{Craterellus} Última tarde de verano
El muchacho salió desnudo del riachuelo y se tumbó sobre el
centeno a secarse con los últimos rayos de sol, que aquel día de finales de
verano brillaban del color anaranjado de sus cabellos. Su ropa estaba esparcida
a su alrededor, allí donde había caído cuando se la había quitado para meterse
en el agua helada. Cerró los ojos y dejó que la brisa le acariciase la piel
húmeda y fría. Inspiró profundamente distinguiendo el lejano olor del humo de
una chimenea, el olor de su infancia y el que guardaba un lugar más especial en
su corazón. En la distancia, por encima del fantasmal sonido que hacía el
centeno agitado por el viento, podía oír las risas de los niños jugando en la
linde del bosque.
El muchacho paladeó con todos sus sentidos aquella tarde de
finales de aquel verano del diecisiete. Cuando estuvo seco se vistió con calma,
atesorando cada segundo como si fuese el último. Terminó atándose las botas y
colocándose la boina, sin molestarse en abrocharse la camisa. Contempló por
última vez los campos de cebada que se extinguían en el horizonte: los tejados
de las casas en la distancia y el bosque al otro lado del riachuelo; dónde
había aprendido a nadar, dónde había dado su primer beso. Después se encaminó
al pueblo, los pensamientos perdidos en el día siguiente, cuando partiría a una
guerra de la que no habría de volver.
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