lunes, 3 de marzo de 2014

Habían conseguido salir del mundo


A fin de cuentas, daba igual la edad que tuviesen, el que fueran tan jóvenes, lo único que importaba era que las habíamos amado y que no nos habían oído cuando las llamábamos, que seguían sin oírnos ahora, llamándolas para que salgan de aquellas habitaciones donde se habían quedado solas para siempre, solas en su suicidio, más profundo que la muerte, y en las que ya nunca encontraremos las piezas que podrían servir para volver a unirlas.

Conocía la historia de Las Vírgenes Suicidas mucho antes de leer la novela de Jeffrey Eugenides. La película de Sofía Coppola siempre me ha parecido fascinante y ahora, habiendo leído el material original, estoy sorprendido ante lo fiel de la adaptación.
Esta es la historia de cinco hermanas, las chicas Lisbon: Cecilia, Lux, Mary, Bonnie y Therese. Eugenides comienza su novela con los sucesos que condujeron al suicidio de Cecilia y continúa narrando las vidas de las cuatro hermanas supervivientes desde el punto de vista de los chicos del barrio. Conforme avanza la historia el lector es testigo de cómo las cosas empiezan a deteriorarse, inquiriendo en lo más profundo de las relaciones de esta familia disfuncional. Uno casi desea poder realizar una intervención y salvar a los Lisbon de su auto-destrucción, liberar a las chicas de su madre sobreprotectora, abrazarlas y decirles que todo se va a solucionar, transmitirles que pertenecen a este mundo y poder enseñarles todo lo que jamás pudieron ver. Pero hay que conformarse con el frustrante entendimiento de que no se puede hacer nada sino continuar observando y presenciar su inevitable final.
El evocador estilo de Eugenides a caballo entre poesía y narrativa nos brinda numerosas escenas llenas de melancólica evocación: el baile del instituto, sexo en el tejado, llamadas telefónicas en las que no se habla una sola palabra, mensajes de una sola frase en el buzón, miradas perdidas, gestos vacíos… Es casi como respirar un perfume hecho de todos los olores de nuestra juventud: el aire caliente del verano, un perfume lejano, el césped recién cortado. Eugenides ha conseguido con su narración lo que muchos otros antes han fallado en conseguir: llegar al corazón de la nostalgia y convertir la vida (y muerte) de las hermanas Lisbon en una historia universal.
Esta novela es la carta de suicidio que las hermanas Lisbon jamás escribieron, es lo más cercano a un diario que el vecindario tuvo jamás. Es la única explicación y aun así, no es ninguna, de la misma manera que en la realidad un suicidio nunca tiene una verdadera explicación para los que quedan atrás.
El título no hace referencia al estado virginal de las hermanas, aunque esto no quede claro al principio. Pues a todos los efectos las hermanas Lisbon (incluida la promiscua Lux) eran vírgenes. Vivieron y murieron en un hogar abusivo, pasando sus días en habitaciones minúsculas en un mundo minúsculo mirando al exterior a través de ventanas sucias. Sabían que el mundo era mucho más grande y que nunca habrían de verlo. La palabra virgen hace referencia a su inocencia y a sus vidas malgastadas, no a sus hímenes. A lo largo del libro, el narrador hace referencias a vírgenes sacrificadas en altares, especialmente cuando muere la Cecilia, la primera, es descrita como una virgen condenada a ser sacrificada para el placer de un Dios desconocido.
Eugenides ha escrito un libro que es como un perfume: embriagador, evocador e irresistible. Una prosa poética que sugiere más que mostrar, es una historia de vidas cruzadas, personas que conviven en un mismo espacio sin llegar a intercambiar más que miradas. Manos que se extienden en la oscuridad sin llegar a alcanzarse. Todo el mundo observa la decadencia del hogar de los Lisbon, de su moralidad y de su día a día pero nadie ayuda, nadie rescata a las hermanas prisioneras en su propia casa. Los Lisbon a su vez en lugar de buscar ayuda se encierran en su hogar como una tortuga que se retrae en su caparazón y espera la muerte. El lector no es sino un mero observador, más que nunca; un miembro de aquel grupo de chicos obsesionados con las hermanas desde su juventud. Y lo único que podemos hacer es verlas a través de las palabras, dejarnos fascinar por su extrañeza mágica y resignarnos ante su inevitable sino.

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