domingo, 26 de enero de 2014

El Hombre Tatuado


Desde que puedo recordar siempre me he desvivido por las historias. Me queman por dentro, me obsesiono. Soy y siempre seré el rey Schahriar, viviendo cada día queriendo saber qué pasa a continuación, queriendo más y más. Pero hay días en los que juego a ser Scheherezade, en los que juego con las palabras y busco las historias que me crecen en el corazón como Craterellus Cornucopioides: oscuras y retorcidas.
Sin embargo, escribir siempre me ha resultado difícil. Es fácil encontrar ideas y las imágenes están claras como el cristal, no me cuesta inventar escenas trepidantes pero las palabras tengo que exprimirlas con esfuerzo. Me cuesta encontrar el orden adecuado, la palabra exacta… Soy demasiado meticuloso y perfeccionista, lo que hace difícil terminar proyectos o avanzar al ritmo que desearía. Es por esto que llevo tiempo haciendo malabarismos con tres proyectos de novela.
El que se encuentra en su fase más primigenia es una historia aún sin título a la que me refiero como El Hombre Tatuado. Es una novela de fantasía, situada en un periodo similar al de 1915 en Rusia. Mi intención es introducir los elementos fantásticos de la manera más realista posible y sin recurrir a excesos. Por ejemplo: existen las brujas pero estas se parecen más a espiritistas del siglo XIX que a seres todopoderosos que pueden hacer que las cosas vuelen con solo mover el meñique. El Hombre Tatuado tendrá intrigas reales, guerra, represión militar, revoluciones, amor, barcos encallados en el hielo, fantasmas, ángeles caídos, muerte, árboles de los deseos y luciérnagas.
Mi protagonista es el hombre tatuado del título:

El hombre tatuado solía sentarse junto a las vías a ver pasar las locomotoras. Su lugar preferido era una roca blanca junto a la que se alzaba un cerezo, sobre un antiguo paso a nivel. La hierba crecía verde por el montículo que se elevaba desde la calle y las casas que nacían al pie. En primavera las flores blancas del cerezo se desprendían cuando una de aquellas feroces máquinas de acero pasaba silbando con un estruendo, bailando al viento, enredándose su cabello rubio. Le gustaba sentarse allí cuando se acercaba el verano y las tardes eran frescas sin ser frías y el cielo se pintaba de color azul, negro y rojo al anochecer. Sobre todo cuando algunas nubes rezagadas se teñían de rosa y naranja y violeta. Le gustaba respirar hondo y sentir el aire fresco en los pulmones, el olor de las flores recientes. Mientras esperaba la llegada de algún tranvía, con la mirada perdida, podía escuchar el traqueteo de la ciudad a su alrededor. Como un fantasma lejano, un eco: El sonido de las jarras al chocar y las risas, coches hundiendo sus ruedas en la tierra, el relinchar de los caballos. Una extraña melancolía lo embargaba cuando oía aquel murmullo de la ciudad, tan cerca, tan solo unos metros más allá de su cerezo sobre el puente.
Allí arriba se le perdía la mirada y nadie hubiese podido averiguar sus pensamientos. Y cuando finalmente una ráfaga de viento azuzada por un ensordecedor tranvía le azotaba el rostro y le alborotaba el cabello sonreía, conocedor de algún secreto oculto.
Esperaba hasta que el cielo se apagaba lentamente, esperaba hasta que la primera estrella aparecía en el firmamento y los tranvías que pasaban parecían linternas de San Mateo, con todas sus luces encendidas. Entonces se levantaba y descendía por el montículo de tierra, entre la frondosa vegetación hasta la calle adoquinada. Sus pasos se perdían en el bullicio de la ciudad, el cuero de sus botas resonando contra la piedra y el polvo.
En la primavera del dieciséis era fácil encontrarlo allí arriba. Todos los días pasaba tres o cuatro horas esperando a los trenes, tal vez esperando ver un rostro conocido en alguna de sus ventanas. Se sentaba sobre la roca plana y se recostaba contra el cerezo. Los niños a veces se acercaban y le hacían preguntas. Todos habían oído hablar de él. El hombre tatuado siempre era amable pero serio y sólo se permitía sonreír cuando los niños ya se habían marchado.
 ̶ ¿Eres tu Kostya Sin Corazón?
 ̶ Así es.
 ̶ ¿Y es verdad que no tienes?
 ̶ ¿Qué?
 ̶ Corazón.
 ̶ Así es.
Y les enseñaba la cicatriz que tenía en el lado izquierdo del pecho:
̶ Por aquí me lo arranqué.
Entonces los niños salían corriendo entre gritos y risas, llenos de delicioso horror, enajenados de juventud.
Otras veces jugaba con el anillo. El anillo no era importante para nadie salvo para él. No era valioso y aunque no era feo tampoco era especial. Era de acero o de una aleación de cobre y plata pero estaba tan sucio que lo mismo podría haber estado hecho de estaño. En el borde exterior había grabados dos esqueletos en miniatura que entre los huesos dejaban ver el interior hueco del anillo. Aquel era el secreto de la joya, un mechón de pelo rojo como las llamas, en el compartimento oculto. Era un anillo de luto, como los que se usaban antiguamente para recordar a los muertos. Una joya de terrible valor sentimental que el hombre tatuado guardaba como su más preciada posesión. Un mechón de aquel cabello que le había hecho perder la razón. En el interior del anillo una frase grabada con meticulosa caligrafía: “Ésta es la despedida eterna” y dos iniciales “L. E.”.
El anillo siempre descansaba en el dedo anular de  la mano derecha del hombre tatuado, como una alianza. Solo se lo quitaba cuando pensaba, entonces lo hacía girar entre sus dedos y jugaba con él. Parecía evocar la manera en que acariciaba los rizos color atardecer de ella cuando aún vivía. Los dibujos de tinta azulada parecían bailar al compás de los movimientos de sus dedos. En el reverso de su mano derecha el dibujo de un ojo lloraba lágrimas de tinta y sobre este, en caligrafía sencilla, podía leerse: “La eternidad”. Eran manos fuertes, los dedos tatuados eran finos y sus uñas rosadas. Bailaban con el anillo y el anillo con ellos. La joya desaparecía en la palma y volvía a aparecer tras el pulgar girando entre las falanges, explorando la anatomía de sus manos. Los esqueletos del anillo parecían danzar sobre aquellas estrellas de tinta, sobre palabras.
A veces colocaba el anillo en la palma de su mano y sentía todo el peso de la joya sobre su piel. En aquellas ocasiones sus ojos se volvían vidriosos y oscuros pensamientos le nublaban la razón. Entonces se colocaba rápidamente el anillo y no se lo volvía a quitar en días. Aquel anillo de luto era cuanto le quedaba de la emperatriz. Le quedaba el anillo y el recuerdo y cuando él muriese nadie más recordaría su nombre, ni su risa, ni el olor de la vainilla en sus rizos color incendio. Cuando él muriese también ella moriría por siempre.

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