El Hombre Tatuado
Desde que puedo recordar siempre me he desvivido
por las historias. Me queman por dentro, me obsesiono. Soy y siempre seré el
rey Schahriar, viviendo cada día queriendo saber qué pasa a continuación,
queriendo más y más. Pero hay días en los que juego a ser Scheherezade, en los
que juego con las palabras y busco las historias que me crecen en el corazón como
Craterellus Cornucopioides: oscuras y retorcidas.
Sin embargo, escribir siempre me ha resultado difícil.
Es fácil encontrar ideas y las imágenes están claras como el cristal, no me
cuesta inventar escenas trepidantes pero las palabras tengo que exprimirlas con
esfuerzo. Me cuesta encontrar el orden adecuado, la palabra exacta… Soy
demasiado meticuloso y perfeccionista, lo que hace difícil terminar proyectos o
avanzar al ritmo que desearía. Es por esto que llevo tiempo haciendo
malabarismos con tres proyectos de novela.
El que se encuentra en su fase más primigenia es una
historia aún sin título a la que me refiero como El Hombre Tatuado. Es una
novela de fantasía, situada en un periodo similar al de 1915 en Rusia. Mi
intención es introducir los elementos fantásticos de la manera más
realista posible y sin recurrir a excesos. Por ejemplo: existen las brujas pero
estas se parecen más a espiritistas del siglo XIX que a seres todopoderosos que
pueden hacer que las cosas vuelen con solo mover el meñique. El Hombre Tatuado
tendrá intrigas reales, guerra, represión militar, revoluciones, amor, barcos
encallados en el hielo, fantasmas, ángeles caídos, muerte, árboles de los
deseos y luciérnagas.
Mi protagonista es el hombre tatuado del título:
El hombre tatuado solía sentarse junto a las vías
a ver pasar las locomotoras. Su lugar preferido era una roca blanca junto a la
que se alzaba un cerezo, sobre un antiguo paso a nivel. La hierba crecía verde
por el montículo que se elevaba desde la calle y las casas que nacían al pie.
En primavera las flores blancas del cerezo se desprendían cuando una de
aquellas feroces máquinas de acero pasaba silbando con un estruendo, bailando
al viento, enredándose su cabello rubio. Le gustaba sentarse allí cuando se acercaba
el verano y las tardes eran frescas sin ser frías y el cielo se pintaba de
color azul, negro y rojo al anochecer. Sobre todo cuando algunas nubes
rezagadas se teñían de rosa y naranja y violeta. Le gustaba respirar hondo y
sentir el aire fresco en los pulmones, el olor de las flores recientes.
Mientras esperaba la llegada de algún tranvía, con la mirada perdida, podía
escuchar el traqueteo de la ciudad a su alrededor. Como un fantasma lejano, un
eco: El sonido de las jarras al chocar y las risas, coches hundiendo sus ruedas
en la tierra, el relinchar de los caballos. Una extraña melancolía lo embargaba
cuando oía aquel murmullo de la ciudad, tan cerca, tan solo unos metros más
allá de su cerezo sobre el puente.
Allí arriba se le perdía la mirada y nadie hubiese
podido averiguar sus pensamientos. Y cuando finalmente una ráfaga de viento
azuzada por un ensordecedor tranvía le azotaba el rostro y le alborotaba el
cabello sonreía, conocedor de algún secreto oculto.
Esperaba hasta que el cielo se apagaba lentamente,
esperaba hasta que la primera estrella aparecía en el firmamento y los tranvías
que pasaban parecían linternas de San Mateo, con todas sus luces encendidas.
Entonces se levantaba y descendía por el montículo de tierra, entre la frondosa
vegetación hasta la calle adoquinada. Sus pasos se perdían en el bullicio de la
ciudad, el cuero de sus botas resonando contra la piedra y el polvo.
En la primavera del dieciséis era fácil
encontrarlo allí arriba. Todos los días pasaba tres o cuatro horas esperando a
los trenes, tal vez esperando ver un rostro conocido en alguna de sus ventanas.
Se sentaba sobre la roca plana y se recostaba contra el cerezo. Los niños a
veces se acercaban y le hacían preguntas. Todos habían oído hablar de él. El
hombre tatuado siempre era amable pero serio y sólo se permitía sonreír cuando
los niños ya se habían marchado.
̶ ¿Eres tu
Kostya Sin Corazón?
̶ Así es.
̶ ¿Y es
verdad que no tienes?
̶ ¿Qué?
̶ Corazón.
̶ Así es.
Y les enseñaba la cicatriz que tenía en el lado
izquierdo del pecho:
̶ Por aquí me lo arranqué.
Entonces los niños salían corriendo entre gritos y
risas, llenos de delicioso horror, enajenados de juventud.
Otras veces jugaba con el anillo. El anillo no era importante para nadie salvo para él. No era valioso y aunque no era feo tampoco era especial. Era de acero o de una aleación de cobre y plata pero estaba tan sucio que lo mismo podría haber estado hecho de estaño. En el borde exterior había grabados dos esqueletos en miniatura que entre los huesos dejaban ver el interior hueco del anillo. Aquel era el secreto de la joya, un mechón de pelo rojo como las llamas, en el compartimento oculto. Era un anillo de luto, como los que se usaban antiguamente para recordar a los muertos. Una joya de terrible valor sentimental que el hombre tatuado guardaba como su más preciada posesión. Un mechón de aquel cabello que le había hecho perder la razón. En el interior del anillo una frase grabada con meticulosa caligrafía: “Ésta es la despedida eterna” y dos iniciales “L. E.”.
El anillo siempre descansaba en el dedo anular de la mano derecha del hombre tatuado, como una alianza. Solo se lo quitaba cuando pensaba, entonces lo hacía girar entre sus dedos y jugaba con él. Parecía evocar la manera en que acariciaba los rizos color atardecer de ella cuando aún vivía. Los dibujos de tinta azulada parecían bailar al compás de los movimientos de sus dedos. En el reverso de su mano derecha el dibujo de un ojo lloraba lágrimas de tinta y sobre este, en caligrafía sencilla, podía leerse: “La eternidad”. Eran manos fuertes, los dedos tatuados eran finos y sus uñas rosadas. Bailaban con el anillo y el anillo con ellos. La joya desaparecía en la palma y volvía a aparecer tras el pulgar girando entre las falanges, explorando la anatomía de sus manos. Los esqueletos del anillo parecían danzar sobre aquellas estrellas de tinta, sobre palabras.
A veces colocaba el anillo en la palma de su mano y sentía todo el peso de la joya sobre su piel. En aquellas ocasiones sus ojos se volvían vidriosos y oscuros pensamientos le nublaban la razón. Entonces se colocaba rápidamente el anillo y no se lo volvía a quitar en días. Aquel anillo de luto era cuanto le quedaba de la emperatriz. Le quedaba el anillo y el recuerdo y cuando él muriese nadie más recordaría su nombre, ni su risa, ni el olor de la vainilla en sus rizos color incendio. Cuando él muriese también ella moriría por siempre.

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