sábado, 30 de agosto de 2014

No nos han enseñado nada los cuentos


Hemos encontrado casa. No hace falta que sigamos buscando puentes bajo los que montar castillos de cartones y estufas que son bidones en llamas. Ahora vivimos cerca de la estación. Desde el escritorio del dormitorio puedo ver un pequeño jardín y los balcones de otros edificios. Por las noches me gusta ver en cuales hay luz y en cuales no, me gusta imaginarme las vidas de quienes viven en las casas con luces encendidas. A veces también me invento historias para aquellos en los que no prende ninguna, me imagino a sus habitantes como una suerte de vampiros depresivos sentados en la oscuridad de sus cocinas, con un vaso de whiskey en una mano y el rostro iluminado por la llama de un cigarrillo que está a punto de quemar el filtro.
Hoy ha sido un día gris y lluvioso en Münster, un día demasiado frío para pertenecer a agosto. Hemos pasado delante de un cartel que anunciaba sesiones de cine de verano al aire libre y Jairo me ha dicho que los alemanes son unos mentirosos porque esto no es verano ni es nada y que alguien debería denunciarlos por publicidad engañosa.
Nos movemos por la ciudad como almas en pena, vagando sin rumbo. Huimos del frío y la humedad, a cafés bohemios donde se puede beber té y quitarse los zapatos para tumbarse en un sofá hasta las doce de la noche, hablando de tiranos y de lobos y de ser almas en pena.  Leemos libros prestados, comemos fideos chinos de cajas (“cómo en las películas” digo), pintamos bicicletas sin gritarnos demasiado y nos reímos un poco porque nada puede acabar con nuestro sentido del humor.
También me he comprado zapatos nuevos. A los viejos se les han caído las suelas de tanto caminar en círculos. 

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miércoles, 27 de agosto de 2014

Hoy hace 24 años que amaneció por primera vez


Nació con siete meses, pequeñito. Creció pequeñito también, no es de extrañar que las opiniones y las ideas de justicia no le quepan en el cuerpo. 
Tiene la sonrisa más mágica que haya conocido. Hasta la luna quedó hechizada por ella. Es el protagonista de un libro de cuentos y tiene un corazón en llamas. Todos los días planea su viaje a Oriente, como aquel rey mono pero a la inversa. Y yo solo puedo mirarlo y suspirar y perderme en sus silencios.

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viernes, 8 de agosto de 2014

{Craterellus} El hijo del pescador


Olía a sal y a aventuras y a besos. Tenía la piel pálida como la espuma de mar que acariciaba sus pies llamándolo a sus profundidades, invitándolo a ahogarse. El hijo del pescador, desnudo y hermoso, se tumbaba sobre la arena blanca, cerraba los ojos y soñaba con sirenas y princesas muertas, sobre tesoros hundidos y maravillosos peligros. Todos sus fantasmas se sentaban en la vieja barca encalada, esperando su regreso, horrorizados ante la idea de mojarse las intangibles enaguas o las botas. Al principio también les había escandalizado la desnudez del muchacho, fingiendo desmayos, espiando por entre los dedos. Los caballeros habían refunfuñado alguna palabra bajo sus bigotes fantasmales, indignados ante el flagrante descaro de las damas.
Mientras tanto, el hijo del pescador, envuelto en su desnudez, absorto en los besos abismales de la noche anterior, soñaba despierto, ignorando a todos sus fantasmas, todos los problemas sentados en su barca. Se sentía tan ligero que se creía desaparecer bajo la luz del sol de agosto, como había desaparecido bajo la luna llena. Se había desecho en sus abrazos, había muerto y vuelto a renacer en sus caricias, que como fósforos prendían fuego a su corazón. Y mientras tanto los fantasmas se convertían en pequeños charcos plateados sobre la madera mojada de la barca.

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