Cumplir veinticuatro
Cumplir veinticuatro y seguir estancado. Los mismos propósitos incumplidos, los mismos sueños imposibles. Cumplir veinticuatro y darte cuenta de que no has avanzado tanto como te habías propuesto, que no has escrito la novela que habrías querido, ni todas las cartas que debieras, ni has hecho el corto con el que tantas tardes has perdido planeando. Cumplir veinticuatro y darte cuenta de que no has puesto un solo pie en el camino de baldosas amarillas de tu propia elección que no lleva al mago de Oz sino a la realización de tus deseos más profundos. A veces es más importante el viaje que el destino, pero ¿puede decirse lo mismo si ni tan siquiera has hecho las maletas?
Parece que estoy condenado a vivir un año malo por cada dos
buenos (mientras que los números no se inviertan me parece un trato justo).
Pero joder, el año de mis veintitrés años ha sido uno de los peores de toda mi vida. Ha
sido un año gris y lleno de desesperanza, un año de ansiedad y sombras oscuras,
de gusanos reptando por el suelo y vista borrosa. Uno de esos años que es mejor
ir olvidando porque ni siquiera servirá para reírse en el futuro. Espero
(siguiendo un hilo de pensamiento mágico) por lo tanto que el año de mis veinticuatro años sea el mejor hasta ahora. Espero que esa zorra llamada Karma empiece a
hacer cuentas y me regale un año memorable, que me ponga una alfombra roja y me
invite a pasar al maldito camino de baldosas amarillas de una puta vez. Tal vez
ya sea pronto el momento en que pueda comenzar a avanzar hacia donde quiero,
aunque sea muy despacito, aunque sea pasito a pasito. Tal vez no sea tan malo
cumplir veinticuatro años. Tal vez, tal vez…

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