sábado, 8 de febrero de 2014

Craterellus Cornucopioides


Una vez, no hace mucho, escribí una novela corta sobre el amor titulada “La terriblemente hermosa historia del Príncipe del Silencio y el actor del corazón oscuro (y otros cuentos que crecen en su ventrículo izquierdo como Craterellus Cornucopioides)”. Los Craterellus Cornucopioides son una especie de hongos casi negros que crecen en mitad del invierno en las zonas más oscuras y húmedas. Los micólogos también los conocen por el nombre de “Trompeta de los muertos”. Al parecer las historias que me nacen del corazón lo hacen como estos hongos: negras y retorcidas.
Jane Yolen dijo una vez, muy acertadamente, que el escribir es como un músculo que hay que entrenar todos los días, aunque sólo sea escribiendo una carta, notas, una lista o el esbozo de un personaje. Decía que los escritores eran como bailarines, como atletas cuyos músculos se atrofian si prescinden del ejercicio. Para entrenar el músculo me he decidido a abrir una nueva sección en la que todas las semanas escribiré un relato de diez frases tejiendo una historia alrededor de la fotografía del encabezado. Todos los relatos llevarán la etiqueta Craterellus y se podrán encontrar en la sección de EscribirA continuación el primero de ellos:

El zorro olfateó el dulce olor de los hongos que crecían color carbón entre las nudosas raíces de un enorme tejo. Trataba de identificar aquel otro olor, escurridizo bajo la fragancia de los Craterellus; un olor corrupto, a cadáver.
No vio los pies desnudos de las chicas muertas hasta un poco más tarde, cuando finalmente levantó la vista del suelo. Eran cuatro o cinco jóvenes —el zorro no sabía contar— con vestidos blancos como la espuma, observándolo con sus ojos sin vida. La alimaña no se asustó, había visto criaturas parecidas en el bosque: espíritus y fantasmas y fuegos fatuos.
Una de las muchachas se puso en cuclillas y extendió la mano en su dirección; el pelo del mismo color del vestido cayéndole sobre el rostro. El animal se acercó a olfatear y vio el hueso y las venas a través de la piel traslucida, todo ello del color del agua clara de un manantial.
La chica muerta hundió los dedos de los pies un poco más en el barro negro, sintiendo cómo los restos de lo que una vez había sido su cuerpo se pudrían a metro y medio bajo tierra. Se inclinó hacia delante y con un rápido movimiento atrapó al zorro y le retorció el cuello. Sus hermanas se acercaron y juntas comenzaron a descuartizar al animal y a devorarlo con pellejo y todo, regando los hongos de sangre tibia.

0 comentarios: