lunes, 27 de octubre de 2014

La generación del no-sé-qué-hacer-con-mi-vida


Siempre me ha parecido absurda la noción de lo que los expertos suelen llamar generación de tal o cual. Nunca he tenido la sensación de que mi visión del mundo fuera especialmente similar a la de otra gente de mi edad. Pero conforme van pasando los años y me voy haciendo mayor (¡Oh, Dios mío, ya casi cumplo 24!) cada vez soy más consciente de que realmente pertenezco a esa llamada generación Y. Que mis preocupaciones e inquietudes son compartidas por una gran mayoría de las personas nacidas entre 1980 y el año 2000, y que las cosas que me producen ansiedad y me quitan el sueño por las noches también lo hacen a otros muchos veinteañeros.
Se supone que la principal característica de la generación Y es que somos unos narcisistas. Y tiene que haber algo de cierto en eso, al fin y al cabo somos la generación de las selfies (me retuerce el estómago llamarlas autofotos), internet y todas sus redes sociales nos instan a llenarlas con los detalles más intrascendentes de nuestra vida diaria. Twitter sirve para decir que te vas a tomar un café, Instagram para subir una foto del café con filtros bonitos y Facebook para subir todavía más fotos y comentar el café. Creo que debido también a las redes sociales nuestra generación es también una de insatisfacción. Tenemos fácil acceso al día a día de muchos otros “amigos” cuyas vidas siempre parecen mejores, cuyos éxitos son siempre mayores y cuya felicidad siempre parece más sincera. Cuanto más tiempo pasamos observando las vidas de otras personas, más insatisfechos nos encontramos con la nuestra propia, sin darnos cuenta de que la gente solo comparte aquello que quiere que los demás vean.
Internet también es en parte responsable de que a menudo ya no sepamos como relacionarnos en persona. Muchos veinteañeros no sabemos interactuar, creamos momentos incómodos y luego nos angustiamos por lo que hemos dicho. Nos resulta más fácil comunicarnos a través de la red porque nos permite tiempo suficiente para pensar las respuestas y cambiar lo que vamos a decir veinte veces antes de pulsar Enter. Somos la generación de Peter Pan, alargando nuestra adolescencia, negándonos a crecer porque no sabemos cómo.



Me parece muy interesante por lo tanto cuando descubro productos creados por gente de mi edad y me encuentro identificado con las situaciones que presentan, con las formas de actuar de los personajes, con sus inquietudes. Lena Dunham ha sido descrita a menudo como la voz de nuestra generación y no estoy en desacuerdo completamente pero sí creo que hay que matizar. Lena Dunham sabe muy bien cómo representar los problemas de los veinteañeros de hoy en día, las malas decisiones, la falta de rumbo, el miedo al futuro, PERO lo hace desde una posición privilegiada. Escribe desde el punto de vista de una chica a la que nunca le ha faltado de nada, cuya única lucha es por crear algo que sea apreciado. Dunham no ha tenido nunca que preocuparse por limitaciones económicas de ningún tipo y aunque intenta incluir este tipo de conflicto en su serie no es capaz de llegar a plasmarlo de manera realista, tal vez por su falta de experiencia en ese campo. No sé si será un problema endémico de los jóvenes españoles (no creo que lo sea) pero siento que las ataduras económicas en los primeros años de nuestra vida como adultos son uno de nuestros principales focos de frustración. Y es algo que no tiene suficiente representación en los medios.
Josh Thomas, tampoco ha sabido plasmar este problema en su serie, pero sin embargo esta sigue estando mucho más enraizada en la realidad que me es conocida.
Josh Thomas es un comediante australiano de veintisiete años, creador y protagonista (a lo Dunham. ¿Habíamos hablado de narcisismo?) de la serie que mejor representa a la generación Y según mi humilde criterio: ‘Please Like Me’.
El protagonista de la serie es Josh, un lampiño e irónico melburniano, que pertenece a esa clase de homosexuales que es tan raro ver en televisión pero tan común en la vida diaria. Josh no sabe cómo ser gay, no sabe cómo estar en una relación y no sabe cómo llevar una vida de adulto responsable. Pero sin embargo es consciente de que no sabe todas esas cosas, por lo que las constantes humillaciones a las que se ve sometido hacen que quieras darle un abrazo en lugar de querer estrangularlo como pasa con la protagonista de la ficción de la HBO. Josh también es bastante narcisista en más de una ocasión, priorizando sus propios problemas a los de los demás, pero lo hace sin malicia y con tanto encanto es imposible pensar en él como una mala persona.
De primeras la serie puede causar una suerte de déjà vu en el espectador debido a que (como muchas otras) gira entorno a un grupo de amigos de veintitantos años y trata temas como el sexo y las relaciones. Pero no tarda en dejar claro que tiene una personalidad propia. Uno de sus grandes aciertos es el realismo de sus guiones exentos del drama exagerado de las series americanas. ‘Please Like Me’ tiene alguna que otra escena dramática pero los personajes las enfrentan con reacciones humanas en lugar de con sobreactuaciones de telenovela sudamericana. Los toques de humor son constantes y sin embargo los personajes a menudo no reaccionan a los chistes, como pasaría en la realidad. La comedia no es forzada, sino que fluye constantemente.
Se trata una serie que se resiste a ser definida: es dulce, irónica, triste, divertida e inteligente. No teme a entrar en temas más oscuros y hablar de asuntos como el suicidio y las enfermedades mentales a la vez que celebra los placeres de la comida y se plantea dudas existenciales como si los perros policía son adictos a las drogas.




‘Please Like Me’ es una serie ligera a pesar de que la noción de la muerte esté presente a menudo. Es una serie fácil de amar porque se salta toda esa angustia endémica de las series sobre la generación Y. Tal vez se deba a la falta de americanización, o tal vez a la enfatización de que nos encontramos ante una comedia que no está plagada de improbabilidades. En cualquier caso, la serie refleja a los veinteañeros bajo una nueva luz. Lo que a Josh le falta en seguridad en sí mismo lo suple con ingenio y a cambio el espectador le perdona toda su torpeza social y meteduras de pata.
Para mi Josh Thomas, sí es la voz de una generación (o de parte de ella). Una a la que no me importa pertenecer.


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domingo, 19 de octubre de 2014

Vuelve a ser otoño y espero


Vuelve a ser otoño y espero el momento en que pueda comenzar a cumplir mis sueños. Los árboles se han convertido en una paleta que va del verde oscuro al rojo sangre, pasando por una infinita variedad de amarillos y naranjas. Es domingo y brilla el sol a pesar de hacer frío. Hay una ardilla que vive en el árbol que crece frente a la ventana de mi dormitorio. A veces la veo bajar al jardín y escarbar con sus manitas de roedor, tal vez escondiendo algún tesoro que no tardará mucho en olvidar.
Ha terminado el verano un año más, y pronto el aire frío comenzará a perfumarse con el aroma de las castañas tostadas. Pronto los tocados de hojas de los árboles se convertirán en el manto que cubra sus raíces. Y mientras tanto espero, tranquilo, a que acabe este año terrible. Aguardo a tiempos mejores tratando de calmar mis ansias de crear con proyectos que sí puedo llevar a cabo porque me lo puedo permitir.
Estoy aprendiendo a tejer y ya he terminado el primer tercio de una bufanda color ocre que mi novio ha accedido a ponerse a pesar de las puntadas desiguales. Me gusta tejer sentado en el sofá con una manta sobre las piernas y viendo series de muertos vivientes con un alto número de víctimas.
Escribo, más regularmente y más de lo que lo había hecho en mucho tiempo. No puedo decir que esté realmente satisfecho con lo que voy vomitando sobre la página en blanco pero por algo hay que empezar.  
También estoy dibujando un cómic. Siempre me ha gustado dibujar y además son solo seis páginas. Me encanta embarcarme en pequeños proyectos que puedo ir terminando sin tener que dedicarles media vida. Estoy aprendiendo a usar Photoshop para los colores y estoy bastante satisfecho con el resultado final de las primeras páginas. La historia trata sobre la extraña relación entre una Banshee y la niña que encuentra su peine.
Esos son mis proyectos, los que me evitan el volverme loco y el hundirme en una terrible depresión. Y es que vuelve a ser otoño. Ha pasado otro año más. Gracias a Dios este año de mierda está llegando a su fin…
Nunca me ha gustado mucho esta estación, me recuerda a los atardeceres y los atardeceres me hacen un nudo en la garganta y me llenan de melancolía. Sin embargo, estoy aprendiendo a amarla y a apreciar todos los pequeños regalos que trae. Estoy aprendiendo a amar la forma en que la luz se refleja en las hojas secas, el olor de la leña ardiendo en chimeneas y esa extraña promesa de que pronto, muy pronto comenzará un año mejor.

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lunes, 13 de octubre de 2014

{Craterellus} Tarde de otoño en el jardín


Era la hora del té: un terrón de azúcar envenenado, una urraca muerta sobre el mantel bordado. El azucarillo no era para el pájaro; pobre urraca, las crías se le habían muerto de hambre en el nido. Alguien había envenenado el azucarillo con unas cuantas gotas de cianuro. Una, dos, tres. Todavía descansaba sobre la cuchara. La taza de té llena de bichos ahogados y hojas tras semanas a la intemperie. Hongos oscuros comenzaban a devorar la lana húmeda del mantel, deslizándose imperceptiblemente, saboreando las hebras.
La lluvia había convertido las hojas caídas en una pasta oscura que se apelmazaba bajo las botas de aquellos sentados a la mesa. Vestían fina ropa de verano sin importarles que el tiempo hubiese refrescado, pero claro, estaban muertos. La mirada nublada de la anciana estaba clavada en el azucarero, acusadora, pudiera ser que aquel terrón envenenado no hubiese sido el único.

Podéis encontrar más relatos bajo la etiqueta Craterellus o en la sección de Escribir.

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