{Craterellus} Cuando abandonamos la infancia
Era verano y los niños vivían una quimera
en la que los días eran largos y la estación no parecía poder acabar nunca.
Despertaban temprano, se lavaban con el agua helada del pozo y se perdían en el
bosque desayunando por el camino una hogaza de pan y un pedazo de jamón tierno.
Exploraban, recolectaban frutos silvestres y construían cabañas con troncos.
Jugaban a ser piratas y bandidos y aventureros. Aquel verano encontraron un
cuervo muerto y lo enterraron en un millón de flores, con las alas extendidas.
Solo eran dos: el muchacho, hijo del granjero, y la
chica, primogénita del zapatero. Aún eran muy jóvenes cuando había empezado el
verano pero para cuando llegó el otoño habían dejado de serlo. Habían madurado
en sus inocentes besos, en sus dedos entrelazados y en la desnudez de sus
cuerpos cuando se bañaban sin ropa en el riachuelo. Se podía ver en sus ojos, más
profundos y oscuros, conocedores de secretos adultos. Aquellas tardes en las
que se dormían bien juntos en su nido de ramas secas se grabaron por siempre en
sus corazones en llamas.
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