No nos han enseñado nada los cuentos
Hemos encontrado casa. No hace falta que sigamos buscando
puentes bajo los que montar castillos de cartones y estufas que son bidones en
llamas. Ahora vivimos cerca de la estación. Desde el escritorio del dormitorio
puedo ver un pequeño jardín y los balcones de otros edificios. Por las noches
me gusta ver en cuales hay luz y en cuales no, me gusta imaginarme las vidas de
quienes viven en las casas con luces encendidas. A veces también me invento historias
para aquellos en los que no prende ninguna, me imagino a sus habitantes como una
suerte de vampiros depresivos sentados en la oscuridad de sus cocinas, con un
vaso de whiskey en una mano y el rostro iluminado por la llama de un cigarrillo
que está a punto de quemar el filtro.
Hoy ha sido un día gris y lluvioso en Münster, un día
demasiado frío para pertenecer a agosto. Hemos pasado delante de un cartel que
anunciaba sesiones de cine de verano al aire libre y Jairo me ha dicho que los
alemanes son unos mentirosos porque esto no es verano ni es nada y que alguien
debería denunciarlos por publicidad engañosa.
Nos movemos por la ciudad como almas en pena, vagando sin
rumbo. Huimos del frío y la humedad, a cafés bohemios donde se puede beber té y
quitarse los zapatos para tumbarse en un sofá hasta las doce de la noche,
hablando de tiranos y de lobos y de ser almas en pena. Leemos libros prestados, comemos fideos
chinos de cajas (“cómo en las películas” digo), pintamos bicicletas sin
gritarnos demasiado y nos reímos un poco porque nada puede acabar con nuestro
sentido del humor.
También me he comprado zapatos nuevos. A los viejos se les
han caído las suelas de tanto caminar en círculos.

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