miércoles, 29 de enero de 2014

—Aquí todos estamos locos —repuso el gato.


“Qué terrible es el sino de los pobres locos, esos ‘renglones torcidos', esos yerros, esas faltas de ortografía del Creador.”

Hace años que mi amiga Elena y yo nos regalamos libros de vez en cuando. Vino a visitarme en diciembre y cuando la recogí de la estación llevaba en el bolso esta pequeña joya que es Los Renglones Torcidos de Dios; lo había terminado en las algo más de cuatro horas que duró su viaje. Me dijo que lo leyera y me lo dejó en casa al marcharse. Me contó que se lo habían regalado en una Feria del Libro a la que había asistido y que ella jamás habría pagado un céntimo por él, no porque pensara que el libro no lo mereciese sino por el grandísimo facha que era Torcuato Luca de Tena. Añadió además que no conocía a nadie más a quien pudiese recomendarle el libro… Y como hacía tiempo que le había echado el ojo, me propuse convertirlo en mi primera lectura del año.
La trama sigue a Alice Gould, una mujer de mediana edad, atractiva y extremadamente inteligente que ingresa en un sanatorio mental asegurando ser detective privado y encontrarse en el centro con el propósito de investigar un caso. La carta de su médico particular, sin embargo, indica otra cosa: Alice sufre una paranoia obsesiva y ha tratado de atentar contra la vida de su marido en tres ocasiones. Su ingenio y su actitud aparentemente normal confundirán a los médicos hasta el punto de no saber a ciencia cierta si la mujer ha sido ingresada injustamente o en realidad padece un grave y peligroso trastorno psicológico.
Luca de Tena ha creado en la persona de Alice Gould, ‘Alicia’ para sus compañeros internos, un personaje realmente interesante y atractivo. Una mujer culta y de intelecto afilado, siempre en busca de conocimiento, profundamente interesada en las distintas afecciones de los locos con los que convive. Es por tanto la perfecta protagonista para las intenciones del autor  ̶ que se internó voluntariamente en un sanatorio mental para recrear el ambiente de la manera más verosímil posible ̶  dado que gracias a su carácter inquisitivo hace posible una exposición divulgativa de los diferentes casos. Esto es especialmente interesante debido a que Luca de Tena ha basado la mayoría de las afecciones presentes en el libro en los casos reales de aquellos con los que convivió durante su internamiento. Entender el profundo conocimiento del autor sobre el funcionamiento de este tipo de establecimientos hace que cada página se lea con una fascinación inusual.
El pulso con el lector lleva hasta las últimas páginas dado que en ningún momento durante la narración queda claro si Alicia es realmente una demente peligrosa o una mujer sana retenida contra su voluntad. Un capítulo parece probar su salud mental y al siguiente volvemos a dudar de que tal vez sí esté loca al fin y al cabo. Y este es para mí uno de los temas ganadores del libro: la difuminada línea entre la locura y la salud mental. ¿Dónde se establece la separación? No siempre está claro. ¿Cuál es la frontera entre la excentricidad y la demencia?
El libro está escrito es un estilo realmente elegante, aunque, hay que admitirlo, algo arcaico, y se lee con soltura y adicción. Luca de Tena expresa algunas teorías realmente interesantes sobre el arte y sobre la psique y aunque también es cierto que alguna que otra vez deja ver sus tendencias políticas de manera poco elegante me ha parecido una lectura muy recomendable.
Hace poco hablé de nuevo con mi amiga y aproveché para decirle que el libro me había gustado mucho. Me contestó que me lo quedase pues y así pienso hacerlo.

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domingo, 26 de enero de 2014

El Hombre Tatuado


Desde que puedo recordar siempre me he desvivido por las historias. Me queman por dentro, me obsesiono. Soy y siempre seré el rey Schahriar, viviendo cada día queriendo saber qué pasa a continuación, queriendo más y más. Pero hay días en los que juego a ser Scheherezade, en los que juego con las palabras y busco las historias que me crecen en el corazón como Craterellus Cornucopioides: oscuras y retorcidas.
Sin embargo, escribir siempre me ha resultado difícil. Es fácil encontrar ideas y las imágenes están claras como el cristal, no me cuesta inventar escenas trepidantes pero las palabras tengo que exprimirlas con esfuerzo. Me cuesta encontrar el orden adecuado, la palabra exacta… Soy demasiado meticuloso y perfeccionista, lo que hace difícil terminar proyectos o avanzar al ritmo que desearía. Es por esto que llevo tiempo haciendo malabarismos con tres proyectos de novela.
El que se encuentra en su fase más primigenia es una historia aún sin título a la que me refiero como El Hombre Tatuado. Es una novela de fantasía, situada en un periodo similar al de 1915 en Rusia. Mi intención es introducir los elementos fantásticos de la manera más realista posible y sin recurrir a excesos. Por ejemplo: existen las brujas pero estas se parecen más a espiritistas del siglo XIX que a seres todopoderosos que pueden hacer que las cosas vuelen con solo mover el meñique. El Hombre Tatuado tendrá intrigas reales, guerra, represión militar, revoluciones, amor, barcos encallados en el hielo, fantasmas, ángeles caídos, muerte, árboles de los deseos y luciérnagas.
Mi protagonista es el hombre tatuado del título:

El hombre tatuado solía sentarse junto a las vías a ver pasar las locomotoras. Su lugar preferido era una roca blanca junto a la que se alzaba un cerezo, sobre un antiguo paso a nivel. La hierba crecía verde por el montículo que se elevaba desde la calle y las casas que nacían al pie. En primavera las flores blancas del cerezo se desprendían cuando una de aquellas feroces máquinas de acero pasaba silbando con un estruendo, bailando al viento, enredándose su cabello rubio. Le gustaba sentarse allí cuando se acercaba el verano y las tardes eran frescas sin ser frías y el cielo se pintaba de color azul, negro y rojo al anochecer. Sobre todo cuando algunas nubes rezagadas se teñían de rosa y naranja y violeta. Le gustaba respirar hondo y sentir el aire fresco en los pulmones, el olor de las flores recientes. Mientras esperaba la llegada de algún tranvía, con la mirada perdida, podía escuchar el traqueteo de la ciudad a su alrededor. Como un fantasma lejano, un eco: El sonido de las jarras al chocar y las risas, coches hundiendo sus ruedas en la tierra, el relinchar de los caballos. Una extraña melancolía lo embargaba cuando oía aquel murmullo de la ciudad, tan cerca, tan solo unos metros más allá de su cerezo sobre el puente.
Allí arriba se le perdía la mirada y nadie hubiese podido averiguar sus pensamientos. Y cuando finalmente una ráfaga de viento azuzada por un ensordecedor tranvía le azotaba el rostro y le alborotaba el cabello sonreía, conocedor de algún secreto oculto.
Esperaba hasta que el cielo se apagaba lentamente, esperaba hasta que la primera estrella aparecía en el firmamento y los tranvías que pasaban parecían linternas de San Mateo, con todas sus luces encendidas. Entonces se levantaba y descendía por el montículo de tierra, entre la frondosa vegetación hasta la calle adoquinada. Sus pasos se perdían en el bullicio de la ciudad, el cuero de sus botas resonando contra la piedra y el polvo.
En la primavera del dieciséis era fácil encontrarlo allí arriba. Todos los días pasaba tres o cuatro horas esperando a los trenes, tal vez esperando ver un rostro conocido en alguna de sus ventanas. Se sentaba sobre la roca plana y se recostaba contra el cerezo. Los niños a veces se acercaban y le hacían preguntas. Todos habían oído hablar de él. El hombre tatuado siempre era amable pero serio y sólo se permitía sonreír cuando los niños ya se habían marchado.
 ̶ ¿Eres tu Kostya Sin Corazón?
 ̶ Así es.
 ̶ ¿Y es verdad que no tienes?
 ̶ ¿Qué?
 ̶ Corazón.
 ̶ Así es.
Y les enseñaba la cicatriz que tenía en el lado izquierdo del pecho:
̶ Por aquí me lo arranqué.
Entonces los niños salían corriendo entre gritos y risas, llenos de delicioso horror, enajenados de juventud.
Otras veces jugaba con el anillo. El anillo no era importante para nadie salvo para él. No era valioso y aunque no era feo tampoco era especial. Era de acero o de una aleación de cobre y plata pero estaba tan sucio que lo mismo podría haber estado hecho de estaño. En el borde exterior había grabados dos esqueletos en miniatura que entre los huesos dejaban ver el interior hueco del anillo. Aquel era el secreto de la joya, un mechón de pelo rojo como las llamas, en el compartimento oculto. Era un anillo de luto, como los que se usaban antiguamente para recordar a los muertos. Una joya de terrible valor sentimental que el hombre tatuado guardaba como su más preciada posesión. Un mechón de aquel cabello que le había hecho perder la razón. En el interior del anillo una frase grabada con meticulosa caligrafía: “Ésta es la despedida eterna” y dos iniciales “L. E.”.
El anillo siempre descansaba en el dedo anular de  la mano derecha del hombre tatuado, como una alianza. Solo se lo quitaba cuando pensaba, entonces lo hacía girar entre sus dedos y jugaba con él. Parecía evocar la manera en que acariciaba los rizos color atardecer de ella cuando aún vivía. Los dibujos de tinta azulada parecían bailar al compás de los movimientos de sus dedos. En el reverso de su mano derecha el dibujo de un ojo lloraba lágrimas de tinta y sobre este, en caligrafía sencilla, podía leerse: “La eternidad”. Eran manos fuertes, los dedos tatuados eran finos y sus uñas rosadas. Bailaban con el anillo y el anillo con ellos. La joya desaparecía en la palma y volvía a aparecer tras el pulgar girando entre las falanges, explorando la anatomía de sus manos. Los esqueletos del anillo parecían danzar sobre aquellas estrellas de tinta, sobre palabras.
A veces colocaba el anillo en la palma de su mano y sentía todo el peso de la joya sobre su piel. En aquellas ocasiones sus ojos se volvían vidriosos y oscuros pensamientos le nublaban la razón. Entonces se colocaba rápidamente el anillo y no se lo volvía a quitar en días. Aquel anillo de luto era cuanto le quedaba de la emperatriz. Le quedaba el anillo y el recuerdo y cuando él muriese nadie más recordaría su nombre, ni su risa, ni el olor de la vainilla en sus rizos color incendio. Cuando él muriese también ella moriría por siempre.

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miércoles, 22 de enero de 2014

La melancolía de un SO


 Hace mucho tiempo tuve una conversación sobre el amor con una buena amiga. Era pleno diciembre y caminábamos por las calles nevadas de un pequeño pueblo al sur de Alemania, hablando del amor… Recuerdo que en un momento de la conversación dije que existían muchas formas de amor y muchas más maneras de amar. Insistía en que cada individuo ama de manera diferente. En que no todo el mundo valora las mismas cosas, ni necesita lo mismo. Todo el mundo (de una manera o de otra) va en busca del amor pero no todos deseamos ni recibimos el mismo. Aquel día no conseguí convencerla, tal vez el camino hasta casa fuera demasiado corto, pero tiempo después me escribió  una carta diciendo que en otras conversaciones, en otras compañías había aprendido a ver que tenía razón cuando decía que cada corazón aprende a amar de distinta manera.
Ayer viendo Her de Spike Jonze volví a encontrarme caminando sobre aquellos adoquines de piedra congelados teniendo aquella misma conversación. Y es que Her es más que nada una conversación entre la pantalla y el espectador. Un diálogo en el que la película expone y el espectador es quien debe sacar las conclusiones a sus propias preguntas.
La película viene acompañada de una gozada de banda sonora compuesta por Arcade Fire, con una colaboración de la siempre fantástica Karen O. En ella nos encontramos con un Joaquin Phoenix en estado de gracia (muy merecida esa nominación a los Oscar) y una Scarlett Johansson que sin aparecer un solo segundo en pantalla roba cada escena en la que participa. Sus momentos de pura comedia, su visión de un futuro cercano más que probable y un ejemplar guión hacen de Her una película muy disfrutable.
Spike Jonze nos presenta una relación improbable pero completamente creíble.  En un futuro no muy lejano dibuja la historia de amor entre un hombre y una máquina. Theodore es un solitario escritor que decide comprar un nuevo Sistema Operativo cuyo principal atractivo es su innovadora inteligencia artificial, capaz de aprender y evolucionar. De este modo Theodore conoce a Samantha, la voz femenina de su nuevo SO. Samantha habla y actúa como lo haría una mujer de verdad, suspira, titubea, ríe y ‘siente’. Pronto Theodore no puede evitar enamorarse de ella y da algo de miedo comprobar lo real que se siente y lo cercano que parece ese amor mutuo. Nos hace ver el mundo de manera diferente y empezar a plantearnos preguntas: ¿Cómo de real es Samantha? ¿Cómo de reales sus sentimientos? ¿Es sano tener una relación con una inteligencia artificial?
Jonze se dedica a mostrar pero no hace juicios de valor en ningún momento y es el espectador quien debe sentarse a pensar en las connotaciones lógicas y éticas del asunto.
La película es una oda a la melancolía, pues Samantha no tiene cuerpo. No tiene manos para acariciar, ni labios para besar. Samantha puede realizar 8,316 procesos en el mismo segundo pero no puede sentir el sol sobre su piel ni es capaz de llorar lágrimas. Y ella lo sabe y le pesa no tener un cuerpo, no poder sentir todas esas cosas. Rompe el corazón ver cómo busca maneras de vivir su amor a través de otros. Es descorazonador sí, pero también lógico en cierta medida y hasta comprensible. Y es que al fin y al cabo es una máquina, ¿es ético juzgar sus decisiones?
También Theodore se ahoga en la melancolía; está pasando por un divorcio y es el colmo de la ironía que su trabajo consista en escribir cartas de amor para los demás cuando en su vida personal no sabe cómo expresar el que siente. Es un hombre muy solitario y algo patético. No es capaz de enfrentar su divorcio, a pesar de no vivir con su esposa desde hace más de un año, y todavía está profundamente enamorado de ella, aunque no fue capaz de expresar ese amor mientras estaban juntos.
Her es un recordatorio de que a veces las relaciones se rompen. Jonze nos habla del enamoramiento, de los buenos momentos y de las risas pero también, y eso hace que lo anterior sea mucho más doloroso, de las discusiones y de los problemas. Her es una oda a la melancolía y después de verla yo tampoco sé bien qué sentir.


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martes, 21 de enero de 2014

Stephen King me enseñó lo que es el miedo


Cuando somos niños experimentamos el miedo de manera diferente a la que lo hacemos cuando ya somos adultos. Los terrores acechando en la oscuridad son mucho más terribles y el instinto que despierta en nosotros mucho más primigenio. Recuerdo perfectamente la primera vez en que pude ver mis miedos infantiles de monstruos debajo de la cama y susurros en la oscuridad personificados en una sola criatura. No tendría yo más de tres o cuatro años y el terror se llamaba Pennywise. Bastó con ver la escena inicial para comprender que aquello era un monstruo como los que (yo imaginaba) había en la vida real. Y cómo no, lo que aquella criatura acechaba eran niños. Niños como yo, jugando a las puertas de su casa. No me costaba verme a mí mismo en el pequeño Georgie Denbrough, haciendo navegar su frágil barco de papel… Claro que no entendía como Georgie era tan estúpido de no darse cuenta de que los payasos no vivían en las alcantarillas, “¡Huye, Georgie!” pensé, pero él no huía. Georgie hablaba con el payaso y confiaba en él y yo sabía que lo inevitable iba a pasar. El pequeño George Denbrough alargaba la mano para recuperar el barco de papel que le ofrecía la despreciable criatura y ¡Oh, horror de horrores! Entonces, una vez que el payaso ya había devorado al pobre inocente de Georgie es cuando mi madre decidió que aquella película no era apta para niños y que estaría mejor en la cama. Así que me fui a dormir, a regañadientes por supuesto, pero ya era demasiado tarde, había visto la cara del monstruo y no podría olvidarla por muchos terrores que viniesen después. Y de este modo es como Stephen King me enseñó lo que es el miedo.
Desde que tengo memoria (puede que desde mi primer encuentro con Pennywise) el nombre de Stephen King ha sido parte de mi imaginario particular. Era un nombre que reconocía, mi madre tenía decenas de novelas del señor King por toda la casa, su nombre aparecía en muchas de las caratulas de las cintas de video de la sección de terror del videoclub al que íbamos todos los viernes y no era raro ver algún que otro tráiler en televisión anunciando la nueva película “de la mente del maestro del terror, Stephen King”. Por aquel entonces era más bien un concepto abstracto, como los Reyes Magos o el ratoncito Pérez. Yo sabía que Michael Jackson era el rey del pop y que el rey del terror era Stephen King, punto.
A los once años intenté por primera vez leer algo suyo (gracias a Dios mis padres nunca han intentado controlar lo que leía). Decidí empezar por El Resplandor y la verdad es que conseguí leerme por lo menos dos cuartas partes del libro. Recuerdo la angustia que me transmitía el Overlook, leer aquel libro era como entrar físicamente en aquel podrido hotel. Pero no pude terminarlo, a menudo era demasiado descriptivo, usaba muchas palabras que no conocía y me costaba avanzar la trama, así que lo aparqué. La siguiente vez que probé con una de sus historias, creo que tendría unos quince o dieciséis años, fue la vez que el señor King me capturó para siempre. El libro era El misterio de Salem’s Lot.
A menudo se habla de King como un autor de segunda categoría, incluso él mismo se ha llegado a tildar de ser “el equivalente literario de un Big Mac con patatas fritas”, sin embargo yo creo que esto dista mucho de la verdad. El señor King escribe con una prosa elegante y detallada sin llegar a ser rebuscada, hace uso de un vocabulario amplio y el cuidado al detalle que tiene a la hora de describir es envidiable. Tampoco es exclusivamente un autor de terror, aunque hayan tratado de vendérnoslo como tal. A King le preocupan temas muy diversos y lo hace patente en sus historias. No hace mucho leí un artículo titulado Yo sé quién no ganará el Nobel. El autor del artículo postula que King sería digno merecedor del premio Nobel de literatura pero que jamás ganará debido al prejuicio de la alta cultura contra la popular. No podría estar más de acuerdo.
He leído mucho a King y aun así no he leído ni la mitad de sus obras. Tengo una lista en casa en la que voy haciendo crucecitas rojas al lado de los títulos que voy leyendo y creo que ya tendré unos veinte, título más título menos. 2013 fue el año de King para mí, leí más libros suyos que de ningún otro autor, de los clásicos y de los nuevos, algunos son verdaderas obras de arte y otros no tanto. Todavía tengo pendientes algunas de sus novelas más famosas (Misery, Cujo, Christine) pero sin embargo, si tengo mis favoritas y si tuviese que recomendar solo cinco escogería estas:


1. IT (Eso)


“El terror, que no terminaría por otros veintiocho años -si es que terminó alguna vez-, comenzó, hasta donde sé o puedo contar, con un barco de papel que flotaba a lo largo de la alcantarilla de una calle anegada de lluvia.”

Así comienza la historia de Bill Denbrough y sus amigos, el Club de los Perdedores, contra la monstruosa criatura que despierta cada 27 años en Derry, Maine.
IT suele estar encasillada en el género de terror y es verdad, da miedo, da mucho miedo, pero también es una novela que trata muchos otros temas y además con una sensibilidad excepcional. Y es que IT es también una novela que habla de la amistad, de la adolescencia y del pasaje hacia la madurez, de la eterna batalla entre el bien y el mal, de los traumas de la infancia y del poder de la memoria. Y sí, también habla del terror. Al fin y al cabo Eso es una criatura que se sirve del terror para nutrirse y puede adoptar la forma de aquello que más miedo inspire a su víctima, ya sea un niño muerto, un hombre lobo o un payaso…
La historia transcurre en dos periodos diferentes: 1958 en el que vemos a Bill y sus amigos de niños enfrentándose al payaso por primera vez y 1985 en el que de adultos vuelven a Derry para acabar lo que empezaron 27 años atrás.
La novela tiene sus defectos: hay pasajes demasiado largos (en especial los Interludios) y el final es bastante flojo teniendo en cuenta el resto de la narración pero está tan lleno de  muertes despiadadas, sucesos perturbadores, amor adolescente, monstruos y globos de colores que para mí seguirá siendo la mejor de sus historias.


2. El Resplandor


“Este lugar inhumano crea monstruos humanos.”

Olvidad a Kubrick por un momento. Es verdad, la película está rodada de manera exquisita y tiene escenas y frases que ya forman parte de la historia del cine, pero la novela y la película son entidades completamente distintas.
 La historia arranca cuando Jack Torrance, alcohólico en rehabilitación, se muda junto a su familia al prestigioso Hotel Overlook para hacerse cargo del puesto de vigilante durante la temporada de invierno en la que el hotel permanece cerrado y completamente aislado del mundo. Durante ese tiempo Jack pretende terminar de escribir su obra y arreglar las cosas con su familia, pero el Overlook tiene otros planes. El hotel, que se alimenta de los males cometidos entre sus muros, quiere al hijo de Jack y para ello se sirve de la desequilibrada mente de éste.
El Resplandor es completamente diferente a IT, es terror también, sí, pero en este caso es un terror psicológico. Si en la anterior novela el terror se materializaba físicamente aquí es algo que ves por el rabillo del ojo, algo que no está ahí realmente, algo que está en el pasado. Aquí  el terror lo encontramos en el pobre estado de salud mental de Jack, en el aislamiento, en ese terrible lugar que es el Hotel Overlook.
Lo releí el verano pasado y me produjo las mismas sensaciones que la vez anterior. Una sensación de angustia y de opresión. Leyendo El Resplandor sientes que tú tampoco puedes escapar del Overlook.


3. El misterio de Salem’s Lot


“El pueblo sabía de oscuridades. (…) El pueblo tiene sus secretos y los sabe guardar. (…) Al pueblo no le importa la obra del diablo más de lo que le importa la obra de Dios, ni la del hombre. Sabía de oscuridades. Y con la oscuridad le bastaba.”

Fue la segunda novela publicada de King después de Carrie y la primera que leí entera (y he releído un par de veces desde entonces).
Trata sobre un escritor llamado Ben Mears que vuelve al pueblo donde creció para exorcizar los fantasmas de su infancia. Jerusalem's Lot es un pueblo tranquilo donde nunca pasaba nada, excepto la vieja tragedia en casa de los Marsten. Pero no el único forastero que ha llegado al pueblo: un par de hombres misteriosos acaban de mudarse a la encantada casa Marsten. Entonces, encuentran un perro muerto colgado de la verja del cementerio, empiezan a desaparecer niños y una espantosa presencia comienza a hacerse notable entre ellos.
Es de lejos la mejor novela de vampiros que he leído. Con un ritmo pausado pero continuo. Un estilo fluido y elegante. Personajes interesantes y bien caracterizados. King vuelve a tratar temas mucho más profundos que el mero terror: habla de lo que es la vida en un pueblo pequeño, donde todo es tranquilo y aburrido en apariencia pero donde todo el mundo oculta todo tipo de mentiras, corrupción, prejuicios, abusos infantiles y asesinatos. El misterio de Salem’s Lot es un retrato de los secretos que tiene la gente normal, de cómo los pueblos son casi como organismos vivos y de lo terrorífico que esto puede llegar a ser.


4. La Cúpula


“A dos mil pies de altura, donde Claudette Sanders disfrutaba de su clase de vuelo, la pequeña localidad de Chester's Mill relucía bajo la luz de la mañana como algo recién hecho y servido. (…)
-¡Joder, hace un día espléndido! -exclamó Claudie.
Chuck Thompson, su instructor, se rió.
Solo les quedaban cuarenta minutos de vida.”

Leí las más de mil cien páginas de La Cúpula en menos de cinco días. La mejor de las últimas novelas de King que he leído. Una montaña rusa de emociones y cliffhangers. Capítulos cortos y dinámicos y como en el caso de El misterio de Salem’s Lot nos encontramos una historia coral contada desde el punto de vista de numerosos personajes. Y es que La Cúpula, al igual que la anterior novela, es la historia de un pueblo pequeño y de cómo las rencillas y diferencias que ocurren entre sus habitantes pueden convertirse en algo más cuando no hay autoridad que las regule.
La historia comienza cuando de la nada cae sobre la ciudad una barrera invisible como una burbuja inquebrantable. Al descender ha cortado todo lo que había en su camino. Nadie sabe de dónde ha salido ni porqué. A medida que la comida, la electricidad y el agua escasean, los niños comienzan a tener premoniciones escalofriantes.
Si he de ser sincero confesaré que la primera vez que oí la sinopsis de La Cúpula no pude sino pensar (como muchos otros) en la película de Los Simpsons, cosa que hizo que tardase en acercarme a este libro, pero no podía estar más equivocado. La novela es puro suspense, con personajes muy bien dibujados e interesantes. King hace un perfecto cóctel  parte ciencia ficción y parte experimento sociológico al estilo de La Ola. Una novela magnífica y muy, muy disfrutable. También es una de las obras de King más accesibles que he leído.

Por cierto os aconsejo que os alejéis de la serie de televisión: han masacrado la historia del libro de la peor de las maneras cambiando completamente personajes (desde su personalidad hasta su esencia misma), eliminando a alguno y mezclando otros distintos. Personajes que mueren en las primeras cincuenta páginas del libro y con peso para la trama siguen vivas en la serie y las motivaciones de los personajes a menudo no tienen sentido. 

5. Duma Key


“Wireman decía que Dios siempre nos castiga por lo que no podemos imaginar”

Duma Key es la última novela de King que leí antes de embarcarme en la titánica Apocalipsis (de la que ya he conseguido leer unas 1100 páginas). Los elementos de terror son ocasionales, así como lo es el principal misterio de la novela. Y es que en realidad Duma Key trata sobre la lucha de un hombre por recuperar su vida.
Edgar Freemantle pierde el brazo en un terrible accidente que también le retuerce la mente y la memoria para dejarlo lleno de rabia, y solo rabia. Su matrimonio; que le dio dos hijas maravillosas, se ha roto y Edgar quisiera no haber sobrevivido a las graves heridas que le ha producido el accidente. Para rehabilitarse alquila una casa en Duma Key, en una zona de playa salvaje en la costa de Florida.
La novela tiene claros tintes autobiográficos dado que King sufrió un grave accidente en 1999 y tuvo que someterse a dolorosas sesiones de rehabilitación. Llegó incluso a volverse adicto a las pastillas para el dolor y pudo experimentar de primera mano lo duro que es todo un proceso como ese tanto para la víctima cómo para sus familiares.
A pesar de tener un ritmo bastante pausado y sin grandes sobresaltos durante la mayor parte de la novela, fue un soplo de aire fresco. En Duma Key King nos habla de arte y de lo que es estar roto. Además sólo él podría conseguir que una casa de playa pintada de rosa pueda dar verdadero miedo.

BONUS. La Torre Oscura


“El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él.”

Sin más explicaciones comienza esta epopeya épica, la obra magna de King, su heptalogía de La Torre Oscura. En ella acompañamos a Roland Deschain, el último de los pistoleros de Gilead, en su travesía a través de Mundo Medio para llegar a la Torre Oscura, centro de todos los universos conocidos, para salvar su mundo dado que este “se ha movido”. En su viaje encontrará gente “de otros mundos” como Jake, un niño de doce años, Eddie, un muchacho adicto a las drogas y Susannah, una joven que sufre de doble personalidad. Pero hay otros que buscan la Torre para destruirla, y con ella todos los universos conocidos.
La Torre Oscura abarca un universo muy extenso con una mitología muy rica y vasta repartida en siete tomos (más la historia complementaria que King publicó hace poco, El viento a través de la cerradura).
Aunque al principio pueda resultar algo confuso (confieso que el primer tomo no me cautivó), la historia merece la pena. El segundo volumen es una obra de arte y me metió de lleno en Mundo Medio. King describe todo con tanto amor al detalle y con una prosa tan limpia que es un placer viajar con Roland y su Ka-Tet. Tiene algunas de las frases más memorables del King más inspirado y por si fuera poco tiene gran conexión con la mayoría del resto de sus obras. Pequeños guiños que un fan siempre aprecia y otros datos que cambian por completo la visión que tienes de otras de sus obras, entre ellas Apocalipsis y El misterio de Salem’s Lot. Y es que Stephen es un genio de la autoreferencia, un placer para sus lectores habituales. Todas sus obras están íntimamente relacionadas, creando un universo muy particular y haciendo de cada novela una experiencia más rica y disfrutable. Historias que hace tiempo parecían inconclusas se cierran finalmente después de años o aprendemos nuevos datos sobre personajes que ya casi habíamos olvidado.

Aconsejo que si el primer volumen os cuesta terminarlo, sigáis intentándolo como podáis y empecéis el segundo. Merece la pena, sino “Iros pues, hay otros mundos aparte de este”.

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domingo, 19 de enero de 2014

Todo el mundo odia a los hipsters


Hace poco mi novio y yo fuimos a cenar a casa de unos amigos y como siempre que quedamos nos pusimos a hablar de música y de libros y de cosas que nos gustan mientras preparábamos la comida. Mi amiga es muy fan de las cámaras lomográficas, le encanta Herman Hesse, adora el impresionismo y escucha música alternativa poco conocida. También le gustan las gafas de pasta, defiende los labios rojos y no es raro verla de vez en cuando con una camisa de cuadros. Uno de sus locales favoritos es una cafetería donde ninguno de los camareros se libra de llevar pantalones de pitillo, gafas de pasta negra o tener una exuberante y bien cuidada barba.
Mientras cenábamos seguimos hablando de nuestras cosas, riéndonos y gastando bromas. No recuerdo exactamente el contenido de la conversación, pero el caso es que finalmente entre un trago de vino y un bocado de huevo relleno solté un inocente y bienintencionado: “Es bastante hipster en realidad”. En ese momento y como a cámara lenta mi amiga y su novio intercambiaron una significativa mirada y luego ella muy seria me dijo que no dijese eso, que “’hipster’ no es bueno”. Y la verdad es que me quedé a cuadros. Primero, porque no entendía como el concepto de hipster en sí podía entrañar algo malo. Segundo, porque yo me considero un poco hipster (me gusta lo vintage, los tocadiscos, la música instrumental que no conoce ni su madre y las películas en versión original). Y tercero, porque quien me lo había dicho era alguien que ciertamente reunía todas las características que yo consideraba hacían de alguien un hipster. Para entendernos: es cómo si le dijeran a Steve Harris de Iron Maiden que algo tiene un estilo muy Heavy y contestase, mientras afina su bajo para ponerse a cantar ‘The Number Of The Beast’, que no diga eso porque que algo sea Heavy no es bueno…
Tras el suceso me puse a investigar en internet por qué lo hipster es malo y qué es exactamente hipster dado que tal vez hubiera pasado algo por alto y no perteneciese a esta odiada tribu urbana. Y lo que encontré es bastante confuso porque aunque hay estudios sociológicos sobre el tema y más de un libro tratando lo que es el hipsterismo lo cierto es que no he podido dar con una sola descripción precisa sobre lo que hace hipster al hipster. Más grave aún: no hay un motivo claro por el que lo hipster es malo y debe ser odiado, parece ser que simplemente es la nueva moda. Cuando hace un año o dos era guay ser hipster ahora lo que es guay es odiar todo lo hipster (aunque tú mismo lo seas).
Para empezar tratemos de hacer una descripción de lo que hace al hipster. Veamos, los hipsters son en su mayoría jóvenes adultos, que cuentan con una buena educación y  pertenecen a una clase media-alta, con opiniones políticas izquierdistas o liberales. La escena hipster se asocia con la música alternativa, el cine independiente y demás parafernalia no representativa de la mayoría de la sociedad (lo mainstream). Esta es la definición más precisa que se puede hacer de hipster pues ir más allá es entrar en terreno poco definible. Las gafas de pasta son hipster, las camisas de cuadros, los tupés, los bigotes, las barbas, todos los estilos de ropa desde el XIX hasta los noventa ya son hipster por definición pues son vintage y todo lo vintage es hipster. Los vinilos son hipster y los tirantes y las pajaritas y los frascos de conserva. Ahora mismo a comienzos del año 2014 todo lo que no pertenece a otras tribus urbanas es hipster pues lo mainstream es lo hipster y lo hipster es lo mainstream. Por ejemplo, he oído decir que son hipster las zapatillas Vans, los productos Apple y Lana del Rey, también tener un blog en Tumblr e incluso moverse en bicicleta (!!!).
Pero ¿por qué todo el mundo odia a los hipsters? Hay gente que a la hora de defender su repulsión por los hipsters no alude a la moda que siguen ni a sus gustos si no a su supuesto esnobismo y elitismo. Un hipster ya conocía ese grupo que acabas de descubrir y que tanto te gusta mucho antes de que sacara su primer disco y ya se ha cansado de escucharlo. Un hipster te mirará con desprecio si te habla del último libro de ese autor tan ecléctico y se te ocurre decir que no lo conoces. En definitiva son odiosos por el desprecio que muestran por todos aquellos que no conocen y disfrutan lo mismo que ellos. Pero esto no es una característica exclusiva e inherente de los hipsters. Conozco hombres con traje y corbata que te mirarán como a una cucaracha si no conoces a ese reportero tan famoso que escribe en la sección de economía del periódico todos los domingos y canis que pensarán que eres escoria si no has oído el nuevo reggaetón de Daddy Yankee. El sentirse superior a otros por la cantidad de conocimiento que posees en ciertos campos no es una característica que pueda atribuirse a una tribu urbana sino más bien a la especie humana. Puede que un adolescente con el pelo pintado de azul y un lampiño bigotillo te desprecie si dices que a ti sí te gustó el final de Perdidos pero eso no quiere decir que el joven veinteañero con tirantes y camisa de lino que trabaja en el Starbucks de la esquina no esté más que dispuesto a pasarte su lista de reproducción de Spotify con lo último en música alternativa si le dices que no conoces el grupo que está sonando mientras te sirve tu Frappuccino de caramelo.
Como he dicho al principio mi amiga es para mí la descripción de lo que es hipster y sin embargo, jamás la he visto hacer gala ni de esnobismo ni de elitismo. Disfruta enseñándote lo que le gusta y si no sabes bien de qué te está hablando corre presta a enseñártelo sin arrugar la nariz ni soltar algún sarcasmo despectivo.
Leí en un artículo que debido al amor a etiquetar de la gente cualquiera puede ser hipster hoy en día si viste, hace o le gusta una sola cosa distinta a la masa. De manera que cualquiera puede ser catalogado de hipster y eso es lo que hace que el termino esté tan difuminado: Una adolescente pija que se pone unas gafas de pasta fosforitas sin cristal para una fiesta ya es catalogada de hipster. ¿Te gusta Lana del Rey? ¡HIPSTER! ¿Has sacado alguna foto con Instagram? ¡HIPSTER! ¿Escribes cartas a mano? ¡HIPSTER! ¿Llevas gafas y te atreves a llevar bufanda en invierno? ¡HIPSTER! ¿Adorabas aquella serie que nadie conocía y ahora que todo el mundo está hablando de ella a todas horas te has desencantado? ¡HIPSTER MÁS QUE HIPSTER! Da igual si lo que en realidad eres sea otaku, geek, friki, skater, pijo, emo o gótico. Hoy en día todo el mundo puede ser hipster. Y como ser hipster es irónicamente lo mainstream y todo el mundo quiere ser especial hay que odiar lo mainstream. Así que todo el mundo odia a los hipsters y de este modo la paradoja vuelve a equilibrar el mundo.
En conclusión, todo el mundo odia a los hipsters pero nadie sabe por qué.



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sábado, 18 de enero de 2014

¿Quién?


Soy Alejandro Mathé, tengo 23 años y soy Licenciado en Traducción e Interpretación.

Nací el último día de calor del otoño del 90.

No sé escribir, pero lo intento con toda mi alma. 

Compro más libros de los que puedo permitirme.

Amo el cine y cuando algo me fascina rompo la cuarta pared.

Actualmente dedico mi tiempo a enterrarme vivo a cada decisión equivocada que tomo. Sobrevivo.

No tolero a la gente que no tiene sentido del humor (o lo tiene muy limitado). Odio  la gente tocando a puertas, la que finge que es algo que no es y la que habla sin conocimiento de causa. La hipocondría y la hipocresía me ponen muy nervioso. Los atardeceres me ponen melancólico.

Adoro cocinar, hacer manualidades, soñar despierto, ir en bicicleta, viajar y reírme.

También podéis encontrarme en el ventriculo derecho.

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