sábado, 1 de febrero de 2014

La ciudad que me crece por dentro


Ya le había entregado mi corazón mucho antes de conocerla. Antes incluso de saber que uno podía perder su corazón irremediable e irrevocablemente a una ciudad. 
Cuando de muy joven me quedaba meditabundo embargado por una extraña melancolía, ignoraba que era acuciada por el anhelo secreto hacia aquella ciudad que había visto en las películas y leído en los libros. El deseo era como un sueño que se repite día tras día, una llamada ineludible, el canto de las sirenas.
Yo ya había estado en Kenshington Gardens, el Museo Británico, Kings Cross y la Catedral de San Pablo antes incluso de pisar suelo inglés por primera vez. Había estado en Covent Garden y en el Globe y en la Torre de Londres. Conocía la historia de Enrique VIII y sus seis esposas y sabía las calles en las que Jack el Destripador cometió sus terribles crímenes. Había sentido el frío de los adoquines de aquellos caminos que cruzan el Támesis y había oído al Big Ben dar la hora a las doce en punto.
Para mí Londres era un lugar tan fantasioso como Disneylandia. El anhelo hacia sus calles adoquinadas y su niebla misteriosa se habían implantado en mi más tierna infancia, cuando Mary Poppins, prácticamente perfecta en todo, acudía a ayudar a aquellos niños faltos de cariño. Volar junto a la niñera sobre aquel Londres pintado, subir por escaleras de humo y observar el sol poniéndose en el oeste o dar de comer a las palomas junto a la catedral eran la mejor aventura que había vivido en mi corta vida. Cuando al final aquellos niños idiotas se olvidaban de tan siquiera despedirse de ella a mí se me saltaban las lágrimas y rebobinaba la cinta una y otra vez, para desesperación de mi madre y mi abuela. Aquel VHS grabado de televisión plantó la semilla de la ciudad que me crece por dentro.
No había cumplido los dieciséis cuando respiré por primera vez el frío aire inglés. Olía a hierba y a humedad, a novela de época y a edificios del siglo XVII. Aquel primer viaje lo viví como un sueño; todo era nuevo y conocido a la vez, como cuando reconoces un rostro pero no sabes localizarlo en la maraña de recuerdos. Fue como hacer el esbozo de un cuadro sin llegar a dar una sola pincelada.


Cuando regresé ya había cumplido los diecinueve. Aquel verano pasé tres semanas en Londres, aislado del mundo. No me esforcé en hacer amistades. Pasaba tres horas diarias en clase y el resto del día vagando por la ciudad sin rumbo fijo, descubriendo callejuelas y atajos. Todos los días comía junto al Támesis, viendo pasar a los turistas.
A pesar de ser agosto el aire era fresco y olía a primavera —todo estaba verde. En ocasiones me sentaba en la hierba de algún parque y escribía cartas. Aquel verano pude comprobar cómo la ciudad crecía en mi interior como ninguna otra ciudad lo había hecho nunca. Amaba perderme en sus librerías y descubrir nuevos caminos. Pasaba horas y horas en los mercadillos de segunda mano y todos los días cogía el metro en King’s Cross.
Vivía cerca de Camden por lo que muchas tardes me paseaba por el barrio con el único propósito de contemplar a sus extravagantes gentes. Me sentaba junto al Fleet con un té para llevar y pasaba las horas escuchando a  músicos ambulantes y retazos de conversaciones.
Fui sólo hasta Highgate y me paseé por su cementerio durante horas, imaginando historias de fantasmas y de vampiros.
Acudí en dos ocasiones al teatro al aire libre de Regent’s Park para ver la misma obra. Durante el primer acto el cielo era color rojo atardecer pero al comenzar el siguiente ya era de noche. En la segunda ocasión llovió y conocí a Judy Dench.
También fui solo a un concierto en la otra punta de la ciudad. Y al museo del cine. Todos los días después de clase bajaba hasta Covent Garden y me paseaba por la tienda de teatros de papel de Benjamin Pollock. Durante esas tres semanas escuché de principio a fin los audiolibros de la heptalogía de Harry Potter narrada por Stephen Fry y volví a enamorarme de la historia del niño mago.
Irme fue más difícil esta vez, pues había sido tan feliz en aquellas tres semanas como no lo había sido durante los últimos seis meses de mi Erasmus. Me prometí que volvería mientras me alejaba en tren de aquella metrópolis de los sueños.
Regresé poco antes de que se cumpliese el año junto a la persona más magnífica que he conocido, aunque por aquel entonces todavía éramos poco más que desconocidos.
Nos quedamos en la habitación de un hostal con cama de matrimonio. La recepcionista nos miró extrañada al darnos las llaves, como si dudase de que eso estuviese permitido. La habitación tenía la ducha a los pies de la cama, un ventanal enorme que daba a un parque y un par de arañas bajo las almohadas. Pero allí nos amamos como nunca y la ciudad fue testigo de cómo aquel amor que todavía no tenía nombre echaba raíces bien profundas.
Todas las mañanas comprábamos botellines de leche y volvíamos a la habitación a desayunar sándwiches y galletas rellenas de mermelada. Nos despertábamos temprano y yo le enseñaba la ciudad. Nos cogíamos de la mano en los autobuses de dos pisos y nos dedicábamos sonrisas cuando el otro no miraba. Pasamos horas caminando por la ciudad y cuando descubrimos la TARDIS aparcada en Earl’s Court un hombre mayor se acercó a nosotros y nos dijo con una extraña sonrisa que sabía que nosotros sabíamos lo que era, luego se perdió entre la multitud. ¿Quién sabe? Tal vez fuera el Doctor y no lo ignorábamos.
Nos pasamos todo un día en Camden comprando camisetas y postales, libros de segunda mano y una preciosa réplica de ‘La noche estrellada’ de Van Gogh. Luego cansados de caminar y descubrir nos sentamos junto al río y comenzamos a comer frambuesas como lo hacen en las películas.
Yo aprovechaba todo momento que podía para sacar fotografías con una cámara prestada y el resto para mirarlo a él ensimismado. En aquel viaje nos reímos como locos y aprendimos a conocernos mejor. Y fue aquella ciudad la que le dio nombre a los sentimientos que nos ardían por dentro como brasas.


He vuelto a Londres en otras ocasiones, ahora ya nunca vuelvo solo. Hemos paseado sobre la nieve de Hyde Park y visto las maravillosas preparaciones de navidad de la ciudad. Me ha caído una araña enorme sobre el hombro mientras desayunábamos en el parque y luego nos hemos reído como tontos. Hemos estado recorriendo durante horas los pasillos del museo de curiosidades de Ripley’s y nos hemos atiborrado en los bufets de China Town. Hemos jugado a inventarnos historias para los desconocidos que paseaban por el Soho y hemos robado tazas de un Starbucks. Hemos comprado comics y libros y bebido té y comido tarta. Hemos acudido a exposiciones y a firmas de libros. Hemos ido a conciertos de no parar de sentir la música y nos hemos mojado bajo la lluvia. Hemos dormido en hostales con gente que no paraba de roncar y nos hemos hecho fotos frente a las casas del Parlamento. Hemos ido a la estación de Victoria y los estudios de Harry Potter y al puente de Londres. Nos hemos dormido hablando, abrazados, muy juntos.
No puedo dejar de volver a Londres. No puedo dejar de volver a su río y a sus historias y a sus autobuses de dos pisos. No puedo dejar de volver a su arquitectura y a sus parques y a sus librerías. Me muero de añoranza por el adoquinado de sus calles y el bullicio de una multitud cuyos componentes, como en las películas, son solo figurantes. Me deshago en melancolía por todo lo que allí he vivido y lo que me queda por vivir. Quiero descubrir cada recodo de su laberinto de calles. Quiero que siga creciéndome por dentro como musgo. Quiero volver, volver, volver por siempre.

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