sábado, 29 de marzo de 2014

Te di todo mi amor @love.com


Llevo viviendo en Alemania desde hace ya casi siete meses. Y han sido siete meses en los que no ha pasado nada, como una de esas series de televisión en las que el 80% de los episodios son de relleno, como un VHS que alguien ha decidido pasar fotograma a fotograma. 
Vivo en un pequeño estudio a las afueras de un pueblo aburrido a las afueras de una ciudad aburrida y aquí nunca pasa nada. El estudio es agradable y tiene una cama de dos por dos, pero como los alemanes no creen en las almohadas me despierto todos los días con el dolor de espalda de un artrítico de 70 años. Por la ventana se ven los campos de arado y un bosque en la distancia. Vivo cerca de una granja y todas las noches puedo escuchar los graznidos de las ocas cuando las encierran en el corral y todas las mañanas me despierta el quiquiriquí de un gallo. También hay caballos, uno blanco, uno negro y uno marrón… El piso tiene un pequeño balcón que uso exclusivamente para sacudir la alfombra del baño y hay dos macetas con plantas momificadas porque me olvidé de que estaban ahí. Por la noche, cuando está despejado, el cielo se cubre con más estrellas de las que he visto en años y desde que me mudé aquí he pedido tres deseos al mismo número de estrellas fugaces. También hay una televisión que está apagada casi siempre, menos cuando conecto el disco duro por la noche para ver alguna película. No hay microondas en el estudio así que aquí he hecho mis primeras palomitas de sartén (que siempre me recuerdan a la escena inicial de Scream y cuando la vi con 14 años y no podía parar de reír). Tampoco hay agua en la cocina por lo que hay que fregar en el baño, dado que el método de llenar el fregadero y “limpiar” todos los platos en la misma roña nunca me ha parecido higiénico por muy bueno para el medioambiente que sea. Pero lo peor de todo es que NO HAY INTERNET.
Llevo viviendo en Alemania desde hace casi siete meses sin internet.
Bueno, no es del todo cierto: la primera semana tras mi llegada compré un stick USB y ha sido la única manera de acceder a la red desde casa, pero como vivo en mitad de la nada la línea es casi inexistente y además los 5Gb de navegación se me agotan en apenas cinco o seis días.
Al principio mi estancia en este estudio iba a ser temporal (mi plan era encontrar trabajo en otra ciudad y mudarme a otro piso) por lo que contratar una línea habría sido absurdo. Pero con el tiempo me he empezado a dar cuenta de que por el momento voy a tener que limitar mi actividad laboral a convertirme en traductor autónomo y que no voy a tener manera de irme a otro sitio a corto plazo. Sin embargo, he tratado de ir aplazando esta realidad, enviando currículos a mansalva e intentando encontrar trabajo en cualquier parte. Y mientras esperaba respuestas que no llegarían jamás seguía sin internet.
A algunas personas liberarse del torrente de información por minuto que ofrece la red puede resultarles una experiencia atractiva y deseable, especialmente si son veganos, naturalistas y desprecian la sociedad de consumo y la deshumanización de los individuos. Pero yo no soy ninguna de esas cosas y siento la necesidad constante de información.
Siendo la persona inquisitiva y autodidacta que soy, la red supone para mí una fuente de conocimiento y aprendizaje ilimitado (por supuesto también de entretenimiento).
En casa de mis padres nos llegó internet cuando yo tenía 10 años. Una de esas conexiones que se desconectaba si alguien llamaba por teléfono. Recuerdo claramente mi edad porque lo primero que hice con el recién instalado ordenador y línea fue buscar una URL que había encontrado en la revista Dibus! para ver el tráiler de Harry Potter y la piedra filosofal que se estrenaba aquel noviembre, coincidiendo con mi decimoprimer cumpleaños. La conexión hacía que la calidad fuese dudosa cuanto menos, por entonces mi inglés no servía más que para cantar un par de canciones que nos habían enseñado sobre las partes del cuerpo, por lo que apenas entendí nada de lo que decían  y aun así recuerdo la experiencia con total nitidez: la piel de gallina, la música, las lechuzas… Ese fue nuestro primer contacto y desde entonces hemos sido inseparables.
Mi relación con internet es estrecha y personal. Es gracias a él que sé cómo hacer un nudo Windsor de corbata y cómo preparar una tarta Red Velvet. Me ha ayudado a limpiar botellas con cuellos muy estrechos por dentro y a desatascar retretes sin desatascador (¡sin mancharse!). Gracias a diferentes tutoriales online aprendí a usar programas que me han sido más útiles en mi trayectoria profesional que los largos semestres de asignaturas de informática en la facultad. Soy usuario avanzado de Photoshop, Subtitle Workshop y Movie Maker gracias a ellos. He aprendido más online que en años de educación obligatoria. Porque sí, la red sirve para jugar a ridículos juegos más adictivos que la droga, porno y desperdiciar el tiempo en páginas de Facebook PERO también es la mejor herramienta que existe para ampliar nuestra experiencia del mundo y para aprender.
Un ejemplo: con diecisiete años me enganché a Los Tudor y para cuando terminó la primera temporada ya me sabía la vida entera de Enrique VIII, sus esposas y todo lo que pasó en los trescientos años antes y después de su muerte. Soy una persona curiosa…
Con 15 años comencé a aprender rumano con cursos online (porque me encantaba la manera en que sonaba en el Drácula de Coppola) y aunque me rendí poco después, esto no empaña el hecho de que la red me entregara las herramientas necesarias.
Soy un cinéfilo empedernido y lo cierto es que sin las facilidades que ofrece internet no conocería ni habría visto ni un 80% de las películas que he visto o conozco. Hay mucho material online que es imposible encontrar de ninguna manera. La piratería es un tema con muchos grises. Entiendo por un lado a los artistas que tratan de defenderse del robo de su propiedad intelectual pero también creo en la importancia de compartir material online para todos aquellos que quieran acceder a él. Hay cientos de películas que no podría haber visto de otra manera, ya sea por lo vacíos que tengo los bolsillos o porque es material difícil de encontrar. Siempre que tengo oportunidad (que no es muy a menudo) voy al cine y pago por la película que voy a ver (y eso que en Alemania la entrada más barata cuesta 8 euros y no encuentras unas palomitas y refresco por menos de 9) pero lo cierto es que no quiero tener que prescindir a la cultura por culpa de mi situación financiera ni querría que nadie tuviera que hacerlo. Internet nos ha abierto también esa puerta.
He leído mejor contenido literario en línea que en muchos libros, he visto películas sin distribución y encontrado libros descatalogados hace tiempo. He visto fotos más chocantes que nada que publican en la National Geographic y conocido historias a las que los medios de comunicación no dan distribución. La red me ha dado las llaves a un amplio conocimiento sobre hechos misteriosos y paranormales que no habría sabido obtener de otras fuentes y me ha ayudado a mejorar mi calidad de vida entregándome conocimientos que de otra manera me estarían vetados.
Echo de menos internet.
Hace un par de días limpié la casa, hice una quiche de calabacín, me senté a la mesa y contraté, finalmente, una línea.

2 comentarios:

  1. Te compadezco, amigo. Desde que llegué a Lisboa he tenido problemas con todas mis conexiones a Internet, pero las he tenido. Sea como sea, ese flujo de información que requerimos las criaturas como tú y yo nos resulta indispensable para respirar sin entrar en pánico. Mis comienzos con Internet también me pillaron joven, tal vez no tanto como tú, con esa red del teléfono ruidosa, en mi caso para asaltar webs sobre Stephen King y, cómo no, Harry Potter :)
    Felicidades por tu red!

    Jose

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    1. Uff la verdad es que hacía falta ya. Estoy contando los minutos para que venga el técnico el miércoles a instalarla aunque tengo el temor de que llegue y diga que no puede hacerlo, o cualquier otra catástrofe y siga sin internet...

      ¡Muchas gracias por estrenar el blog con el primer comentario! ^^

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