Te di todo mi amor @love.com
Llevo viviendo en Alemania desde hace ya casi siete meses. Y
han sido siete meses en los que no ha pasado nada, como una de esas series de
televisión en las que el 80% de los episodios son de relleno, como un VHS que
alguien ha decidido pasar fotograma a fotograma.
Vivo en un pequeño estudio a las afueras de un pueblo
aburrido a las afueras de una ciudad aburrida y aquí nunca pasa nada. El
estudio es agradable y tiene una cama de dos por dos, pero como los alemanes no
creen en las almohadas me despierto todos los días con el dolor de espalda de
un artrítico de 70 años. Por la ventana se ven los campos de arado y un bosque
en la distancia. Vivo cerca de una granja y todas las noches puedo escuchar los
graznidos de las ocas cuando las encierran en el corral y todas las mañanas me
despierta el quiquiriquí de un gallo. También hay caballos, uno blanco, uno
negro y uno marrón… El piso tiene un pequeño balcón que uso exclusivamente para
sacudir la alfombra del baño y hay dos macetas con plantas momificadas porque
me olvidé de que estaban ahí. Por la noche, cuando está despejado, el cielo se
cubre con más estrellas de las que he visto en años y desde que me mudé aquí he
pedido tres deseos al mismo número de estrellas fugaces. También hay una
televisión que está apagada casi siempre, menos cuando conecto el disco duro
por la noche para ver alguna película. No hay microondas en el estudio así que
aquí he hecho mis primeras palomitas de sartén (que siempre me recuerdan a la
escena inicial de Scream y cuando la vi con 14 años y no podía parar de reír).
Tampoco hay agua en la cocina por lo que hay que fregar en el baño, dado que el
método de llenar el fregadero y “limpiar” todos los platos en la misma roña
nunca me ha parecido higiénico por muy bueno para el medioambiente que sea.
Pero lo peor de todo es que NO HAY INTERNET.
Llevo viviendo en Alemania desde hace casi siete meses sin
internet.
Bueno, no es del todo cierto: la primera semana tras mi
llegada compré un stick USB y ha sido la única manera de acceder a la red desde
casa, pero como vivo en mitad de la nada la línea es casi inexistente y además
los 5Gb de navegación se me agotan en apenas cinco o seis días.
Al principio mi estancia en este estudio iba a ser temporal
(mi plan era encontrar trabajo en otra ciudad y mudarme a otro piso) por lo que
contratar una línea habría sido absurdo. Pero con el tiempo me he empezado a
dar cuenta de que por el momento voy a tener que limitar mi actividad laboral a
convertirme en traductor autónomo y que no voy a tener manera de irme a otro
sitio a corto plazo. Sin embargo, he tratado de ir aplazando esta realidad, enviando
currículos a mansalva e intentando encontrar trabajo en cualquier parte. Y
mientras esperaba respuestas que no llegarían jamás seguía sin internet.
A algunas personas liberarse del torrente de información por
minuto que ofrece la red puede resultarles una experiencia atractiva y
deseable, especialmente si son veganos, naturalistas y desprecian la sociedad
de consumo y la deshumanización de los individuos. Pero yo no soy ninguna de
esas cosas y siento la necesidad constante de información.
Siendo la persona inquisitiva y autodidacta que soy, la red
supone para mí una fuente de conocimiento y aprendizaje ilimitado (por supuesto
también de entretenimiento).
En casa de mis padres nos llegó internet cuando yo tenía 10
años. Una de esas conexiones que se desconectaba si alguien llamaba por
teléfono. Recuerdo claramente mi edad porque lo primero que hice con el recién
instalado ordenador y línea fue buscar una URL que había encontrado en la
revista Dibus! para ver el tráiler de
Harry Potter y la piedra filosofal que
se estrenaba aquel noviembre, coincidiendo con mi decimoprimer cumpleaños. La
conexión hacía que la calidad fuese dudosa cuanto menos, por entonces mi inglés
no servía más que para cantar un par de canciones que nos habían enseñado sobre
las partes del cuerpo, por lo que apenas entendí nada de lo que decían y aun así recuerdo la experiencia con total
nitidez: la piel de gallina, la música, las lechuzas… Ese fue nuestro primer
contacto y desde entonces hemos sido inseparables.
Mi relación con internet es estrecha y personal. Es gracias
a él que sé cómo hacer un nudo Windsor de corbata y cómo preparar una tarta Red Velvet. Me ha ayudado a limpiar
botellas con cuellos muy estrechos por dentro y a desatascar retretes sin
desatascador (¡sin mancharse!). Gracias a diferentes tutoriales online aprendí
a usar programas que me han sido más útiles en mi trayectoria profesional que
los largos semestres de asignaturas de informática en la facultad. Soy usuario
avanzado de Photoshop, Subtitle Workshop y
Movie Maker gracias a ellos. He
aprendido más online que en años de educación obligatoria. Porque sí, la red
sirve para jugar a ridículos juegos más adictivos que la droga, porno y
desperdiciar el tiempo en páginas de Facebook
PERO también es la mejor herramienta que existe para ampliar nuestra
experiencia del mundo y para aprender.
Un ejemplo: con diecisiete años me enganché a Los Tudor y
para cuando terminó la primera temporada ya me sabía la vida entera de Enrique
VIII, sus esposas y todo lo que pasó en los trescientos años antes y después de
su muerte. Soy una persona curiosa…
Con 15 años comencé a aprender rumano con cursos online
(porque me encantaba la manera en que sonaba en el Drácula de Coppola) y aunque me rendí poco después, esto no empaña
el hecho de que la red me entregara las herramientas necesarias.
Soy un cinéfilo empedernido y lo cierto es que sin las
facilidades que ofrece internet no conocería ni habría visto ni un 80% de las
películas que he visto o conozco. Hay mucho material online que es imposible
encontrar de ninguna manera. La piratería es un tema con muchos grises.
Entiendo por un lado a los artistas que tratan de defenderse del robo de su
propiedad intelectual pero también creo en la importancia de compartir material
online para todos aquellos que quieran acceder a él. Hay cientos de películas
que no podría haber visto de otra manera, ya sea por lo vacíos que tengo los
bolsillos o porque es material difícil de encontrar. Siempre que tengo
oportunidad (que no es muy a menudo) voy al cine y pago por la película que voy
a ver (y eso que en Alemania la entrada más barata cuesta 8 euros y no
encuentras unas palomitas y refresco por menos de 9) pero lo cierto es que no
quiero tener que prescindir a la cultura por culpa de mi situación financiera
ni querría que nadie tuviera que hacerlo. Internet nos ha abierto también esa puerta.
He leído mejor contenido literario en línea que en muchos
libros, he visto películas sin distribución y encontrado libros descatalogados
hace tiempo. He visto fotos más chocantes que nada que publican en la National
Geographic y conocido historias a las que los medios de comunicación no dan
distribución. La red me ha dado las llaves a un amplio conocimiento sobre
hechos misteriosos y paranormales que no habría sabido obtener de otras fuentes
y me ha ayudado a mejorar mi calidad de vida entregándome conocimientos que de
otra manera me estarían vetados.
Echo de menos internet.
Hace un par de días limpié la casa, hice una quiche de
calabacín, me senté a la mesa y contraté, finalmente, una línea.
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Te compadezco, amigo. Desde que llegué a Lisboa he tenido problemas con todas mis conexiones a Internet, pero las he tenido. Sea como sea, ese flujo de información que requerimos las criaturas como tú y yo nos resulta indispensable para respirar sin entrar en pánico. Mis comienzos con Internet también me pillaron joven, tal vez no tanto como tú, con esa red del teléfono ruidosa, en mi caso para asaltar webs sobre Stephen King y, cómo no, Harry Potter :)
ResponderEliminarFelicidades por tu red!
Jose
Uff la verdad es que hacía falta ya. Estoy contando los minutos para que venga el técnico el miércoles a instalarla aunque tengo el temor de que llegue y diga que no puede hacerlo, o cualquier otra catástrofe y siga sin internet...
Eliminar¡Muchas gracias por estrenar el blog con el primer comentario! ^^