sábado, 30 de agosto de 2014

No nos han enseñado nada los cuentos


Hemos encontrado casa. No hace falta que sigamos buscando puentes bajo los que montar castillos de cartones y estufas que son bidones en llamas. Ahora vivimos cerca de la estación. Desde el escritorio del dormitorio puedo ver un pequeño jardín y los balcones de otros edificios. Por las noches me gusta ver en cuales hay luz y en cuales no, me gusta imaginarme las vidas de quienes viven en las casas con luces encendidas. A veces también me invento historias para aquellos en los que no prende ninguna, me imagino a sus habitantes como una suerte de vampiros depresivos sentados en la oscuridad de sus cocinas, con un vaso de whiskey en una mano y el rostro iluminado por la llama de un cigarrillo que está a punto de quemar el filtro.
Hoy ha sido un día gris y lluvioso en Münster, un día demasiado frío para pertenecer a agosto. Hemos pasado delante de un cartel que anunciaba sesiones de cine de verano al aire libre y Jairo me ha dicho que los alemanes son unos mentirosos porque esto no es verano ni es nada y que alguien debería denunciarlos por publicidad engañosa.
Nos movemos por la ciudad como almas en pena, vagando sin rumbo. Huimos del frío y la humedad, a cafés bohemios donde se puede beber té y quitarse los zapatos para tumbarse en un sofá hasta las doce de la noche, hablando de tiranos y de lobos y de ser almas en pena.  Leemos libros prestados, comemos fideos chinos de cajas (“cómo en las películas” digo), pintamos bicicletas sin gritarnos demasiado y nos reímos un poco porque nada puede acabar con nuestro sentido del humor.
También me he comprado zapatos nuevos. A los viejos se les han caído las suelas de tanto caminar en círculos. 

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