No es algo común, pero de vez en cuando uno se topa con una
canción, un libro, una película o una serie y lo único que puede decir es “¡Joder!”.
Ese “joder” básicamente quiere decir “Guau, esta canción/libro/película/serie
le está hablando directamente a mi jodida alma” y sientes como todas las partículas
de tu cuerpo se separan un poco y puedes notar el espacio que han dejado; te
sientes un poco vacío por dentro y lleno a la vez. Es una sensación muy extraña
que no se siente a menudo pero cuando lo haces sabes que has encontrado algo
importante y que hay gente ahí fuera como tú, con tus mismas sensibilidades y búsqueda
creativa.
El otro día descubrí Over the Garden Wall y tras
únicamente haber visto la intro esa clase de “¡Joder!” escapó de mis labios.
Cuando acabé el segundo episodio solté otro “¡Joder!” y así.
Over the Garden Wall es una miniserie animada compuesta por
10 episodios de 11 minutos cuya trama gira entorno a dos hermanos que se
pierden en el bosque y buscan un camino de vuelta a casa. Wirt, el mayor, viste
un sombrero cónico y una capa, más reminiscente de la Selva Negra que de los
paisajes americanos que atraviesan; Greg tiene una tetera por sombrero y siempre
lleva en brazos a su rana.
Pronto se topan con un pájaro parlanchín, que es a la par
útil e impaciente. (“Los azulejos tenemos una esperanza de vida muy corta — literalmente me estáis matando a cada
momento que me veo obligada a pasar con vosotros.”) Juntos van de un lado a
otro, de lío en lío, en busca del camino que los lleve a casa. Durante su viaje
se encontrarán con una serie de extrañas criaturas que parecen sacadas de
postales de Halloween de principios del siglo pasado.
Y es que el mayor acierto de la serie es su ambientación. La
mezcla de paisajes tradicionales americanos (los campos de trigo, esos pueblos
coloniales con sus granjas y graneros), el bosque (encantador durante el
día y tenebroso durante la noche) y los inquietantes personajes que se van
encontrando (el leñador, el pueblo de calabazas) le dan una identidad propia a
la serie, que se ve afianzada por el magnífico uso que se le da a la música.
Las canciones (compuestas por el grupo Petrojvic Blasting
Company) no solo avanzan la trama si no que también ayudan a establecer la
ambientación al hacer uso de estilos como el folk y la
música de salón. De hecho la serie tiene un cierto je ne sais quoi que me han hecho sentir de nuevo como el niño que
era cuando películas como Regreso a Oz o la versión animada de Sleepy Hollow me maravillaban y
aterrorizaban a la vez. Sin dudarlo he de decir que su creador, Patrick McHale,
ha sabido navegar a la perfección la misma oscuridad que los hermanos Grimm.
McHale ha creado un mundo que desde el minuto cero ya resulta conocido, como si
fuese algo que vimos en nuestra infancia y luego olvidamos.