sábado, 22 de febrero de 2014

{Craterellus} Cuando abandonamos la infancia


Era verano y los niños vivían una quimera en la que los días eran largos y la estación no parecía poder acabar nunca. Despertaban temprano, se lavaban con el agua helada del pozo y se perdían en el bosque desayunando por el camino una hogaza de pan y un pedazo de jamón tierno. Exploraban, recolectaban frutos silvestres y construían cabañas con troncos. Jugaban a ser piratas y bandidos y aventureros. Aquel verano encontraron un cuervo muerto y lo enterraron en un millón de flores, con las alas extendidas.
Solo eran dos: el muchacho, hijo del granjero, y la chica, primogénita del zapatero. Aún eran muy jóvenes cuando había empezado el verano pero para cuando llegó el otoño habían dejado de serlo. Habían madurado en sus inocentes besos, en sus dedos entrelazados y en la desnudez de sus cuerpos cuando se bañaban sin ropa en el riachuelo. Se podía ver en sus ojos, más profundos y oscuros, conocedores de secretos adultos. Aquellas tardes en las que se dormían bien juntos en su nido de ramas secas se grabaron por siempre en sus corazones en llamas.

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