Craterellus Cornucopioides
Una vez, no hace mucho, escribí una novela corta sobre el
amor titulada “La terriblemente hermosa historia del Príncipe del Silencio y el
actor del corazón oscuro (y otros cuentos que crecen en su ventrículo izquierdo
como Craterellus Cornucopioides)”. Los Craterellus Cornucopioides son una
especie de hongos casi negros que crecen en mitad del invierno en las zonas más
oscuras y húmedas. Los micólogos también los conocen por el nombre de “Trompeta
de los muertos”. Al parecer las historias que me nacen del corazón lo hacen
como estos hongos: negras y retorcidas.
Jane Yolen dijo una vez, muy acertadamente, que el escribir
es como un músculo que hay que entrenar todos los días, aunque sólo sea escribiendo
una carta, notas, una lista o el esbozo de un personaje. Decía que los
escritores eran como bailarines, como atletas cuyos músculos se atrofian si
prescinden del ejercicio. Para entrenar el músculo me he decidido a abrir una
nueva sección en la que todas las semanas escribiré un relato de diez frases tejiendo
una historia alrededor de la fotografía del encabezado. Todos los relatos
llevarán la etiqueta Craterellus y se podrán encontrar en la sección de
Escribir. A continuación el primero de ellos:
El zorro olfateó el
dulce olor de los hongos que crecían color carbón entre las nudosas raíces de
un enorme tejo. Trataba de identificar aquel otro olor, escurridizo bajo la
fragancia de los Craterellus; un olor corrupto, a cadáver.
No vio los pies
desnudos de las chicas muertas hasta un poco más tarde, cuando finalmente
levantó la vista del suelo. Eran cuatro o cinco jóvenes —el zorro no sabía
contar— con vestidos blancos como la espuma, observándolo con sus ojos sin
vida. La alimaña no se asustó, había visto criaturas parecidas en el bosque:
espíritus y fantasmas y fuegos fatuos.
Una de las muchachas
se puso en cuclillas y extendió la mano en su dirección; el pelo del mismo
color del vestido cayéndole sobre el rostro. El animal se acercó a olfatear y vio
el hueso y las venas a través de la piel traslucida, todo ello del color del
agua clara de un manantial.
La chica muerta hundió
los dedos de los pies un poco más en el barro negro, sintiendo cómo los restos de
lo que una vez había sido su cuerpo se pudrían a metro y medio bajo tierra. Se inclinó
hacia delante y con un rápido movimiento atrapó al zorro y le retorció el
cuello. Sus hermanas se acercaron y juntas comenzaron a descuartizar al animal
y a devorarlo con pellejo y todo, regando los hongos de sangre tibia.

0 comentarios: