viernes, 8 de agosto de 2014

{Craterellus} El hijo del pescador


Olía a sal y a aventuras y a besos. Tenía la piel pálida como la espuma de mar que acariciaba sus pies llamándolo a sus profundidades, invitándolo a ahogarse. El hijo del pescador, desnudo y hermoso, se tumbaba sobre la arena blanca, cerraba los ojos y soñaba con sirenas y princesas muertas, sobre tesoros hundidos y maravillosos peligros. Todos sus fantasmas se sentaban en la vieja barca encalada, esperando su regreso, horrorizados ante la idea de mojarse las intangibles enaguas o las botas. Al principio también les había escandalizado la desnudez del muchacho, fingiendo desmayos, espiando por entre los dedos. Los caballeros habían refunfuñado alguna palabra bajo sus bigotes fantasmales, indignados ante el flagrante descaro de las damas.
Mientras tanto, el hijo del pescador, envuelto en su desnudez, absorto en los besos abismales de la noche anterior, soñaba despierto, ignorando a todos sus fantasmas, todos los problemas sentados en su barca. Se sentía tan ligero que se creía desaparecer bajo la luz del sol de agosto, como había desaparecido bajo la luna llena. Se había desecho en sus abrazos, había muerto y vuelto a renacer en sus caricias, que como fósforos prendían fuego a su corazón. Y mientras tanto los fantasmas se convertían en pequeños charcos plateados sobre la madera mojada de la barca.

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