domingo, 29 de junio de 2014

La edad del desencanto


En marzo escribí por última vez en el blog y ahí se ha quedado: aparcado, como todos los proyectos que he empezado y que se han quedado a la mitad. Pero me niego a que ocurra lo mismo con este espacio. Aunque me cueste sudor y lágrimas pienso resucitarlo. Y es que me cuesta obligarme a escribir cuando estoy seco de ideas y de ánimo. Los últimos tres meses han estado plagados de esos días grises en los que uno solo quiere acurrucarse en la cama y no pensar más, de esa sensación de pánico y agobio por las mañanas al descubrir que los problemas siguen ahí y que no se han evaporado durante la noche. Y la conclusión a la que he llegado es que no quiero ser un adulto. No quiero que el resto de mi vida tenga que quitarme el sueño pensar en impuestos, en seguros, en alquileres y cómo diablos voy a pagarlo todo con el trabajo de mierda que encuentre. Porque soy uno de esos jóvenes que han estudiado una carrera y han huido al extranjero buscando un futuro mejor, para encontrarse que no todo es tan rosa como lo pintan.
En Alemania es virtualmente imposible encontrar un trabajo a jornada completa, hay cientos de trabajos a tiempo parcial (que pagan cuatrocientos cincuenta máximo) pero no puedes buscarte dos salvo que quieras que la agencia tributaria te apuñale a impuestos. Estás obligado además a contratar un seguro médico por el que pagas un mínimo de ciento cincuenta euros mensuales. Y no es como si mis padres pudiesen pasarme dinero cada mes o en absoluto.
Después de diez meses viviendo en la nada he decidido mudarme a Münster, donde tengo amigos y donde me ha surgido una oportunidad de trabajo (a tiempo parcial, eso sí). Hace dos semanas hice la prueba y también eché una solicitud para alquilar un piso que había visitado y que entra dentro de mis posibilidades. Pero gracias a la lenta gestión de ambas empresas han pasado ya más de quince días y sigo sin saber si sí o si no. Cuando llamo me piden paciencia y mientras tanto vivo cada hora de cada día haciendo cálculos sobre cómo podría pagarlo todo, qué muebles me podría permitir comprar de primeras (porque en Alemania los pisos jamás de los jamases están amueblados cuando se alquilan), que trámites tendría que realizar para la mudanza y con qué rapidez podría estar allí. Todas las mañanas cuando me doy la vuelta en la cama y me da ese momento de lucidez entre el sueño y el despertar me veo asediado de todos los frentes que tengo abiertos y no puedo volver a conciliar el sueño.
Todavía no tengo claro cómo voy a pagar todo lo que tengo que pagar, no sé cuál es el siguiente paso en mi vida, cómo avanzar, cómo no quedarme estancado en un trabajar para sobrevivir y evitar que se me marchiten los sueños. No sé qué viene a continuación, pero cualquier cosa es preferible a esta inconsciencia gris y triste a la que me tiene sometido este país desde hace meses. Mientras tanto, sigo teniendo una cosa muy clara: no quiero ser adulto. No quiero ser adulto ya más.

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