miércoles, 22 de enero de 2014

La melancolía de un SO


 Hace mucho tiempo tuve una conversación sobre el amor con una buena amiga. Era pleno diciembre y caminábamos por las calles nevadas de un pequeño pueblo al sur de Alemania, hablando del amor… Recuerdo que en un momento de la conversación dije que existían muchas formas de amor y muchas más maneras de amar. Insistía en que cada individuo ama de manera diferente. En que no todo el mundo valora las mismas cosas, ni necesita lo mismo. Todo el mundo (de una manera o de otra) va en busca del amor pero no todos deseamos ni recibimos el mismo. Aquel día no conseguí convencerla, tal vez el camino hasta casa fuera demasiado corto, pero tiempo después me escribió  una carta diciendo que en otras conversaciones, en otras compañías había aprendido a ver que tenía razón cuando decía que cada corazón aprende a amar de distinta manera.
Ayer viendo Her de Spike Jonze volví a encontrarme caminando sobre aquellos adoquines de piedra congelados teniendo aquella misma conversación. Y es que Her es más que nada una conversación entre la pantalla y el espectador. Un diálogo en el que la película expone y el espectador es quien debe sacar las conclusiones a sus propias preguntas.
La película viene acompañada de una gozada de banda sonora compuesta por Arcade Fire, con una colaboración de la siempre fantástica Karen O. En ella nos encontramos con un Joaquin Phoenix en estado de gracia (muy merecida esa nominación a los Oscar) y una Scarlett Johansson que sin aparecer un solo segundo en pantalla roba cada escena en la que participa. Sus momentos de pura comedia, su visión de un futuro cercano más que probable y un ejemplar guión hacen de Her una película muy disfrutable.
Spike Jonze nos presenta una relación improbable pero completamente creíble.  En un futuro no muy lejano dibuja la historia de amor entre un hombre y una máquina. Theodore es un solitario escritor que decide comprar un nuevo Sistema Operativo cuyo principal atractivo es su innovadora inteligencia artificial, capaz de aprender y evolucionar. De este modo Theodore conoce a Samantha, la voz femenina de su nuevo SO. Samantha habla y actúa como lo haría una mujer de verdad, suspira, titubea, ríe y ‘siente’. Pronto Theodore no puede evitar enamorarse de ella y da algo de miedo comprobar lo real que se siente y lo cercano que parece ese amor mutuo. Nos hace ver el mundo de manera diferente y empezar a plantearnos preguntas: ¿Cómo de real es Samantha? ¿Cómo de reales sus sentimientos? ¿Es sano tener una relación con una inteligencia artificial?
Jonze se dedica a mostrar pero no hace juicios de valor en ningún momento y es el espectador quien debe sentarse a pensar en las connotaciones lógicas y éticas del asunto.
La película es una oda a la melancolía, pues Samantha no tiene cuerpo. No tiene manos para acariciar, ni labios para besar. Samantha puede realizar 8,316 procesos en el mismo segundo pero no puede sentir el sol sobre su piel ni es capaz de llorar lágrimas. Y ella lo sabe y le pesa no tener un cuerpo, no poder sentir todas esas cosas. Rompe el corazón ver cómo busca maneras de vivir su amor a través de otros. Es descorazonador sí, pero también lógico en cierta medida y hasta comprensible. Y es que al fin y al cabo es una máquina, ¿es ético juzgar sus decisiones?
También Theodore se ahoga en la melancolía; está pasando por un divorcio y es el colmo de la ironía que su trabajo consista en escribir cartas de amor para los demás cuando en su vida personal no sabe cómo expresar el que siente. Es un hombre muy solitario y algo patético. No es capaz de enfrentar su divorcio, a pesar de no vivir con su esposa desde hace más de un año, y todavía está profundamente enamorado de ella, aunque no fue capaz de expresar ese amor mientras estaban juntos.
Her es un recordatorio de que a veces las relaciones se rompen. Jonze nos habla del enamoramiento, de los buenos momentos y de las risas pero también, y eso hace que lo anterior sea mucho más doloroso, de las discusiones y de los problemas. Her es una oda a la melancolía y después de verla yo tampoco sé bien qué sentir.


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