La generación del no-sé-qué-hacer-con-mi-vida
Siempre me ha parecido absurda la noción de lo que los
expertos suelen llamar generación de tal o cual. Nunca he tenido la sensación
de que mi visión del mundo fuera especialmente similar a la de otra gente de mi
edad. Pero conforme van pasando los años y me voy haciendo mayor (¡Oh, Dios
mío, ya casi cumplo 24!) cada vez soy más consciente de que realmente
pertenezco a esa llamada generación Y. Que mis preocupaciones e inquietudes son
compartidas por una gran mayoría de las personas nacidas entre 1980 y el año
2000, y que las cosas que me producen ansiedad y me quitan el sueño por las
noches también lo hacen a otros muchos veinteañeros.
Se supone que la principal característica de la generación Y
es que somos unos narcisistas. Y tiene que haber algo de cierto en eso, al fin
y al cabo somos la generación de las selfies
(me retuerce el estómago llamarlas autofotos),
internet y todas sus redes sociales nos instan a llenarlas con los detalles más
intrascendentes de nuestra vida diaria. Twitter sirve para decir que te vas a
tomar un café, Instagram para subir una foto del café con filtros bonitos y
Facebook para subir todavía más fotos y comentar el café. Creo que debido
también a las redes sociales nuestra generación es también una de
insatisfacción. Tenemos fácil acceso al día a día de muchos otros “amigos”
cuyas vidas siempre parecen mejores, cuyos éxitos son siempre mayores y cuya
felicidad siempre parece más sincera. Cuanto más tiempo pasamos observando las
vidas de otras personas, más insatisfechos nos encontramos con la nuestra
propia, sin darnos cuenta de que la gente solo comparte aquello que quiere que
los demás vean.
Internet también es en parte responsable de que a menudo ya
no sepamos como relacionarnos en persona. Muchos veinteañeros no sabemos
interactuar, creamos momentos incómodos y luego nos angustiamos por lo que
hemos dicho. Nos resulta más fácil comunicarnos a través de la red porque nos
permite tiempo suficiente para pensar las respuestas y cambiar lo que vamos a
decir veinte veces antes de pulsar Enter.
Somos la generación de Peter Pan, alargando nuestra adolescencia, negándonos a
crecer porque no sabemos cómo.
Me parece muy interesante por lo tanto cuando descubro
productos creados por gente de mi edad y me encuentro identificado con las
situaciones que presentan, con las formas de actuar de los personajes, con sus
inquietudes. Lena Dunham ha sido descrita a menudo como la voz de nuestra
generación y no estoy en desacuerdo completamente pero sí creo que hay que
matizar. Lena Dunham sabe muy bien cómo representar los problemas de los
veinteañeros de hoy en día, las malas decisiones, la falta de rumbo, el miedo
al futuro, PERO lo hace desde una posición privilegiada. Escribe desde el punto
de vista de una chica a la que nunca le ha faltado de nada, cuya única lucha es
por crear algo que sea apreciado. Dunham no ha tenido nunca que preocuparse por
limitaciones económicas de ningún tipo y aunque intenta incluir este tipo de conflicto
en su serie no es capaz de llegar a plasmarlo de manera realista, tal vez por
su falta de experiencia en ese campo. No sé si será un problema endémico de los
jóvenes españoles (no creo que lo sea) pero siento que las ataduras económicas
en los primeros años de nuestra vida como adultos son uno de nuestros
principales focos de frustración. Y es algo que no tiene suficiente
representación en los medios.
Josh Thomas, tampoco ha sabido plasmar este problema en su
serie, pero sin embargo esta sigue estando mucho más enraizada en la realidad
que me es conocida.
Josh Thomas es un comediante australiano de veintisiete
años, creador y protagonista (a lo Dunham. ¿Habíamos hablado de narcisismo?) de
la serie que mejor representa a la generación Y según mi humilde criterio:
‘Please Like Me’.
El protagonista de la serie es Josh, un lampiño e irónico
melburniano, que pertenece a esa clase de homosexuales que es tan raro ver en
televisión pero tan común en la vida diaria. Josh no sabe cómo ser gay, no sabe
cómo estar en una relación y no sabe cómo llevar una vida de adulto
responsable. Pero sin embargo es consciente de que no sabe todas esas cosas,
por lo que las constantes humillaciones a las que se ve sometido hacen que
quieras darle un abrazo en lugar de querer estrangularlo como pasa con la
protagonista de la ficción de la HBO. Josh también es bastante narcisista en
más de una ocasión, priorizando sus propios problemas a los de los demás, pero
lo hace sin malicia y con tanto encanto es imposible pensar en él como una mala
persona.
De primeras la serie puede causar una suerte de déjà vu en el espectador debido a que (como
muchas otras) gira entorno a un grupo de amigos de veintitantos años y trata
temas como el sexo y las relaciones. Pero no tarda en dejar claro que tiene una
personalidad propia. Uno de sus grandes aciertos es el realismo de sus guiones
exentos del drama exagerado de las series americanas. ‘Please Like Me’ tiene
alguna que otra escena dramática pero los personajes las enfrentan con
reacciones humanas en lugar de con sobreactuaciones de telenovela sudamericana.
Los toques de humor son constantes y sin embargo los personajes a menudo no
reaccionan a los chistes, como pasaría en la realidad. La comedia no es
forzada, sino que fluye constantemente.
Se trata una serie que se resiste a ser definida: es dulce, irónica,
triste, divertida e inteligente. No teme a entrar en temas más oscuros y hablar
de asuntos como el suicidio y las enfermedades mentales a la vez que celebra
los placeres de la comida y se plantea dudas existenciales como si los perros
policía son adictos a las drogas.
‘Please Like Me’ es una serie ligera a pesar de que la
noción de la muerte esté presente a menudo. Es una serie fácil de amar porque
se salta toda esa angustia endémica de las series sobre la generación Y. Tal
vez se deba a la falta de americanización, o tal vez a la enfatización de que
nos encontramos ante una comedia que no está plagada de improbabilidades. En
cualquier caso, la serie refleja a los veinteañeros bajo una nueva luz. Lo que
a Josh le falta en seguridad en sí mismo lo suple con ingenio y a cambio el
espectador le perdona toda su torpeza social y meteduras de pata.
Para mi Josh Thomas, sí es la voz de una generación (o de
parte de ella). Una a la que no me importa pertenecer.




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