Sólo hemos venido a por los
malos”. Bromea sobre cómo planearlo y sobre dónde conseguir las armas…
Hollywood ha hecho
muchas películas sobre tiroteos en institutos, especialmente desde Columbine, pero insiste una y otra vez
en retratar a los perpetradores como desequilibrados o como monstruos
desalmados. Todo el mundo evade la responsabilidad. Culpan al cine y a los
videojuegos sin darse cuenta de que son los propios actos violentos que se
llevan a cabo en los pasillos de sus institutos todos los días los verdaderos
causantes de estas reacciones violentas.
Matt Johnson —director, escritor, editor, actor y productor—
evita hacer cualquier juicio de valor sobre las decisiones del protagonista y
nos lo muestra en todo momento como una persona real: un muchacho extravagante
que quiere ser director, que tiene un amplio conocimiento de cine y al que le
gusta bromear. No es malo pero sí está hecho un lío y no sabe cómo reaccionar
ante las reiteradas humillaciones a las que lo someten sus acosadores. Pide
ayuda constantemente pero nadie lo toma en serio. Dado que bromea constantemente
nadie le cree cuando deja de hacerlo, da igual lo que diga o cómo lo intente.
La película está rodada de manera deliberadamente amateur,
alternando entre escenas de Matt y Owen trabajando en su película y metraje del
proyecto. El temblor de la cámara y las imágenes en ocasiones borrosas ayudan a
pintar un retrato sorprendentemente realista de un instituto normal y cualquiera
de las escenas de los dos amigos trabajando en su película podría haberse
sacado de un vídeo de YouTube, por lo que resultan doblemente cercanas a
identificables. Es por este realismo que las constantes humillaciones a las que
ambos son sometidos nos parecen más chocantes y duras.
En un punto del metraje, Matt recuerda la primera vez que se
rieron de él “solo por ser él mismo”, haciendo hincapié en uno de los aspectos
más devastadores del acoso escolar: la manera en que deshumaniza a sus
víctimas. El fin del acoso es tanto la muestra de poder como la subordinación
de la víctima, pero su efecto más dañino es tal vez la pérdida de la autoestima.
Cuando se sufren vejaciones sin motivo se alimenta la sensación de vergüenza y
aparece la creencia infundada de que se es culpable por lo que le está pasando
a uno. Durante toda la película podemos ver cómo esto afecta a Matt, que se
aleja cada vez más de la realidad y usa el proyecto y su alter ego como medio
para lidiar con el acoso. Cuando finalmente nos encontramos ante la terrible
conclusión, esta es mucho más chocante por lo cercanos que nos hemos sentido a
estos chicos y por cómo hemos sido testigos de los progresivos efectos negativos
que las acciones de sus compañeros de clase han tenido sobre ellos.
Tanto Matt como Owen están magníficos, especialmente el
primero. Prueba de su impecable interpretación es que a pesar de que el final
puede entreverse más o menos desde el primer momento, sigue poniendo la piel de
gallina cuando finalmente ocurre.
Cuando se suceden asesinatos en institutos, lo que más le
cuesta aceptar a la gente es que el perpetrador vivía entre ellos y que parecía
“normal”. A mucha gente le gusta pensar en los criminales como gente puramente
malvada, a la que es fácil identificar en una multitud. Sin embargo, la realidad—remarcada
por las perturbadoras últimas palabras de la película— es que en su mayoría son
gente normal. Son gente a la que las circunstancias le ha hecho tomar
decisiones equivocadas. La cruda realidad de esta declaración es precisamente
la razón por la que The Dirties es
una película poderosa.
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